No puedo precisar cuándo ni por qué se me hicieron presentes un par de escenas de las que, reflexionando sobre ciertos detalles, y preguntando sobre otros, puedo pensar que tienen suficientes elementos de verosimilitud.

 

Recuerdo claramente la tremenda carga de angustia de una de ellas: en un ángulo de la habitación hay un aparador, y en su repisa la estampa de una Virgen. Todo es oscuridad salvo una lamparilla de aceite ante la estampa; un silencio como del fin del mundo, puedo pensar ahora. Mi madre, de rodillas, con los dedos entrecruzados y las manos a la altura de la barbilla, debía de estar rezando.

 

En la escena no hay movimiento, es de  una quietud absoluta; ni el menor ruido; ni otra luz que la lamparilla; ni el más leve olor; sin otros colores que negro y amarillo de cera. Desde luego, podría completar esta escena con más datos, pero sería ya una recreación. El aparador citado estuvo en la casa de mis padres,  en la misma habitación y en el mismo sitio, durante muchos años. Estampas, hubo en abundancia; quizá demasiadas. También lamparillas de aceite; y oscuridad y silencio en muchas ocasiones.

 

De la angustia que había en el ambiente de mis primeros años, y de las causas,  es algo que se daba por sabido en mi casa, y no se hablaba de ello. Yo nací en mil novecientos treinta y seis, poco antes de la guerra. A los pocos meses de empezada, mi padre fue detenido y pasamos nuestro particular calvario durante casi tres años. Este dato explica la escena y su carga de dramatismo. Tendría yo dos años y medio o poco más.

(Página 1)

***

La niña estaba contenta porque sobre todo se oían en la casa las voces de sus amigos y compañeras de clase. Los hermanos no estaban y echaba de menos sus voces, a ellos, no, a sus voces. Y eso que debían de pasar hambre, porque cuando la madre iba a verlos, llevaba siempre carne o harina o medio jamón en su bolso de viaje. En Logroño debía de haber hambre, en el pueblo no había hambre. Recordó que una vez había acompañado a la madre, y al salir de la estación, un hombre bajito y con boina las detuvo y metió la mano en el bolso de viaje y dijo, uy, aquí hay chichi; esto cuesta una peseta, señora. Y la madre puso muy mala cara y se quejó, pero dio una rubia al hombre bajito. ¿Dos reales habría estado mejor?, le preguntó a la madre. Y con voz muy desagradable, casi con furia o casi llorando, la madre había respondido, nada, es lo que estaría bien. Y ella no se había atrevido a decir nada más, pero había sentido eso que debía de ser el miedo.

 

O sea que los hermanos no tendrían merienda como aquélla, en una tarde agradable como aquella en que los mayores  que había en la casa  no decían nada, o casi nada; como si en ese día, que según decían era especial para ella, no quisieran darle ningún susto. Tenía ya el tic del sobresalto ante la voz de los mayores, de los padres sobre todo. Le venía cierta congoja ante la voz de los mayores que siempre estaban dando órdenes. Podía ser en voz baja y tensa: por ejemplo para ir a la iglesia. O para  agrupar a tanta gente que cantase algo sobre camisas nuevas y a la vez tener levantado el brazo derecho sin saber por qué o para qué. En realidad, daba risa y pena a la vez, que gente tan mayor tuviera esa postura obligada como si fueran todos unos robaperas pillados por la guardia civil. Incluso los curas: don Benito y don Aniano también levantaban el brazo y hacían como que cantaban el Caralsol, qué poco serio le resultaba todo y a la vez qué miedo daba todo. Claro que no se atrevería a reírse. Era algo parecido a las palabras incomprensibles de los curas cuando también abrían y cerraban los brazos y juntaban y desjuntaban las manos, en la iglesia. Qué raro era el mundo de los mayores, lleno de gestos y palabras inútiles. Porque si los niños no los comprendían, por qué estaban allí en medio aprendiendo a ser mayores raros, tristes y misteriosos. Y si algún niño no quería, qué. Ella, por ejemplo, se sentía asustada y mal, y quería salir de la iglesia o irse de la plaza donde estaba el monumentos a los caídos, qué querrá decir monumento a los caídos; lo mismo que tantunergo
gloriosi; con la misma cruz, igual.

(Página 48)

***

Se hizo un silencio y Julián pensó que la figura de la madre y su ropa gris, porque la poca negra que tenía estaba reservada, de momento, para la calle. Y  la habitación con discreta luz artificial de una lámpara discreta, y el mobiliario y la casa, y él mismo quizá, todo era de color gris. Un gris opresivo, en el que rebotaba la luz. La memoria se le fue hacia los campos de trigo maduro de su adolescencia, y sintió una cierta opresión en el pecho. Fumaba mucho, últimamente, vendría de ahí, la opresión.

– No sabes, en los últimos tiempos se había vuelto muy obsesivo. Le dio por pensar que en el cuartelillo, aquí, ya tenían su ficha. Decía, éstos ya saben quién soy yo. Todos los días. Lo decía todos los días, a la hora de comer; no había otra cosa que decir. No sé si eso le influía en algo, pero cada día hablaba menos, estaba como en otro mundo. Y preocupado por su salud, estaba a más no poder. Hasta escribió a su prima Blanca, que vive en Méjico, sabes que se casó con un médico que tuvo que salir en la guerra, y viven allí. Pues les pedía un fármaco que quería él, que ya sabes que se automedicaba. Y aquí no se encuentra, no sé cómo se llama. Y les decía que como es un producto americano, a lo mejor ellos lo podían conseguir, y se lo pedía costase lo que costase. Había leído en la revista esa que los síntomas de no sé qué enfermedad eran unos y otros, y él dijo, pues si los  tengo yo; entonces necesito este producto. No le han llegado a contestar. Y, mira por dónde, se nos va en un mes.

(Página 97)

***

Que el bufete no iba bien, es cierto; y no sabes cuánto me alegro ahora, me dice Rubén. A veces, aquí, me pregunto que haríamos viviendo en la ciudad. Pero, no soy un ingenuo idealista, ya sé lo que haríamos: adaptarnos todos los días a una vida de urbanitas, como hacen los demás. Pero, sabes, es que aquí no tenemos que adaptarnos, eso es lo bueno de estos sitios; que aquí la vida te viene cada mañana y se te pone como un guante en la mano. Y luego, estas noches, decía Rubén, porque estábamos en el porche ya después de cenar, poco antes de salir nosotros; este silencio sideral, decía.

 

A la memoria me ha venido la noche de Medinaceli, y aquel abrazo que nos dimos, quizá el único tal como fue; el único en nuestras vidas. Ahora, sideral es la distancia que hay entre los dos. Porque, después de nacer el tercero, Sira dijo bueno, ya hemos contribuido a la propagación de la especie, según el mandato divino.

 

Y a la mierda la especie futura, la nuestra, quiero decir. Ni ganas, ya, de correr tras Sherezade, para qué. Me sentí instrumentalizado, utilizado. Y después, inútil, ya sin función. Con forma pero sin función. Además, quien educa es ella, es que no los suelta. Sólo me queda el humor tonto, el de sobrevivir, no el de solucionar. Para solucionar estas cosas, el humor no sirve. Es una válvula de escape, cuando doña Sira se pone impertinente y despreciativa. A veces, se me puede ocurrir, por ejemplo, escandalizarla con lo que tiene de más sagrado; le recito perlas de Don José María Carulla: Cristo nació en un pesebre; donde menos se espera salta la liebre. Ella salta a un lado, de pura indignación, se me queda mirando como si acabara de ver a un pájaro andando a cuatro patas. Con traje de tertulia, salió Judit del pueblo de Betulia. Mi suegra se deja caer en el sofá, y me pilla unos libros que había dejado yo poco antes. Cristo entró en un momento en Jerusalén a lomos de un jumento. Se tapa los ojos y las orejas y dice pobre hija mía. Le digo que las perlas rimadas son de la Biblia en Verso, pero ella sigue barrenándose la sien como hace cuando las perlas son mías. En realidad, es un humor blando, el mío, lo reconozco; no soy capaz de hacer mucho daño. Y a pesar de eso me ascienden, qué curioso. O por ello mismo, no lo sé,

(Página 177)

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  1. Aurora dice:

    A veces sólo creemos estar seguros

  2. René dice:

    Es interesante como recurrís a nociones aparentemente paradógicas y sembrás un dejo de incertidumbre, como en «y a pesar de eso me ascienden… o por ello mismo» o «lo malo de las religiones es que dan mucho que pensar… o lo bueno»