EL AMOR EN EL TERCER MUNDO DE MACHADO Y VALDERRAMA

Posted: 29th noviembre 2015 by Aurora in Literatura
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EL AMOR EN EL TERCER MUNDO DE MACHADO

Y VALDERRAMA

 

SIEMPRE fue una mujer discreta, Pilar de Valderrama. Por eso, cuando le rogamos que viniera al Salón nos pidió el incógnito más absoluto hasta que diéramos por terminada la sesión. Con todo el respeto del mundo para ella y para don Antonio Machado, hablamos para quienes desconocen aún la interesante relación que mantuvieron.

P.d.V.- Cuando lo conocí, en mil novecientos veintiocho, tenía una presencia desaliñada, un rostro bondadosísimo, una frente ancha y luminosa; era alto, desgarbado y poco atractivo.

P.C.- Le hablaba mucho de sus sentimientos?

P.d.V.- En las entrevistas apenas hablaba de su amor por mí. Era en sus cartas, llenas de ternura, donde su alma se vertía por entero: “Merezco yo este santo amor tuyo? No será un sueño tanta felicidad como la nuestra en nuestro rincón? Ay, esa hora en que se olvida todo, hasta la soledad del corazón; esa hora con mi diosa, es tan intensa…”

En las despedidas sintetizaba todo el amor que sentía, con fórmulas muy suyas; mi reina, me decía, sí; mi diosa me llamaba. Tuyo, tuyísimo, archituyo, Antonio. Adiós, mi reina, nunca me olvides, quiéreme siempre aunque no lo merezca, porque, eso es la gracia!”

Con todo el amor que volcaba en las cartas, rara vez hacía mención a un contacto físico, rara vez, pero recuerdo aquel infinito abrazo: “El infinito abrazo de tu loco en los tres mundos, en respuesta al tuyo –en el tercero—“ De estos tres mundos ya hablaremos más adelante.

Y me decía: “Adiós, gloria, reina y diosa! Adiós, adiós. El abrazo infinito de tu Antonio”. Y un beso infinito, también, alguna vez, me enviaba por carta. “No pienso más que en ti, decía; porque cada día que pasa te quiero más, te admiro más y quisiera saberte más feliz, ya que más hermosa no es posible; ni más cruel con tu poeta, tampoco”. Pobre Antonio, es que yo le impuse una barrera, por fidelidad a mis creencias, a mis hijos y a mí misma. No podía ofrecerle más que una amistad sincera, un afecto limpio y espiritual, porque yo era una mujer casada. De no ser así, no volveríamos a vernos, se lo dije en una de nuestros primeros encuentros entre Segovia y Madrid. Y me respondió: “Con tal de verte, lo que sea”.

A.d.T.- Y qué tuvieron?

P.d.V.- Espiritualmente qué unión de sentimientos, qué compenetración de nuestras almas! Físicamente, siempre aceptó la barrera que yo impuse. Siempre.

P.C.- Pero, cuál era su posición ante el sentimiento, llámese amor. Hemos leído muchos versos amorosos de Machado poeta. Pero el Machado hombre nos faltaba.

P.d.V.-  Pongan comillas: “Yo proclamo, con Miguel de Unamuno, la santidad del impudor, del cinismo sentimental. Lo que se siente, debe decirse, gritarse, verterse. Lo importante es que el sentimiento sea verdadero, y siéndolo, para qué avergonzarse de él”. Nuestra compenetración espiritual era tan grande que apenas encontrábamos defectos el uno en el otro. Decía: “No se cuenta de una santa nada tan bonito como lo que haces tú, Pilar de mi vida, por tu poeta, al acompañarle en el banco de los enamorados o en nuestro gélido café. Cuando pienso en ti, Pilar, vuelvo a creer en Dios, sobre todo cuando pienso en lo que haces por mí. Y también: “Qué alegría, Pilar; cuando te veo el corazón me salta en el pecho, realmente loco y no hallo manera de sujetarlo”.

“Mi cariño es muy grande, Pilar, muy hondo y muy verdadero. Sin verte no podría vivir, al menos sin la esperanza de verte”. Me preguntaba: “Pilar, cómo has conquistado a tu poeta? Tú, tan serena, tan suave, y tan fuerte. De qué sustancia invisible es la cadena que me has echado al cuello? Y sin pretenderlo. Esa es la diferencia entre la mujer y la diosa: la mujer se propone atraer; a la diosa le basta ser para dominar”.

“En mi corazón no hay más que un amor, el que tengo a mi diosa. Tu poeta no te miente. A ti y a nadie más que a ti, en todos los sentidos del amor, puedo yo querer. El secreto es, sencillamente, que yo no he tenido más amor que éste… Solamente el recuerdo de mi mujer queda en mí, porque la muerte y la piedad lo han consagrado”.

Y me confiaba, a la vez que sus sentimientos, sus problemas de salud, física o mental. Por ejemplo, recuerdo: “Mi estado de espíritu es de gran angustia. Apenas puedo trabajar. Es posible que todo ello pase, como otras veces, pero cada nueva depresión de espíritu es en mí más larga y más grave. Será la vejez? Es posible, y sería lo peor. Siempre tuve más miedo a la vejez que a la muerte.

P.C.- De su obra poética trasciende un carácter generoso y altruista.

P.d.V.-  Fue generoso con lo que yo escribía y era mi ilusión y mi agarradero a la vida, y conmigo como persona y amiga. Decía, por ejemplo: “Puse en orden tu libro y lo leo y releo con infinito amor. Cuántas cosas bellas tiene”; creo que se refería a mi libro Esencias. Y me pedía: “Quiero que me dejes tu libro para estudiarlo y tomar nota de él. Quisiera conocerlo muy hondamente para escribir de él como se merece. Es muy rico en temas poéticos y de matices”. “Acabo de dar a copiar en máquina mi artículo sobre Esencias, y cuando esté copiado lo enviaré a El Sol para que se publique lo antes posible”.

El cuidado que ponía en recordarme que enviara un ejemplar de mis libros, por ejemplo a Unamuno; decía, recuerdo: “Mucho me equivocaría si tu libro tan humano, tan religioso, no le gusta al maestro”. “Gracias a tu libro, que me acompaña y me habla de ti, diosa mía; de tu alma tan noble y tan grande, logro conllevar mis tristezas sin demasiado quebranto.”

Me decía que estaba triste o que no se encontraba bien, pero reconociendo que no tenía derecho a inquietarme. Y estaba al tanto de mi salud, de mis propias tristezas y frustraciones. Escribió y escrito está: “Muy preocupado quedé con la salud de tu madre. Mi salud ofrezco a Dios a cambio de la suya, convencido de que te hace más falta que yo”. Generoso sí que lo era: para él pedía lo mínimo; sin embargo quería todo lo mejor para mí: “Ruego a Dios que encuentres cerca del mar la salud y la alegría y sobre todo la energía espiritual que requiere la vida”. Eso que él tanto necesitaba, la energía espiritual, y cada día hacía ejercicio, en su soledad, para tenerla. Me preguntaba por mis niños, por mí y por mi madre. Nunca mencionó a mi marido, bueno y delicado como era, Antonio. Grandísimo poeta, y filósofo, se interesaba por mi obra que valía… lo que valía.

P.C.- Lo imagino escribiendo esas cartas para usted, echado de bruces sobre el papel como quien escribe con los labios o con el corazón.

P.d.V.- Es que, sabía mantener su dignidad por mucho que enalteciera a los demás. Podía decirme que lo imaginara siempre arrodillado ante mí, decía: “Admiración no sientas por mí”. Arrodillado ante mí, su diosa; pero me convertía en su diosa en su propia nube que estaba muy alta, y allí  éramos dioses los dos, por amor.

“Y qué haría yo sin ti, Pilar? Pero tú no me olvidarás mientras yo viva, verdad?”. “He visto a don Miguel de Unamuno, y estuve con él largo rato. Me habló con gran elogio de tu libro Huerto cerrado, y con grandísima satisfacción mía, porque dada la sinceridad de Unamuno, no dice nunca nada por cumplir”. “Estuve en la Casa de Velázquez, residencia de estudiantes franceses, comiendo con M. Legendre y con Marcel Casayou, traductor de mi poema de Álvargonzalez. Es gente muy amable y muy culta. Quiero enviarles un libro mío y otro tuyo. Quiero que conozcan tus poesías y yo mismo les leeré algo de ellas.”

A.d.T.- Carácter bueno, generoso y delicado. Es lo que llamaban antes “un caballero”?

E.R.- O un don Quijote

P.d.V.- Puede ser, sí. Quiero contarles un episodio de nuestra relación, que me parece de los más entrañables. Cuando nos conocimos, en mil novecientos veintiocho, los hermanos Machado ya habían terminado el primer acto de La Lola se va a los puertos, que estrenaron el año siguiente en el Teatro Fontalba. Antonio me leía escenas y me pedía opiniones. Cuando me hablaba del argumento, a mí se me ocurrió una frase que parecía resumir el carácter de la Lola. Dije a Antonio, como una síntesis: “El corazón de la Lola/ sólo en la copla se entrega”. Dos versos asonantes, sin más. Y Antonio se quedó maravillado, dijo que en ellos se expresaba absolutamente la idea esencial de la obra. Le sirvieron para dar a la Lola un carácter de diosa: mi carácter. “A ti se debe, decía, toda la parte trascendental e ideal de la obra. Yo no hubiera pensado jamás en divinizar a una cantadora. Quiero acoplar tus versos a la escena y cuando la termine te la leeré para que me digas tu opinión. Y, sobre todo, para que nadie la conozca antes que mi diosa”. Y ahí los tienen, en la escena final.

P.C.- Eso quiere decir que la Lola que se va a los puertos, es usted?

P.d.V.- Sí, soy yo, y el tocaor de guitarra, Heredia, es Antonio, y el tipo de relación que los une es el mismo que nos unía a nosotros: relación espiritual. Total, que la Lola conquistó a Heredia sin quererlo, desde el principio, y llevaban diez años actuando juntos. Y conquistó, sin quererlo, al rico don Diego y a su hijo José Luis. Cuando, en realidad, su única pasión era el cante. Finalmente, así la quiere Heredia y por eso Lola le permite que la acompañe para actuar en  América, que si no, se iba sola: “Donde vayas, contigo iré, /no te dejo; /por la tierra y por el mar la sombra soy de tu cuerpo;/ yo me arrancaré la lengua para guardarte el silencio,/ y me saltaré los ojos si quieres, ¡seré tu ciego! /Pero donde Lola cante toca Heredia.- Así te quiero, Rafael, contesta la Lola. Esa fue la barrera física que yo le puse a Antonio. Rafael la acepta de la Lola como la aceptó él de mí.

A.d.T.- Precioso!

E.R.- Creo recordar que la historia parte de una copla popular que dice:

La Lola se va a los puertos/ la isla se queda sola.

P.d.V.- Sí. Y a los hermanos les vino la curiosidad, y Manuel pregunta en una glosa:

Y esta Lola quién será/ que así se marcha dejando/ la isla de San Fernando/ tan sola cuando se va?

y mis versos, por lo visto, dieron la respuesta a Antonio: yo era la Lola, y el tipo de relación que impuse, y mi carácter, hizo que me endiosara y la endiosara a ella.

P.C.- No quedan cartas de las que usted enviaba a don Antonio?

P.d.V.- No quedan que se sepa. Veríamos en ellas que yo también me preocupaba por sus cosas, con tanta ternura como él tenía para mí. Por ejemplo, el discurso para leer en la Academia. Ya al principio, le pregunté cómo era posible que habiendo sido nombrado Académico en mil novecientos veintisiete, no hubiera leído aún el discurso. Me dijo que le disgustaban los honores, los festejos alrededor de alguien que simplemente, hace su trabajo o hace lo que le gusta; no era amigo de estas cosas. Pero me agradecía mi atención, y empezó el discurso. Y lo olvidaba. Y volvía a él, escribía otro poco y volvía a olvidarlo. Y lo intentaba, recuerdo que me escribió, en una ocasión pero no la única: “Pronto terminaré mis versos a Guiomar y, enseguida a mi discurso” Creo que llegó a terminarlo, pero nunca lo leyó.

P.C.- Eso quería yo preguntarle: de dónde salió el nombre de Guiomar que aparece en los poemas?

P.d.V.- Ah, sí, se especuló mucho sobre ello. Públicamente no podía citar mi nombre. Entonces, buscó uno con la misma terminación y el mismo número de sílabas. Los dos admirábamos mucho a Jorge Manrique. La esposa de Manrique era doña Guiomar. No hay más misterio. Y de los homenajes, me viene a la memoria otra ocasión: me dijo que el Ateneo de Sevilla quería poner una placa en el palacio de las Dueñas, en el que nació. “Yo les rogaré que esperen a que me muera, qué te parece? Procuraba no ir a banquetes, homenajes, actos de ésos.

A.d.T.- Pues habíamos pensado recitar unos versos que lleven el nombre de Guiomar, aquí y ahora, en el corrillo íntimo.

P.C.- Como un homenaje entrañable para usted.

P.d.V.- Pues, pocas cosas me gustarían más en este momento. Un teatrito, como el que creamos en mi casa de Pintor Rosales; se llamaba “fantasio”.

E.R.- No sabía/ si era un limón amarillo/lo que tu mano tenía,/ o el hilo de un claro día,/ Guiomar, en dorado ovillo./ Tu boca me sonreía.

M.R.- En un jardín te he soñado,/ alto, Guiomar, sobre el río,/ jardín de un tiempo cerrado/ con verjas de hierro frío.

A.d.T.- En este jardín, Giomar,/ el mutuo jardín que inventan/ dos corazones al par/ se funden y complementan/ nuestras horas.

Y.P.- Tu poeta/ piensa en ti. La lejanía es de limón y violeta,/ verde el campo todavía./ Conmigo vienes, Guiomar/ nos sorbe la serranía.

A.P.- Y en la tersa arena,/ cerca de la mar,/ tu carne rosa y morena/ súbitamente, Guiomar.

E.R.- ¡siempre tú! Guiomar, Guiomar,/ mírame en ti castigado:/ reo de haberte creado,/ ya no te puedo olvidar.

P.d.V.- No me olvidó, no. Yo no lo olvidé ni un solo día, no sé a qué sabe el olvido. Y nada podía hacerme más feliz ahora que este teatrito. Salvo, verlo a él entrando por esa puerta.

P.C.- Antes ha dicho que hablaría de los tres mundos.

P.d.V.- Sí, ahora viene muy oportuno. Entre los dos desarrollamos una teoría, o una propuesta, como prefieran. Los humanos vivimos en un primer mundo, en el que ocurren cosas. Por ejemplo, a él lo nombraban Presidente de unas Oposiciones, y le disgustaba mucho, y escribía: “Veré si puedo renunciar porque me obligaría a trabajar en verano”. O bien podía decir: “Largo tiempo estuve todavía en nuestro rincón después de que te marchaste, pensando en ti. Qué santa eres! Y cada día más hermosa para tortura y orgullo de tu poeta”. Entienden? En el mundo real, la gente nos ve vivir.

El segundo mundo es el de los sueños. Actuamos pero no conscientemente, no hay voluntad. Nos ocurren cosas pero no en el mundo real.

Y el tercer mundo es el de la creación, el de la voluntad; está entre el primero y el segundo, sería la síntesis, por así decir. Pero una síntesis ideal. Por ejemplo, él podía escribir: “Vendrás a verme en nuestro tercer mundo? Esta noche te espero en la confluencia del Eresma y el Clamores. Sabes que sufro mucho en tu ausencia? Por eso vienes a verme, como ahora, en tu tercer mundo. Son las doce de la noche. Siéntate aquí, ya sabes dónde, y óyeme. La noche está muy fría, pero si vienes, diosa mía un momentito a ver a tu poeta, no tendrás frío.

E.R. “Por eso vienes a verme”, quiere decir en realidad por eso te traigo con la imaginación?

P.d.V.- Exacto, lo ha entendido muy bien. Otro ejemplo: “Hola, reina mía, de visita en el tercer mundo, ésta en que te escribo. Te acordarás de tu poeta? Yo me quiero hacer la ilusión de que vienes a mi lado y lees cuando yo voy describiendo”. Y así. Esta teoría de los tres mundos, la expuse yo en una obrita de teatro que llevaba por título, precisamente, El tercer mundo, y a Machado le gustó. Le gustó la obra y le gustó la idea. Nuestro mundo común, imaginario, era el tercer mundo. Nuestra cita mental, nuestro encuentro creado en el espíritu, en una realidad supra real. Podíamos estar en nuestro banco de los enamorados en los jardines de la Moncloa. O en nuestro gélido café de barrio. O en las calles y alamedas de Segovia, no importaba dónde.

A.P.- Quería yo decirle que, en el libro de sus Memorias, vienen once fotos de distintas épocas de su vida, desde los dieciséis años a los ochenta y tantos. En todas tiene los labios cerrados, por no decir prietos, y ojos tristes. Ni cuando está con Alfonso XIII sonríe por protocolo, ni cuando está con su nieta recién nacida. Nunca. Sólo, en mil novecientos treinta y siete, en El Carrascal, tiene una expresión lejanamente risueña. Pero, a la vez parece avergonzada del descuido.

P.d.V.- También está publicado un retrato que me hizo Juan Haro, al carboncillo, en los años treinta. Si lo miro, me reconozco y me entristezco más. En esa que usted dice, de El Carrascal, estoy vestidita de blanco, sí. Debió de ser un día de extraña esperanza. Labios prietos, dices, sí, fue el sello de mi vida, hasta que apareció Concha Espina. No sé qué extraña necesidad me llevó a confiarle mi secreto, allá en mil novecientos cincuenta. Y le pareció de justicia dar a conocer aquel gran amor de Antonio. Le había dejado yo las cartas, a Concha. Y me negaba, si él no habló, por qué yo. Ella insistía: en una de sus cartas dice que hay que gritar a los cuatro vientos el amor que uno siente. “No soy tu poeta?”, te dice; “con ese título quisiera yo pasar a la historia”. El mundo conocerá al auténtico Antonio Machado, sus caudales de ternura, su fe en Dios.

Me dejé convencer. Además, me prometió que los beneficios del libro servirían para repatriar los restos de Antonio. Pero, en su afán de decir y no decir, de descubrir sin apuntarme, sacó un libro novelero lleno de inexactitudes. Pero, sirvió, de principio, para que el mundo conociera la gran verdad de Machado, si no la mía, que quedé en la sombra según había querido siempre. Luego vinieron los chismes, los comentarios suposiciones y sospechas. Esa vez despegué los labios. Y ésta, que será la definitiva.

A.d.T.- He leído en algún sitio que Machado, con Leonor, llegó demasiado pronto al amor. Y con Pilar llegó demasiado tarde.

P.d.V.- Puede ser una gran verdad. Estaba yo en Palma de Mallorca y me enteré de la muerte de Machado, invierno de mil novecientos treinta y nueve. Habíamos dejado de vernos en mil novecientos treinta y cinco porque la situación del país era de mucha inseguridad. Marché  con mi familia a Lisboa, dejamos de vernos y de escribirnos. Entonces escribió el soneto que dice: “De mar a mar entre los dos la guerra”, porque él ya estaba entonces en Valencia, en el Mediterráneo y yo en el Atlántico. En el invierno de mil novecientos treinta y nueve, en Palma, me entero de su muerte. Luego conocí, como todos, su paso por Valencia, por Barcelona, con la madre, su hermano José y el amigo Corpus Barga, pero yo sé que él estaba solo, y enfermo, sin equipaje. Cerca de la frontera, con el ansia de llegar y el atasco de los camiones, la gente bajaba para pasar a pie, más rápido. Olvidaría sus maletas en el camión. Llegó a un hotelito de Colliure. Qué enfermedad tenía, tuvo un médico que lo cuidara? No tuvo mi mano entre las suyas, como alguna vez me pidió. Era un huido más en una masa aplastada de huidos. Y la muerte lo encontró ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar.

E.R.- Consecuente hasta el final.

P.d.V.- No sé cómo he podido sobrevivir. Qué honda tristeza lo invadiría, un ser tan propenso al ensueño y a la melancolía, en aquella absoluta soledad, creyendo en mi olvido.

P.C.- Te pintaré solitaria/ en la urna imaginaria/ de un daguerrotipo viejo,/ o en el fondo de un espejo/ viva y quieta/ olvidando a tu poeta

P.dV.- Nunca el olvido! Ni un día he dejado de rogar a Dios por el hombre más bueno y entrañable que he conocido. Cuando él me decía que sufría con la barrera, con nuestra falta de unión física, yo le decía: “Las penas que yo te doy/ son las penas que yo tengo/ y es el puñal que yo te clavo/ el mismo con que me hiero.

 

 

P.C.- Cuando volvió de Lisboa, Pilar, con su familia, ¿buscó a Machado?

P.d.V.- Escribía muchos versos, muchos, muchos. Más que a su muerte, a su recuerdo.

P.C.- Yo le recuerdo algunos, algunos de sus recuerdos:  “Cuando sienta acercárseme la muerte/ yo te pido que acudas a mi lado./ Porque eres la mujer que más he amado/ quisiera entonces junto a mí tenerte./ Menos será mi duelo de perderte/ fiando mi agonía a tu cuidado”

P.d.V.- Esto dijiste un día… y te has marchado/ sin poder ese ruego concederte./Aquella soy que un doloroso azar/ destinó para ser tu amor postrero./ La Musa de tu nuevo cancionero/ en sueños “siempre tu Guiomar, Guiomar!”. “Me acompañó tu ausencia día a día/ en todas mis angustias interiores;/ en medio de amarguras y dolores/ llenó de nostalgia el alma mía.

 

((Pilar es una mujer ya muy mayor, y está muy conmovida. Dejamos aquí esta visita en el tercer mundo))

 

 

 

 

 

 

 

Lean Las Memorias de Pilar de Valderrama. (Plaza y Janés).

Guiomar, un amor imposible de Machado, de José Mª Moreiro.

Gustosa y amplia bibliografía desde la A de Alberti, Rafael: Imagen primera

Hasta la Z de Zubiría: La poesía de Antonio Machado

 

 

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  1. Vanesa dice:

    En este tercer mundo no hay enfrentamiento. Era productivo

  2. Antonio dice:

    Me encanta este tercer mundo tan imaginario y real a la vez. He visto vivir a Machado. Unas cartas pueden decir más o menos, según cómo se las trate

  3. Richard dice:

    Gracias por meternos en el tercer mundo de Machado y Valderrama, Capacidad para la evocación y voluntad para mantener una situación en la distancia. Situaciones que hasta en la realidad real se quiebran

  4. René dice:

    Se ve bien el recuerdo al poeta, de obra conocida y de vida oculta hasta ahora, al menos para el gran público

  5. Angela dice:

    Aunque todos y cada uno de los versos de machado no son rigurosamente buenos, yo diría que se aprecia una diferencia grande con los de Pilar. Por eso también Baamonde opina que no merecía el amor de Machado y que no podía ser Giomar

  6. Marián dice:

    Lindísimo trabajo y muy interesante porque nos hace conocer la personalidad de Antonio Machado tan grande poeta y hombre sabio