DE REPRESENTACIONES DE UNA MISMA

Posted: 4th noviembre 2013 by Aurora in Crítica
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DE REPRESENTACIONES DE UNA MISMA

 

 

 

ME PREGUNTO por qué tú, Adela Zamudio, puedes ser considerada la voz íntima y verdadera de esa Bolivia tuya de entre siglos. Porque me pregunto, también, cómo es Bolivia setenta o noventa años después de haberse independizado del virreinato de Perú: es grande, ya, crecida; o sigue siendo rara provincia todavía europea, como los otros países del subcontinente. Todos poniendo el ojo sobre Francia para apartarlo de España.

También me pregunto cuál puede ser la voz genuina del Uruguay, setenta o noventa años después de haber conseguido fijar sus fronteras. Y, por tanto, qué y quién soy yo, Delmira Agustini, uruguaya. Escucha cómo podría yo presentarme: De qué andaluza simiente brotó pomposa y ardiente la flor de mi corazón? Mi musa es bruna e hispana, mi sangre es sangre gitana en rubio vaso teutón. Y digo, en Cantos de la mañana: Alma que mejor cabe en un verso que en un universo!

Eso soy yo? Nuestros abuelos vinieron cruzando un ancho mar, la herencia debía ser extensa.

Bolivia, como yo la veo, es ahora la política de unos pocos hombres ricos que buscan el poder sin tener que rendir cuentas al amo. Bolivia es los salones parroquiales a los que van las mujeres de esos hombres ricos. También es los salones de las casas burguesas, en los que te pierdes entre señoras de rosario y novena, y cláusulas sancionadas por el confesor. Y es también Bolivia una enorme masa de gente pobre, más o menos aindiada.

Yo te veo analizar y criticar todo ello. Y sin embargo, dicen que eres la voz íntima y sincera de Bolivia. Y te veo, en cambio, vivir libre en la república de las ideas, que es una república sin nombre propio: de Bolívar Bolivia como de Rémulo Roma. Para dar nombre de prócer, el macho humano no necesita hembra; le basta con la violencia y la conquista.

Si acaso, retratas a Bolivia porque dibujas a España, y a la Argentina, y al Paraguay y a Portugal y a Brasil, y seguramente dibujas a Francia y a un largo etcétera de países bien abrigados ya en sus viejas fronteras. Porque dibujas, simplemente, el sinsentido.

Tus padres te colgaron nombres como corona de lirios en la frente: Paz, Juana, Plácida, Adela, Rafaela. Nombres de abuelos y abuelas más que peninsulares, romanos de santoral. Ninguno guaraní, ninguno quechua. Dónde está Bolivia. Es Bolivia la que ha masacrado a los guaraníes mal llamados chiriguanos, en el noventa y dos. Y tú eres la voz de Bolivia? No lo creo.

Tu madre te prende otro nombre en la frente: Soledad, para que firmes tu primer poema de quince años. Sugiere el nombre o maldice un destino: aprenderás a renunciar a ti porque quieres estar en todos, dándote. Sin género. O sublimándolo. Juana de Asbaje se hizo monja jerónima para dedicarse al estudio, que era una vida de hombre. Tú vas a ser como ella, pero en la calle, sin protección. Van a decir que eres feminista por culpa de desengaños amorosos. Qué común es la estupidez!

Si viviste en Coroni, Oruro, Corocoro, Colami, Chapade, Calacala, Ayacucho de Cochabamba, parece que no importa, tú tienes tus paisajes internos en los que te haces; tú no vives entre  fronteras. Me quedaría con las palabras. Palabras púrpura, azules, rosas y blancas. Pero tú eres más que palabras; precisamente  no importa tu estilo o la estética o movimiento a que perteneces. A todos y a ninguno. Tú no eres
de ismos, tú eres de ti misma. Las ideas de humana lógica no tienen tiempo ni etiqueta; valen las de Sócrates y valen las tuyas. Valen para siempre.

En esta época que a mí también me alcanza, tenemos abundancia de afluentes: tenemos romanticismo, al menos tres épocas de romanticismo. Y tenemos realismo, naturalismo, costumbrismo, parnasianismo y simbolismo y modernismo. Yo también circulo por todos ellos. Como una fantasma. Creo que buscamos lo mismo; tú por tus caminos de ideas y yo por mis caminos de dudas y sensaciones. Y ahora estoy tratando de olvidar.

Leo lo que escribes y lo que otros escriben que haces. Porque mucha gente habla de ti, para bien y para mal. Creo que te importa el grupo humano como le importa a un sociólogo o a un antropólogo, o a un médico. Eres tan feminista como femenina y más cristiana que la Curia romana; tú eres cristiana de catacumba. Y escribes: Es Él! Aparición deslumbradora de blanca y dulce faz, que avanza, con la diestra protectora en actitud de bendición y de paz. Inclino ante Él mi rostro dolorido temblando de ternura y de temor, y exclamo con acento conmovido: Adónde vas, Señor?

Pero titulas este poema en el idioma de la Curia: Quo vadis…? Con fino sentido del humor. Te entendería mejor, el propio Cristo? Está oyendo latines todos los días desde hace siglos.

No tanto las rimas, no tanto los ensayos o los cuentos. Me importa de ti tu postura, tus ideas y la lucha que te compromete. Porque nadie te obliga a nada. Tú te ofreces. Me importa que no buscas lo bello sino lo moral, y que para ti es la misma cosa, como para los griegos antiguos. Pero no la moral divina o religiosa, sino la moral humana, como el rayo de sol que calienta a todos por igual y hace que se pertenezcan. Lo moral, pienso; vale decir la esencia de lo humano. Trituras la realidad para encontrarlo. Observas, analizas, decides y expones. Y escribes y dices que debe haber posibilidad de matrimonio sólo civil, divorcio, enseñanza laica y gratuita. Denuncias el abuso patriarcal. Vas haciendo enemigos, lentamente. Fundas Academias y Colegios. Laicos. Te apoya el Presidente Montes, y te atacan tus iguales burgueses. Y los curas.

Tengo una foto tuya conmigo. Eres bella y rotunda, morena y bella. Tienes abundante rizo en tu pelo largo que descansa sobre tu hombro izquierdo en tirabuzones. La frente tan ancha me lleva a pensar en los Campos Elíseos. Miro adentro en tus ojos. Son como pozos sin fondo, de aguas claras en remolinos y en mareas. Son ojos de raza, nobles, de una lealtad de ensueño. Te lo digo también en estrofa y con rima: Yo creí que tus ojos anegaban el mundo. Abiertos, como bocas en clamor. Tan dolientes que un corazón partido en dos trozos ardientes parecieron. En tus ojos tal vez se concentraba la vida, como un filtro de tristeza en dos vasos profundos. Yo soñaba que era una flor de mármol tu cabeza.

Ves, yo recurro a mis formas de nebulosa y tú recurres a tus ideas claras. Una vez dije muero de ensueños; beberé en tus fuentes puras y frescas la verdad.

Yo busco la verdad en la poesía, y tú la buscas en la praxis.

Muero de ensueños, porque el ensueño se atisba pero no se perpetúa. Se va; es un arco iris del deseo, nosotros corremos detrás. Hacia qué tierra nunca vista de hondas revelaciones de cosas imprevistas iremos? Yo ya muero de vivir y soñar.

Y ahora, aquí, Delmira quiere ir por el camino del olvido.

He dicho que eres tan feminista como femenina. Y escribes: Una mujer superior, en elecciones no vota, y vota el pillo peor. (Permitidme que me asombre) Con tal de que aprenda a firmar puede votar un idiota, porque es hombre!

Pero tú, Adela Zamudio, qué pudiste hacer para detener vuestra guerra civil del noventa y nueve? Tenías más de cuarenta años y una trayectoria respetada por muchos como persona culta e inteligente. Y solo pudiste montar una especie de hospital de campaña para atender a los heridos en una guerra estúpida de banderizos.

Tu asombro respecto a la imposibilidad de votar es solo retórico. Tú, sabiendo más, asumiste el papel de madre. O quizá el papel de Dios Padre. No sé. Yo también, como tú, pregunto. Yo también, como si fuera la madre de Cristo, reflexiono; miro y reflexiono. Tú dices: Hoy como ayer, los pueblos de la tierra se arman para el asalto y la traición. Y alza triunfante el monstruo de la guerra su bandera de espanto y confusión. Ciega, la humanidad se abisma en los antros del vicio y del error, y duda, horrorizada, de sí misma. Adónde vas, Señor?

Yo veo a la madre de Cristo, tal como la quieren pintar los hombres, preguntando a su hijo: Por qué miras a otro lado?

No sabría escribirlo en latín. Lo siento.

Cuando yo apenas he nacido, tú ya tienes treinta y tres años. La familia ha vendido la propiedad de Viloma, y Calacala es ahora vuestra casa. Calacala es palabra colorada como canto de pájaro selvático, o de mujer indígena que siempre sonríe en sus ojos tristes. Ese mismo año, tu padre Adolfo ha ordenado formar un libro con tus poemas, y lo lleva a Buenos Aires para publicarlo. La cosa es seria, los poemas son buenos, tú eres su vástago: ya no firmarás con el pseudónimo que te sugirió tu madre Modesta Cesárea. O, te lo impuso como un destino: “Soledad”. Soledad? No; tus poemas, tus ensayos poéticos y políticos y pedagógicos van a llevar el apellido de tu padre, estés sola o no. Te prologa el libro  García Velloso,  un escritor español. Se habla mucho de tu libro y de ti. De verdad te importa?

En el ochenta y ocho fundas tu Academia de dibujo y pintura, y de  humanidades, porque piensas que las mujeres pueden y deben aprender. Luego piensas en los niños de los suburbios, y abres academias también; echas simiente a  voleo, muchas germinarán, quieres hacer país. Se habla ya en las ciudades de tus ideas, se habla a favor y en contra. De la separación que propones entre la Iglesia de Roma y el Estado. Criticas el poder patriarcal que se asienta en esa Iglesia y en el Estado. Denuncias la explotación y dominación clasista. Te entregas al feminismo pragmático  sin salirte de donde no quieres salirte. Hubo mujeres asaltantes de La Bastilla y de Versalles: Méricourt por ejemplo, con pistolones al cinto y sable en la mano, métodos de hombre. Eran otros tiempos y otras armas. Ahora tienes la prensa. Y tienes un padre que apoya ver su apellido en letras de molde.

Yo no te veo emparejada, Adela Zamudio. Clarividente como eres, independiente, de espíritu libre. Dices: Cuan poco necesitan ciertos hombres para irritarse contra una mujer hasta la ferocidad! Una esposa honrada de rodilla es más grande que un marido ebrio de cuatro pies.

Y aquí está Delmira, queriendo olvidar.

Miro despacio el recuadro negro de mi ventana; fuera no cantan alondras ni ruiseñores. Hoy no es de terciopelo la noche, hoy estoy queriendo olvidar.  Colgué en esta ventana el faro de Rubén, y de noche me solía alumbrar. En el doce, Rubén Darío visita Uruguay y quiere conocer a Delmira Agustini. Maestro, y discípula de sólos veintiséis años. Tengo ya dado El Cuaderno Blanco y La Canción de la Mañana. Está por salir Los Cálices Vacíos.

Para la prensa, son simples fotografías de testimonio. Para mí, es la mayor alegría de mi vida literaria. Hablamos de la sinceridad. De la suya él; yo de la mía. Como postura ante la vida y la poesía, para nosotros es lo mismo, es la existencia. Para nosotros, el arte enfoca la vida y la realidad. La vida y la realidad, no hay vuelta que darle. El arte ante todo, enfocando la realidad. Tú y yo partimos de caminos diferentes pero queremos llegar al mismo sitio.

Mira, tengo cartas. Que vienen y que irán. Y tengo un retrato de Rubén ornado con unas flores que yo tuve el capricho, o la necesidad de pintar; esto, pocos lo saben: juego con el piano y pinto, además de escribir libros de  versos. Tú pintas en grande, Adela, tú enseñas a pintar; también eres maestra en eso.

Tú te colocas orilla de Cristo y quieres hacer que reflexione: pero, adónde vas, por qué huyes? Mi Dios viene de mis pocos años, no ha crecido. Me enseña a jugar como un abuelo y se me entremezcla en la vida con todo lo que es hermoso y necesario. Y no vive en Roma, el tuyo tampoco. A veces me hace llorar.  Escucha esto, para que me comprendas, es de El Libro Blanco: Mi templo está lejos, tras de la selva huraña. Allá, salvaje y triste mi altar es la montaña. Mi cúpula los cielos, mi cáliz el de un lirio; allá, cuando en las tardes lentas, la mano extraña del crepúsculo enciende en cada estrella un cirio.

Dicen los tribunos que esto es el panteísmo modernista.

Tú hablas por otros. Mi voz es sólo mi voz, pero la doy, la ofrezco, la brindo. Crees que nadie la escuchará? Crees que nadie querrá estar en el reino feliz donde se ignora el tiempo, donde no alcanza la verdad amarga ni el que labra los surcos en los rostros ni la que hunde sus garras en las almas?

Yo ofrezco posibilidad de anhelar, y tú das el arma para conseguir. Tú eres feminista pragmática, pero estás sola, Soledad. Sola frente a los caballeros reprobadores y a las señoras bien/pensantes, vestidas con polleras ampulosas como sus desdenes, y sus pañoletas en pico cruzadas sobre los pechos abundosos. No sé por qué pienso ahora que en Europa se prepara una gran guerra que nadie podrá olvidar: pechos abundosos, pienso: mujer y guerra. Caigamos antes en un ramo de rosas y de lirios.

Darío
escribe el Pórtico para mis Cálices Vacíos. “De todas cuantas mujeres hoy escriben en verso, ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini. Por su alma sin velos y su corazón de flor.” Medito sobre estas palabras y las que siguen. Son halago de poeta. Quiero decir con esto que no debo creer en su sinceridad? Quién soy yo para dudar de él. Finaliza: “Sean con ella la gloria, el amor y la felicidad.”

En estos momentos, renuncio a la gloria. En Vos confío, Amor. En Vos confío, Felicidad.

Ha volado una mariposa blanca delante de mi frente, silenciosa, sin olor, casi sin forma, sólo como una agitación nívea. Trae buena suerte, una mariposa blanca. Respiro hondo y vuelvo a pensar.

Yo divinizo lo erótico y es un avance, porque acabo con lo eterno femenino impuesto por la cultura tradicional, tú lo sabes bien: hasta ahora, en nuestra cultura sólo el hombre hablaba del eros. Tú humanizas a la mujer, la sacas de la sombra. Tú no fantaseas con bellezas y sensaciones. Mi amor es un amor mundano. El tuyo participa de la fundación del mundo, y quieres poner orden. Mi unión con Dios en el amor es  poesía pura. Tu unión con Dios te hace abrir escuelas. A mí me estalla dentro la luz de Dios; tú la repartes. Yo combato con la métrica y con la rima. Tú combates contra los poderes de la Iglesia y del Estado.

Tú eres educadora, maestra, escritora, feminista, observadora del alma humana, combatiente, pionera.

Yo sólo soy poeta, yo sólo siembro belleza y temblor. Interrogantes. Ansias. Y todo ello florece. Pero, no sé si florece en toda estación.

Y dices: La Roma en que tus mártires supieron en horribles suplicios perecer, es hoy lo que los Césares quisieron: emporio de elegancia y de placer. Allí está Pedro. El pescador que un día predicó la pobreza y la humildad, cubierto de lujosa pedrería ostenta su poder y majestad.

La hipocresía y el caos mental que Pierini y otros pierinis imparten y gestionan, teniendo detrás el amplificador vaticano, eso quieres denunciar. En las sacristías y en las procesiones, en los medallones y en las custodias. En las cabezas cubiertas de blondas, de velitos que cubren hasta las cejas y significan: Sí, Padrecito, yo no tengo ideas propias. Denuncias.

Hoy quiero olvidar, y recuerdo tu polémica con Pierini. Quiero recordar tu primera novela y la polémica con Pierini, como ramos y ramas para cubrir mi fosa de olvido.

Tú estás dirigiendo la primera escuela oficial laica, con el apoyo de la presidencia de la república; parecería mucho apoyo. Pierini te excomulga. Por gusto que te excomulga!

Para contrarrestar tu plan pedagógico, monta una Escuela Superior de Señoritas y una Liga de Señoritas Católicas. No me quedo sólo con lo que dicen estas palabras enunciadoras. Ello quiere decir que te enfrenta a la sociedad bien/pensante de tu ciudad, en tu propio círculo, por mucho que tú quieras vivir desclasada y espíritu libre. Y va a dar la gran baza de apertura populista. Esto me distrae, es como el vuelo de otra mariposa. Y es importante.

Es cierto que Pierini y sus señoritas católicas montan un espectáculo musical sobre La Viuda Alegre? Es rigurosamente cierto que, para evitar que semejante historia de opereta sea representada por las dichas señoritas, a lo que se habrían opuestos los papás lógicamente, van a recurrir a niñitos? Es cierto que los enredos increíbles de política y amoríos, infidelidades, y bailes que se compran y se venden en medio de lujos y excesos, van a ser interpretados por niños-niños? Pierini acusa a tus métodos pedagógicos de inmorales porque excluyes la doctrina. Y él saca al escenario a una nena de seis años para que represente a Hanna, como tú dices, “que se defiende de los besos de su enamorado y luego cae desmayada en sus brazos.” Nenas vestidas y pintadas como mujeres viviendo situaciones de mujeres nada edificantes. Y tenemos a un Danilo de cinco años, ebrio, que canta alabanzas al vino? Y para qué seguir.

Lo he oído y lo he leído. Tú escribes en El Heraldo y él escribe en El Ferrocarril; la disputa es seguida como partido de tenis. Pero tú quedas en pie, no faltan intelectuales que te apoyan. Apoyarte es apoyar a la infancia y al sentido común, precisamente a buenos planes pedagógicos, porque criticas el escarnio que se ha hecho a la inocencia. Qué moral queda en entredicho? Tuviste adhesiones, actos públicos, homenajes y regalos.

Pero, estás sola, Soledad. Aparece tu novela Íntimas,  y no falta el tribuno que te diga: Continúe escribiendo versos, señorita Zamudio, y deje la novela porque es empeño mayor, es empeño de hombre!

Qué común es la envidia, el dolor o pesar por el bien ajeno.

Me alcanza uno de los pocos ejemplares que circulan por aquí, porque me dicen que has secuestrado todos los posibles; los apartas de la circulación y castigas así a quienes te desprecian.

Leo con detenimiento y trato de adentrarme en tu mente. Pienso: tú escribes Íntimas. Y yo escribí “Íntima” en el mismo año es que están fechadas las cartas que Juan escribe a Armando en tu novela. Tiemblo ante las casualidades, ante estos maremotos en la biografía. Escribo en ese poema: Yo encerré mis ansias en mí misma, y toda entera como una torre de marfil me alcé.

Ves, yo me muestro, hablo y me abro, y enseño mi interior. Yo quiero oír tu voz en esta historia de mujeres y de hombres; hay cartas, es una novela epistolar. Pero es que, oigo  voces de hombres que parecen hombres, y voces de mujeres que son indudablemente mujeres, y pienso que todas son la tuya y pienso que prestas tu voz a todos, y ninguna es tu voz verdadera. O sí.

Estoy pensando esto, o escribiendo, con tono débil. No encuentro mi ritmo. No escucho la música de nuevas rimas. Tú retratas con la pluma y con el pincel. Y hoy yo quiero olvidar. Hoy yo repito mis versos desmayados: Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas. Y si tú duermes duermo como un perro a tus plantas.

Y yo era una “loba del modernismo.” Ay!

Un presentimiento como un apocalipsis hace temblar el suelo de mis seguridades; se escalofrían los versos, escapan los acentos. Enrique.

Enrique.

 

Me sobrepongo. En esta novela tuya, que será tan importante, he leído tus opiniones sobre los hombres, sobre el amor de madres y de tías; sobre los solteros y las solteras. Sobre los curas rurales que tienen dos mujeres. Sobre los escritores modernistas. Tu ideal es que la mujer sea fuerte y culta e independiente, dices: “como hija del hacendado valluno: fuerte, valiente, diestra a caballo como un hombre, que sabe de agricultura y de negocios, viaja sola, tira al blanco; aplica, cuando se ofrece, cuatro riendazos a un mayordomo insolente, y no tiene miedo a nada.”

Creo que no me equivoco: así eres tú, o te acercas. A mí me queda mucho por aprender. Yo vivo mis contradicciones, perpleja. Pero tú tienes las tuyas: eres esa mujer fuerte, sí. Pero también la mujer fuerte y abnegada que cuida de toda su familia. Precisamente el estereotipo con el que quieres acabar, Soledad. Quizá ahí demuestres tu grandeza: haciendo lo que no quieres que hagan las demás.

En estos primeros días de julio, mil novecientos catorce, tiemblo en Montevideo. Soledad.

 

 

Hasta aquí, el manuscrito que Malena Rajzner me ha enviado desde Buenos Aires. Sí, ya sé que anuncié en abril, (“La foto de Clarice Lispector”) que había venido para visitar a su familia política, y que se quedaba con nosotros. Bueno, el caso es que volvió a Buenos Aires “provisionalmente”. Y en una librería de lance, según me comenta, ha encontrado unos papeles amarillentos metidos en una carpeta atada con cordones, que tiene las pastas de cartón apolilladas. Dice que le temblaban las manos mientras los leía. Papeles escritos por Delmira Agustini en las vísperas, o víspera de ser muerta por su ex compañero. O extraño compañero, quién puede saberlo.

Me pide que los haga públicos en el Salón. Y añade unos datos sobre Adela Zamudio.

El once de octubre es el Día de la Mujer Boliviana. Día y mes de su nacimiento (1854). Fue una mujer presidente quien lo decretó así. Dos años antes de morir, ya septuagenaria, recibió un importante homenaje de nivel estatal. El presidente Siles la corona con el laurel de oro en una opulenta ceremonia en los salones del teatro Achá de Cochabamba. También su rostro circuló por algún billete de Banco. Seguro que a Zamudio, estas formalidades olímpicas la fastidiaron bastante. Tuvo que pedir a un lejano conocido que la acompañara en las ceremonias, porque estaba sola.

 

“Vuelvo a morar en ignorada estrella, libre ya del suplicio de la vida.

Allá os espero; hasta seguir mi huella, lloradme ausente mas no perdida.”

Ella misma escribió este epitafio.

 

Se cumple un siglo de la edición de Íntimas. Y el próximo año se cumple el siglo de la muerte de Delmira. Algo habrá que hacer, no?

Me pregunta Malena.

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  1. Karlos dice:

    Necesitamos muchas Adelas

  2. Aurora dice:

    Esa es la idea. Gracias por tu interés. Seguiremos con el tema próximamente. Gracias por los comentarios, publicados y no publicados.

  3. Aingeru dice:

    Adela Zamudio entraría en redondo dentro del tema Educación o Instrucción. Del sentido común en la educación, libertad, independencia, la doctrina que viene de los románticos.
    Y en aquella Bolivia, resulta curioso.

  4. Richard dice:

    «Dos mujeres y un destino» le va muy bien. Ni de encargo

  5. Vanesa dice:

    Me encanta. Me interesa.