Comentarios desactivados en Avance de la novela ‘Corazón no resuelto’

SOMOS EL SER QUE SE CRECE

Somos el ser que se crece

Somos un río derecho.

Somos el golpe temible

De un corazón no resuelto.

Gabriel Celaya

…..Conocí también en Barcelona el nuevo concepto de educación que yo he unido siempre a la experiencia jipi. Nos sentíamos generosos al considerar que debíamos dar lo que no habíamos tenido, y enseñar lo que no nos habían enseñado y quizá habíamos aprendido por ausencia. O creíamos haber aprendido. Las chicas jipis vestidas como aborígenes con sus faldas largas y floreadas y su rizada melena al viento, con los niños puestos a horcajadas, que podían llamarse Amor o Libertad, fueron como un reto a la tradición hosca y sosa de la ropa bien cortada, a los convencionalismos y a la paternidad que dimana del Altísimo como deber y autoridad. Aquéllos eran niños del amor libre entre burguesitos extranjeros que rompieron antes que nosotros, de forma ruidosa y gloriosa, con las normas establecidas; aunque quizá después volvieran al redil de la chequera y la productividad. Los experimentos psicodélicos, el LSD, Allan Ginsberg y la generación beat, no afectaron a la gente que me rodeaba por aquel entonces. Después, el poeta me interesó durante algún tiempo aunque menos que el Walt Whitman que ya conocía. García Lorca se me queda indeciso, no sé por qué.

Si el LSD nos quedaba grande y lejano, a la marihuana sí que llegábamos. No que yo la buscara, porque ya tenía suficiente con el tabaco rubio de toda la vida. Pero en cenas de amigos sí solía seguirse el ritual de cubrir la lámpara, que podía ser una Magistretti o una Correa, oh, la fiebre del diseño que comenzaba entonces; cubrirla con un pañuelo de seda de colorines, y en silencio y en círculo, concentrados, pasar el porrete. Recuerdo a mi amiga Laura, una profesora italiana exuberante y sentimental, como la única persona de la ronda que a las tres o cuatro caladas, empezaba a reír y a canturrear: ya vuelo, ya vuelo! Yo nunca sentí nada, a parte de la aprensión ante el cigarro chupeteado que me venía por la izquierda. A veces me acordaba de la sagrada cena. Pero yo había dejado muy atrás, ya, los rituales.

Los jipis me dejaron, entre liberación y liberación en grandes bocanadas, un gran interés por el conocimiento de las personas (el otro tiene derecho a ser distinto), por la necesidad del cambio y por los métodos pedagógicos.

No recuerdo cómo cayeron en mis manos algunos libros de A.S. Neill, pero sí sé que, leyéndolos, me encontraba yo en una gloria de amor, respeto, sentido común, lógica, sabiduría. Volvía a pensar lo que tantas veces había pensado en mi infancia: que lo verdaderamente útil, debido y saludable en esta vida, es la bondad inteligente: comprensión y tolerancia, simpatía y empatía. Sentí en lo más hondo el calor de un afecto que nunca había sentido: el que iba a dar. Y tuve la certeza de que algún día sería buena educadora y sabia persona que sabe que jamás sabe lo suficiente, pero sigue en ello. Ahora, más mayor, sonrío ante cualquier certeza, incluso mía.

Quizá porque lo reinterpretara de una manera cercana o simpática, Neill, más que el propio Freud, hizo que me afirmara en la importancia de conocerse a sí mismo cuando ya llevaba algún tiempo de persistente autopsicoanálisis; por si alguna vez había sentido escrúpulos respecto a un posible carácter masoquista: “La religión convierte lo subconsciente en el demonio. Haced consciente lo inconsciente y la religión no tendrá función que realizar….El misticismo y la religión significan que la vida aquí en la tierra es un fracaso….Los niños no quieren rezar, en ellos es una simulación…. No conozco blasfemia tan vil como la de las diferentes Iglesias que sostienen que Dios está de su parte….Dios no puede ser Amor y al mismo tiempo permitir un ataque con gases…La civilización está enferma y es desgraciada, y yo sostengo que la raíz de todo ello es la familia sin libertad….No hay nunca niños problema; sólo hay padres problema….Ser un alma libre, feliz en el trabajo, feliz en la amistad y feliz en el amor, o ser un miserable manojo de conflictos que se odia a sí mismo y que odia a la humanidad: una cosa u otra es el legado que los padres y los maestros dejan a todos los niños….” (Y, pregunto: ¿a quién pedir amparo cuando los padres son también maestros?) “…. La mujer esclavizada tiene que dar su hijo para las guerras que el hombre llama guerras defensivas, guerras patrióticas, guerras para salvar la democracia, guerras para terminar con las guerras…..” Ahora habría que añadir “guerras preventivas”, un concepto francamente obsceno, muy antiguo: “ si vis pacem….”

“….. La verdadera libertad…es un soplo de aire fresco que limpia el alma del odio a sí mismo y del odio a los demás… Todo odio es autoodio….El sexo ofrece el placer más grande de la vida. El sexo con amor es la forma suprema del éxtasis, porque es la forma suprema de dar y recibir….”

En cuanto al odio, afortunadamente soy persona compasiva, y por tanto no me odio en absoluto; no voy a tratarme a mí peor que a los demás. Y en cuanto al sexo estoy también de acuerdo. Por tanto, desprecio la pornografía como una de las formas más viles de perversión.

Creo que no había página, en este libro de Neill, que no me llevara al acuerdo conmigo misma; aquello de “ya lo decía yo; ya me parecía a mí; siempre he pensado lo mismo, sola, a partir de mi experiencia”. Es reconfortante encontrar los propios pensamientos y la misma sensibilidad reflejados en personas que nos parecen, como es lógico, muy inteligentes. También aprendí de él ideas. Nuevas.

De todas formas, con experiencias semejantes a las mías, o no, muchas personas de mi época, sobre todo mujeres, creo yo que encontraron en Neill un buen guía para la educación de hijos y alumnos. Que acertaran, acertáramos en la práctica, o no, ya es otra cosa. Personalmente, creo que hubo un deslizamiento hacia la permisividad, que no es precisamente, la libertad que reclama el pedagogo escocés.

Porque, del silencio e impotencia de los niños ante los agravios de los adultos, se ha pasado al temor de los padres hacia los hijos; ya que, después vinieron las sociedades del consumo y del bienestar, el divorcio (los hijos juegan a doble banda) y la influencia yanki (violencia suma, superficialidad, materialismo, sexo también como relación violenta…) Y ya, casi mejor no mirar hacia delante. Me corrijo: es preferible mirar, y prevenir en la medida de lo posible.

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(108)   Siempre me ha atraído el teatro, y la gente que iba por allí era un poco pirada, como yo. Había empaste, no había contrastes; empaticé y simpaticé, y fue muy positivo para el momento que yo vivía. Mi buena madre estaba con nosotros. Finalmente admitió que tenía una hija como la que tenía y no como ella había querido que fuera; no sé cómo en realidad. En cierto momento me pidió perdones y se lo agradecí para toda la vida. Nunca me pidió detalles ni razones de mi separación, y nunca se los di.

Recuerdo que en una ocasión, la hija de Lucía, que enseñaba aeróbic, se brindó a darnos una sesión de expresión corporal libre, o algo así, que venía a consistir en lo siguiente: ellas y ellos, es decir todos nosotros, con los ojos vendados, e imbuidos en cierta música relajante, deambulaban por la habitación hasta encontrarse o tropezar con otra persona; ambos elementos debían exteriorizar lo que sintieran con el contacto; era de esperar, contacto agradable y sensaciones placenteras. A mí me olió aquello a baracalofi, o sea a desmadre programado, pero participé con los demás, llena de curiosidad. Entonces está práctica era bastante habitual en esas clases de esparcimiento musical contra los kilos de más, y se fundamentaba, de lejos, en las teorías teatrales de Meyerhold: valoración de la expresividad en el ritmo, movimiento escénico holgado, según opinaba ella.

Me habían vendado los ojos con bastante torpeza, de forma que si miraba hacia el suelo veía pares de zapatos dirigiéndose en todas las direcciones, un poco como a la gallina ciega, pensé. Cuando estuve segura de que repetidas veces, un par de zapatos que yo conocía bien, venía directo hacia mí, supuse que no era yo sola la que podía ver lo que andaba por el suelo, y ya no pude contenerme y dejé la rienda suelta a un ataque de risa que me dejó baldada sobre la tarima….. Me vino bien aquella superchería de la expresión libre de la academia de teatro. Tenía tentaciones, a veces, de pesar que aquellas paredes rezumaban tristeza y frustración, por las ambiciones perdidas de Lucía y por las ambiciones no logradas de los aficionados, algunos muy buenos actores, que iban allí a trabajarse “La barca sin  pescador”, o “La dama del Alba” después de la oficina. Pero, no, el ambiente era bueno porque desarrollaban una afición, y sobre todo, porque, al menos mientras yo iba por allí, había varios jovencitos que tomaban clases de dicción y organizaban bastantes zipizapes. Recibí el encargo de dar clases de historia del teatro, para lo que tuve que releer algún libro, no recuerdo cuál. Como aquellos jovencitos no sabían nada, mis clases pasaban por bastante serias, igual que las de la persona que me había precedido y que había seguido el mismo método que yo. A mí, me servían para interesarme por algo que me ayudara a quitar pesadez a mi silencio personal. Ensayando “La barca sin pescador”, en mi papel de la ávida Enriqueta, hice una cierta amistad con Ricardo y con El Caballero Negro; poca cosa, plan de tomar una cerveza y hablar de la obra y de la Academia de Lucía.

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(123)   En trenes y en
autoestop, llegué al pueblo más cercano a la Comunidad. Llamé por teléfono y fueron a buscarme en una furgoneta, lo que ya me costó quince francos. Llevaba sábanas, toallas y servilletas, porque cualquier servicio de este tipo tenía tarifas de un buen hotel, incluso llevaba algo de comida que no estaba dispuesta a declarar…. Los pocos kilómetros de paisaje hasta la granja comunitaria ya fueron beneficiosos para mí, cansada de verdes norteños. Era una zona de ocres, es decir, puro secarla, pero tan bien dispuesto en formas y combinación de tonos, que resultaba admirable; parecía ordenado todo con mimo artístico. A trechos había una pequeña mancha verde de viñas embutida, pero incluso el verde de las hojas brillaba con reverbero amarillento. Alguna encina achaparrada era más bien un bulto negro. El calor era meseteño, duro y seco. Algún rebaño pequeño de ovejas y cabras, sin pastor ni perro a la vista: el paisaje se bastaba a sí mismo. El silencio era total. El cielo azul sin una sola nube.

Conducía la furgona una francesa rubia boreal que hablaba musicalmente y sonreía de forma inalterable. Yo sólo me pregunté una vez en qué parará todo esto. No me apetecía hablar ni oír hablar. Ella lo comprendió y pude mirar hacia la tierra, sin pensar más.

En la recepción me encontré con el grupo de los que habían ido llegando a lo largo de la mañana, variopinto. Entre algún africano y tres o cuatro europeos de norte a sur, había un guardabosques andaluz, una maestra leonesa y dos universitarios ibicencos; los acentos hispanos nos reunieron naturalmente. Y a partir de allí, la aventura.

Pero, estaba todo magníficamente organizado. La comunidad en pleno estaba entonces concluyendo la plegaria de después de comer, nos dijeron. Como eran las dos y cuarto, y no esperaban a más ansiosos, nos ofrecieron un pequeño refrigerio de pan, queso y agua de manantial. Nos asignaron cama y nos dieron suelta. Nos habían agrupado a los cinco hispanos para dormir en cinco catres, con buenos colchones de lana, eso sí. La maestra leonesa nos propuso la duda de si nos habrían aislado debido al rencor secular de los franceses desde los tempos del pretendido imperio. El andaluz preguntó si la ojeriza no venía ya desde Roncesvalles. Creo que los cinco nos sentimos molestos con esta forzada comunidad, y salimos del habitáculo.

Podíamos curiosear por todas partes, pero en silencio… Me fijé en las caras que iba viendo en los distintos talleres, y en la gente que trabajaba en el exterior. La sonrisa era espontánea en el momento de establecer contacto visual. Me pareció lógico porque es un gesto universal de acogimiento. A las seis y media nos reunieron a los recién llegados para ponernos al tanto del funcionamiento en términos generales, teoría y práctica. Se busca una existencia coherente entre el trabajo, la plegaria, la alimentación, la agricultura, la medicina, la economía y la autoridad. Es imprescindible el trabajo en equipo: se elaboran el pan, el queso, las conservas, las comidas diarias; el mantenimiento de los edificios; el tejido y la costura también son grupales. El trabajo es un servicio. Cada uno es responsable de sus actos y corresponsable de todos, (me sonó a acracia) Todas las decisiones se toman por unanimidad (gran escollo, pensé; malo es que nadie disienta hasta el final) Respeto a la autoridad, está al servicio y sometimiento del común (muy bien me pareció, pero también otro gran escollo). Se busca una vida sencilla para no caer en la trampa del consumismo y resaltar la importancia del ser sobre el tener (completamente de acuerdo). Las fiestas y celebraciones son más ocasiones para compartir y hacerse felices unos a otros (allí había familias asentadas y había solteros, y me surgió otra incógnita) La no violencia está propuesta como un reconocimiento de su existencia; existe y debo luchar contra ella de forma no violenta, tanto contra la que existe en mí como la que existe en el otro, sea institucional o esté en mi propio enemigo.

Todo o casi todo iba pareciéndome bien, sin trampa ni cartón. Hasta que oí que aquella Comunidad formaba parte de una Orden, lo que detuvo en seco mis incipientes entusiasmos, porque los adheridos o adeptos debían pronunciar votos… Sólo quedaba el ser coherentes y participar, o no, en los actos religiosos. Yo me hice presente un par de días y no volví, porque el misticismo grupal no me ha atraído nunca, más bien me produce rechazo, en política como en religión. En el momento inicial, lo que me preocupaba más era saber dónde podría fumar sin levantar miradas de desagrado o desaprobación. Tendría que hacerme con un recipiente para guardar las colillas.

(135)   – Lo que me llamó mucho la atención fue aquel pietismo de tu infancia. Lo he conocido en personas adultas y muy pensantes, muy analíticas. Pero tú, llegaste a él a los diez o doce años, según me dijiste.

– Es que, aquella religión era ya la imposición suma, y no podía ser justo. El dolor de las personas tenía que ser más importante que cumplir con unos dogmas. Y por mi propia miseria, supongo que llegué a la de los demás. Y no te diré que a pedir cuentas. Quizá sí.

– Ésa es una postura de adulto. Y luego, te propusiste ser divinamente benévola porque ya empezaste a sufrir la ausencia de Dios.

– Peor, quizá peor que la ausencia. Y, en todo caso, de haberlo sentido antes, me habría ahorrado muchísimo esfuerzo. Al menos, un tipo de esfuerzo.

– Y esa entrega a los demás te hizo vulnerable. Aunque, por lo que me vas contando, creo que ya te has corregido en eso también.

– Al menos, lo procuro. Dos veces he entrado sola en un quirófano. Quiero decir que nadie me acompañó y nadie me esperaba. Y no porque no pudiera recurrir, seguramente ni me lo planteé. Me hizo más fuerte y más silenciosa.

– Pero tú sigues dispuesta a acompañar.

– Ahora me guío también por la cabeza.

En este momento recuerdo que siempre me he resistido a explayarme sobre dos aspectos de mi vida: el aspecto erótico y las alabanzas o halagos que otros hagan de mí; siento el mismo tipo de pudor; ahora devaluado también el pudor, como el beso. Puede que sea tan retorcida como para pensar, si me lo propongo, que poder alabar a alguien cercano puede evidenciar un grado de merecimiento equivalente, porque buscamos iguales lo más iguales posible. Quiero decir que Antonio era un hombre muy valioso, y quería estar conmigo, voilà. Porque yo no había pretendido acapararlo. Desde el principio le ofrecí presentarle amigas mías con libertad para vivir la noche, sobre todo la de los sábados, solteras o divorciadas al parecer alegres y despreocupadas, con menos ataduras que yo. Y no tuvo ningún interés. No era frívolo, lo que no quiere decir que fuera pesado o serio o terriblemente profundo siempre. Pero es cierto que incluso los comentarios ligeros carecían de gratuidad, porque llevaban siempre una carga emotiva, positiva o negativa; como si él estuviera en todas las cosas. Disfrutaba de la vida con él, como nunca había disfrutado. No en ocasiones similares. Con él recordé lo hermoso que es ir por la vida a dos, libremente, con el menor número de interferencias posible, protegiendo y siendo protegida, sin acuerdos; por afinidades, nada más.

Me ayudó a dejar de fumar. Era afectivo y afectuoso, y yo también lo soy. Hacía por entonces dibujos y retratos al carbón por encargo de un galerista de México capital, y me animaba a intentarlo, pero no pude conseguir mucho más que emborronar papeles. Yo pensaba que aquel trabajo, en blanco y negro, iba muy bien al momento que estaba viviendo en su vida familiar. Después de recibir un mensaje de sus hijos, me confesó:

– Estos últimos días estaba dando vueltas a la idea de quedarme, si tú quisieras, quedarme contigo, recomenzar la vida. Me atraía la idea, mucho. Y me atrae. Pero me dicen que han tenido que internar a su madre. Y creo que debería volver.

– Yo, volvería.- le dije.

Nunca había habido entre nosotros intención de integrar al otro en el propio mundo, porque los habíamos respetado recíprocamente desde el principio. Por eso no quise que siguiera con la idea de promocionar mi libro en Sudamérica: “Tienes que concentrarte en tus asuntos familiares, le dije; dejemos esto que hemos vividos simplemente en la memoria, libre de compromisos, sin cartas ni teléfonos. Si decides volver sin ataduras, resueltos todos los problemas, ya me lo dirás”. En realidad, nunca he querido comprometerme con un hombre que me necesitara para romper su tinglado familiar. Compartiré mi soledad con un hombre a quien pueda respetar por su valor para quedarse solo y asumir su soledad.

Quise evitar que se distrajera del verdadero foco de atención, por cumplir con un compromiso sobre algo que yo no le había pedido, y alimentar así un contacto en la distancia que pudiera ser doloroso para alguien. O para todos, quizá. Y por la misma razón, no acepté el cuadro de la silla vacía que tanto me gustaba, y que él había reservado para mí. Sin embargo, a veces trato de reproducirlo. Y voy mejorando.

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(85)     “Tendré cuidado con mis manos, estaré al tanto”, pensaba yo. Y las ponía de forma que yo pudiera verlas. Pero luego vino el roce en cualquier otra parte, siempre que pudiera hacerlo de forma solapada. Qué historia más idiota, pero, en conjunto resultaba una situación violenta para mí, ya que sentía pudor de confiarlo a mi marido. Lo de siempre: pensará que le doy pie o que lo imagino. Pero, cuando una tarde en que Santi quiso comerme de un solo bocado, canté lo más afinadamente posible y sin trémolo; mi marido, el mocete,  me miró con reproche, y por no decir lo que estaba pensando, me fui cuatro días adonde ni entonces dije ni ahora diré. Yo, al menos, los perdí de vista. Al mocete, todavía no.

No soy persona puritana.
Entré en la juventud conociendo y aplaudiendo la existencia de las comunas: los niños cuidados por todos los padres y todas las madres, lo cual no quería decir cama redonda a todas horas (cama redonda, cama sutra, como trataba de informarme una amiga). Pero detesto las técnicas de seducción por lo que tienen de artificio, mentira y manipulación. Espero siempre de las personas la claridad, llámese sinceridad si se quiere; el buen uso de la palabra, creada, quiero creer, para manifestarnos y entendernos, respetando la capacidad decisoria de los demás. La palabra es lo que más nos aleja de los animales. Pero hay hombres y hay mujeres que prefieren manifestarse en las lides amatorias acercándose, precisamente, al mundo animal; valga decir acorralando al otro, física o psíquicamente. Definitivamente, detesto que alguien intente seducirme, hombre, mujer o menor de edad. Quiero dar mi afecto libremente a quien me atraiga por su manera de ser, no por su afán de conseguirlo. Las plumas de la seducción destiñen.

En aquella época eran frecuentes las reuniones de varias parejas, reuniones que resultaban menos disgregadoras, o integradoras según se mire, que el acoso interesado entre parejas. Aquellas reuniones eran con o sin cena. Era entonces cuando las esposas se agrupaban como si tuvieran imán, a un lado o frente a los hombres, y surgían las que yo llamo nimias conversaciones de mujeres, mientras los varones hablaban de cosas de interés general salvo excepciones. Se hablaba bastante por entonces de la posible ley de divorcio, tema que hacía fruncir indefectiblemente los ceños femeninos; se sacaba la conclusión de que no les gustaba absolutamente la posibilidad de esa ley, porque “si hubiera divorcio, todos querrían divorciarse”. Por entonces, aún teníamos la costumbre de utilizar el genérico masculino para el plural, pero algo había en el tomo que indicaba que el “todos”, se refería claramente a los hombres; y quizá a los más cercanos. Entre estas mujeres podía haber alguna profesional o al menos universitaria, y abundaban las que leían algo. Eran excelentes esposas y madres, quiero pensar. Salían siempre de compras en pareja o en tríos, y si no tenían hijos a quienes preparar la comida, o los maridos no iban a casa al mediodía, solían comer en la casa materna. No iban nunca solas al teatro, o a un concierto o al cine: no contemplaban la posibilidad de tener un poco de vida personal fuera del hogar o del grupo.

(86)     ….Aquellos probos padres de familia solían leer las revistas Triunfo o Interviú, e incluso algunos, Play Boy; por los artículos serios, naturalmente. Las leían con morosidad para que les duraran hasta la publicación del número siguiente, y con frecuencia se las llevaban al cuarto de baño. A las señoras, aquellas revistas no les gustaban nada, aunque algunas, pocas, por mostrar un talante abierto solían leer alguno de los artículos, para comentarlos luego. Pero las escondían si llegaban visitas a casa. El único desnudo que no levantó ampollas fue el de Marisol, porque era una chica como angelical a la que todas habían visto hacerse mujercita en numerosas películas, detestables según creo. En otras, no menos detestables, abundaban los desnudos “por exigencias del guión”, y las señoras se cebaban en Susana Estrada, Ágata Lys o Victoria Vera; algunas de ellas, excelentes actrices, por otra parte. Empezaban a darse las bodas con novia claramente embarazada…….

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(149)   Le quedaba de su matrimonio, una cicatriz en la sien derecha y el tabique nasal desviado. Había también las que practicaban yoga o aeróbic para calmarse el estrés o la depresión. También las compradoras que trataban de compensar sus amarguras y decepciones adquiriendo compulsivamente cosas que no necesitaban. Muchas veces, la vista de estas cosas, ya en casa, aumentaba su soledad y su preocupación. Pero puede decirse que trataban de aprender, a marchas forzadas y entre espasmos, quiénes eran como entes semovientes, según su propio ritmo. Aquella mujer dislocada producto de las primeras andanadas del divorcio, se miraba con estupefacción por haber soportado tanto. Muchas conocieron el momento de la ira por la mala educación recibida; es decir, la preparación, si es que la hubo explícitamente, para ser esposas y madres. En cualquier caso, se rebelaron contra el destino y no dijeron nunca a sus hijas que su vida debería desarrollarse entre mandos eléctricos o de gas, y las camisas bien planchadas del marido. Más, el uso de la palabra “marido” comenzó a caer en picado. “Sólo hablan del marido las que viven en pareja de hecho”, me dijo una amiga mía, comentarista de TV…

……

Opino que no hay verdades tan redondas. Se dieron, también, nuevas uniones de padres que aportaban hijos menores, que encajaban o no, corrientemente no, con los nuevos compañeros y compañeras de sus progenitores. Es una explicación válida, aunque no la única, de la dislocada actitud de los jóvenes que hemos hecho. Con su derecho a equivocarse, y con mayor conocimiento, quizá se equivoquen con más gracia y menos riesgo para todos, padres e hijos. Creo que son las mujeres quienes más han podido aprender de esta experiencia. Una experiencia que pasaba por sentirse elemento extraño y culpable, personaje patético ante un telón de nuevas dificultades, como esta mujer de “La isla de los gorriones”.

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