– Qué bonitos somos por dentro, y qué color más vivo tenemos.- dijo Stéphane.

Procuraba sonreír para no caer ante el incipiente mareo cuando el clavo salía de su pie. Y al ver el chorrito de sangre que había seguido al clavo, cerró los ojos. El comentario no le valió más que un gruñido por parte del médico, al que él contestó con otro. Y entre los dos gruñidos, el médico suturó la herida con  tres puntos en equis. La cubrió con una tintura de color magenta y se fue. Miró hacia la pared de enfrente. Había un panel de corcho con papelines de colores pinchados con chinchetas. Daba frío. La chica que entró después le dijo que no le convenía apoyar el pie en una semana. Le vendó la herida y le dijo:

– Ésta es la antitetánica. Puede que le duela.

Y le dolió. Más que nada, por la actitud sádica de la chica al esgrimir la jeringuilla. A él le pareció sádica. Luego  le presentó la factura con una actitud similar. Stéphane pagó y salió despacio, procurando no cojear, pero comprendió que era imposible. Su compañero de habitación lo esperaba en la salita. Se apoyó en su hombro para bajar la escalera y entró en el coche del director. Nadie hablaba.

(Página 1)

***

Stéphane le dijo que esperaba confirmación de Rovinj con las direcciones y los horarios, y que volvería a llamar en una media hora. Se fue a la habitación, donde Dímitar veía un partido de fútbol en el televisor. Stéphane se echó en la cama y se tapó la cabeza con la almohada.

– Todo marcha bien, según veo- dijo Dímitar, sin separar la vista del televisor ni dejar de masticar sus  pipas de girasol.

– ¿Qué hacemos aquí, Dímitar?

– Ganarnos la vida, según creo. No muy bien, pero es lo que hay: sector servicios. Por si no lo recuerdas, me renovaron el contrato por otros tres meses; cosa rarísima. Y tú, después de trabajar tres meses como asistente personal transitorio, estás a punto de irte a la calle.

– ¡Dabogda! Ya podía estar yo ahora en la calle, pidiendo euros a los turistas por las esquinas. ¡Qué tranquilidad!

– Parece mentira, con lo grande que eres, y que andes quejándote como una señorita, por un poco de estrés.

(Página 39)

***

Isabel se conmovió y siguió remando por la memoria, y llegó a un momento anterior a esta foto; un momento que tenía totalmente olvidado: caminaba ella detrás del guía pero no inmediatamente después, simplemente detrás y cerca; abstraída. De repente, oye una voz de mujer, cercana. Levanta la cabeza y ve que en dirección contraria, por su derecha ,viene una guía con su grupo y se dirige a Stéphane, se diría, de forma poco amistosa; quién puede saberlo en esos idiomas tan desconocidos, de países que no han existido, casi, para occidente, más que para llevar en el lomo la marca del diablo, como quien dice; pero era un tono de voz recio y como insultante. Y Stéphane gira la cabeza y parece ser que responde a la mujer también de una manera poco amistosa. Isabel lo mira, sorprendida. Él la mira, se calla y vuelve la cabeza hacia delante. Y es poco después, cuando coinciden sus miradas, y le parece que él tiene esa expresión lamentable, cuando siente la necesidad de hacerle las dos fotos. Y se pregunta ahora si le hizo las fotos precisamente con la intención, pero subconsciente, de sacarle de aquel mal rollo en el que parecía metido. Y no sabe qué contestar porque, efectivamente, todo aquello había sucedido sin que ella tuviera su consciencia puesta en ello: sólo había amontonado los datos en la memoria.

Recordó que,  a veces, se había acercado a él para hacerle algunas preguntas al hilo de su curiosidad por este o aquel dato; de una
forma totalmente natural, sin timideces ni recámaras. Pero, sí, a partir de Zadar, su actitud externa fue distinta porque trató de evitarlo e incluso, si alguna vez se le ocurrió hacerle alguna pregunta, dejó pasar la ocasión.

(Página 82)

***

“Hola, Isa. Tzin ha vuelto a China con armas y bagajes. Dice que en un año volverá conmigo porque su crisis creativa no tiene que ver con nuestra relación. Que ha estado trece años fuera de su país y necesita recargar las pilas porque teme el proceso de aculturación. Todo ello se puede comprender y estaría tranquila si no hubiéramos estado los últimos tiempos sufriendo en pareja su crisis creativa. O sea que lo que no puedo creer es que no haya influido en nosotros. De momento, Rose y su chico se vienen a vivir conmigo porque no me apetece vivir sola. Son buena gente, de los americanos que estudian y a la vez se buscan muy bien la vida. Así que, en un tiempo no creo yo que me veas por ahí. ¿Cuánto tiempo hace que estoy fuera de casa? Ya, ni me acuerdo. Cuídate mucho y ya seguiré teniéndote al corriente de todo. Besitos:

Bety

(Página 174)

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  1. Aurora dice:

    Gracias, habrá más. Premio a la fidelidad. Un abrazo.

  2. Alexander dice:

    He leído varias veces este avance. No habrá más? Siempre me quedo con ganas.