CORAZÓN  NO RESUELTO (Avance dos)

Por entonces descubrí Andalucía. Yo, criatura del norte, había pisado mucha nieve y había sufrido
muchas veces en mis amígdalas los rigores del frío, y un par de veces tuve crueles sabañones. En aquellos inviernos de mi infancia, la casa enorme no estaba nunca acogedora. Se calentaban las camas con tumbilla o brasero y yo me metía entre las sábanas, apenas templadas en la parte central, vestida de arriba abajo. Cuando la primavera iba mediada, empezábamos a lavarnos en serio. Hasta entonces,  cubríamos el cuerpillo con abundancia de camisetas (de manga corta y de manga larga, las dos), justillo o corpiño un poco acolchado, saya, vestido y chaqueta de lana, abrigo, gorro, polainas o leotardos y guantes. No recuerdo que hubiera piojos ni sarna. Había días, en invierno, en que no quedaban caminos porque habían sido borrados en la noche por un metro de nieve, y los colegios no podían abrir sus puertas. Algunos y algunas pasaban horas mirando por la ventana con la esperanza de que ocurriera algo, como ver resbalar y caer a los vecinos en la nieve; lo que ocurría muy a menudo. Allí no había televisión.

Un verano en Baeza me caldeó el temple de muchas maneras. Tuve una cierta libertad de movimientos por primera vez en mi vida, bien que en el interior de un recinto, pero en el que podía desaparecer durante horas sin que alguien me buscase, o me encontrase. Recuerdo aquellas noches en una habitación mínima con un gran ventanal en el techo, por el que entraba el perfume de los Dondiego de Noche; era un recuadro abierto al cielo estrellado. Un cuadro en el que no aparecían los ojos vigilantes de mi madre, sólo estrellas.

El carácter andaluz me aligeró la losa que pesaba sobre mi espíritu. Pasaba los días en un caserón de acogida para chicas descarriadas, que dirigía una tía mía religiosa, a la que mi padre llamaba hermana San Sulpicio; entonces no sabía yo por qué puesto que no conocía la novelita de Palacio Valdés. Luego supe que, simplemente, había tenido novio antes de meterse en el convento; a mi padre le gustaba mucho poner apodos, y era bastante certero.

Y tengo que reconocer que mi  tía era la persona idónea para regentar aquel Acogimiento, de carácter institucional, pero lleno de calor y de trato cordial y comprensivo.

A esta tía mía le escribí yo una carta, a mis nueve años, pidiéndole que me llevara con ella. La había conocido por entonces, en una visita que nos hizo, y no sé yo cómo pude apreciar, tan cría y en pocos días, esa calidad humana que siempre pretendo ofrecer, y que siempre anhelo encontrar en los demás. En la carta, le contaría miserias de mi vida familiar, supongo. Nunca me respondió, pero sé que puso el hecho en conocimiento de mis padres. Durante muchos años tuve olvidada esta anécdota, y fue ella quien, mucho después, me la recordó.

Las chicas del Acogimiento, entre los quince y los veinticinco años, tenían, como yo, un triste pasado, un mal presente, y quizá, un peor futuro. Algunas eran madres solteras, otras eran peor que huérfanas, puesto que habían sufrido episodios de violencia y violaciones en la propia familia. Rebeldes y doloridas todas, difíciles de llevar. Cuántas veces deseé que aquella monja, profundamente humana, fuera mi madre, a quien se parecía mucho en el físico.

Aprendí a bailar sevillanas con algunas de aquellas chicas, y canté cuplés en los festejos que improvisábamos a la caída de la tarde que se prolongaba tanto en la noche. Hablaba mucho con ellas, o ellas hablaban mucho conmigo saboreando, creo yo, aquella prohibición de las monjas tendente a “que no me quitaran la inocencia”, según alguna me diría, porque si no, cómo iba a recordarlo yo ahora. Aun así, cosas me contarían de sus vidas, y algo meditaría yo sobre ellas, para acabar por sentir un cierto alivio al comprobar que la tolerancia de mi tía y de las otras monjas, y de los porteros, a los que las chicas llamaban Los Amantes de Teruel, tendía a la remisión de la culpa, aunque yo no tuviera muy claro dónde estaba la culpa, puesto que ya entonces sentía un profundo respeto por la vida privada de los demás, y una aversión clarísima hacia los juicios culpatorios. Jamás formaría yo parte de un jurado popular; no ha nacido quien pueda obligarme a aceptar esa responsabilidad disfrazada de derecho. Gracias a ese “derecho constitucional” (y a otras razones, evidentemente) el pueblo yanqui sufre una paranoia gravísima y un lamentable golosineo por los programas y los filmes y telefilmes con asunto canallesco, carcelario y propio de tribunales y especialistas en psiquiatría, que desgraciadamente se quiere verter también en las sociedades europeas, como si también imperase en la vieja Europa la ley de la frontera. Se le ocurriría a alguien proponer como un derecho constitucional el hacer, una vez en la vida, una operación de apendicitis o similar? A santo de qué? Pienso ahora en los transexuales y sus problemas a la hora de hacer legal la identidad genérica ansiada. Qué puede importarle a la sociedad que una joven llamada Mariana quiera, o necesite, convertirse en Roberto? He oído decir, públicamente, a representantes de este colectivo: “Los Magistrados no son sensibles a nuestros problemas de identidad”. Opino que los transexuales, por serlo, no delinquen. La Naturaleza se equivocó, o falló; no son culpables. En aquel tiempo pensé que aquellas chicas del Acogimiento no eran culpables de nada.

Desde aquel verano pasado en Baeza, creo yo que he ligado una mayor amplitud de espíritu a las gentes del sur. Bien es verdad que mi tía no era andaluza, pero encajaba perfectamente en aquella atmósfera que, creo yo, he conocido más ampliamente después de la simpatía primera. Me parece que hay una sensibilidad hacia la tolerancia que no existe en el centro ni en muchas regiones del norte; una tendencia a lo voluptuoso que en el norte puede parecer incluso exuberancia culpable. Se me ocurre pensar en el Renacimiento: la Escuela Salmantina (los frays y los san, la ascética y la mística) y la Escuela Sevillana (luz y musicalidad de Herrera): o marrón de media luz y dramatismo, o colorida, luminosa e imaginativa. Del gesto adusto a la sonrisa sin esfuerzo. De sur a norte.

Como resumen, en un reducto de religiosas mayormente andaluzas, aprendí a vivir con una cadencia nueva; fue una liberación del ritmo frenético de mi madre, y probé algo distinto del agrior cuartelario y doctrinario de mi casa. Si tiene lógicamente algo que ver con Andalucía, o no, me importa poco, porque reivindico mi derecho a no ser siempre lógica. A partir de entonces, siento atracción por el sur y el flamenco, por lo andaluz o mozárabe, para sorpresa, si no repulsa manifiesta de mis familiares, que viran más a puro godo norteño. Y en mi rechazo general de las procesiones de Semana Santa, consigo disfrutar de lo que tienen de espectáculo las andaluzas. Me atrae ese desmadre primario porque tiene mucho de curativo: “Etto no eh para desil-lo, etto eh para vivil-lo”. Aunque sólo fuera  para ellos, sería positivo. (pag. 26-27-28)

zp8497586rq
Be Sociable, Share!
  1. vanesa dice:

    Me parece acertada la valoració norte sur. Estoy de acuerdo.