El burca-

Posted: 8th noviembre 2012 by Aurora in Obras propias

El burca

Recuerdo haber visto, en mi más lejana infancia, a mujeres del campo con pañuelo blanco en la cabeza, y un sombrero de paja encima. Quizá las recuerde más de fotografías o de películas. Eran sus defensas contra el sol de la siega y de la trilla.

En las ciudades, las mujeres de toda condición solían atarse pañuelos a la cabeza, contra el frío, contra el viento o porque no habían podido ir a la peluquería. O porque había que agradecer el regalo reciente de un pañuelo de seda precioso; lo ponían en el cuello o en la cabeza. Ni era moda ni dejaba de serlo. Y cayó en desuso. Fuera, poco a poco, cubiertas y ataduras.

Lentamente, se fue suprimiendo el velo o mantilla parta entrar en las iglesias. Respecto a la vestimenta, ya sabemos que impera la mayor libertad para ambos géneros. Hemos conseguido tantas libertades en los últimos años.

Últimamente vemos por nuestras calles sharis, velos, hiyab de todos los colores. No sé si alguien los ve con indiferencia, yo no. Hace que me cuestione permanentemente el papel de la mujer en otras culturas.

Cuando vemos a mujeres vestidas, tapadas, casi sepultadas en telas y más telas (y utilizo este adjetivo con intención), las vemos en países lejanos, en sus países, hacemos análisis más o menos rápidos, profundos o superficiales. Parece que todo en aquellos países va acorde con la condición de aquella mujer.

Hoy he visto un burca en nuestras calles. No he visto a una mujer con burca, no sé quién iba dentro. No era un burca azul claro, como hemos visto tantas veces en Afganistán. Esos burcas claros parece que hacen un guiño, estamos por poco, ya nos acercamos a la luz, pronto desapareceremos. He visto en países lejanos burcas negros, como de doble o triple luto. El luto se pasa.

Hoy he visto en mi ciudad un burca morado y marrón. La rejilla para ver era tan mínima que más bien la he supuesto. El burca empujaba un cochecito de niño.

Me he quedado mirando, entre el susto y la
congoja, y mi calle de libertades se ha convertido en una calle antigua, muda y extranjera.

El burca

Recuerdo haber visto, en mi más lejana infancia, a mujeres del campo con pañuelo blanco en la cabeza, y un sombrero de paja encima. Quizá las recuerde más de fotografías o de películas. Eran sus defensas contra el sol de la siega y de la trilla.

En las ciudades, las mujeres de toda condición solían atarse pañuelos a la cabeza, contra el frío, contra el viento o porque no habían podido ir a la peluquería. O porque había que agradecer el regalo reciente de un pañuelo de seda precioso; lo ponían en el cuello o en la cabeza. Ni era moda ni dejaba de serlo. Y cayó en desuso. Fuera, poco a poco, cubiertas y ataduras.

Lentamente, se fue suprimiendo el velo o mantilla parta entrar en las iglesias. Respecto a la vestimenta, ya sabemos que impera la mayor libertad para ambos géneros. Hemos conseguido tantas libertades en los últimos años.

Últimamente vemos por nuestras calles sharis, velos, hiyab de todos los colores. No sé si alguien los ve con indiferencia, yo no. Hace que me cuestione permanentemente el papel de la mujer en otras culturas.

Cuando vemos a mujeres vestidas, tapadas, casi sepultadas en telas y más telas (y utilizo este adjetivo con intención), las vemos en países lejanos, en sus países, hacemos análisis más o menos rápidos, profundos o superficiales. Parece que todo en aquellos países va acorde con la condición de aquella mujer.

Hoy he visto un burca en nuestras calles. No he visto a una mujer con burca, no sé quién iba dentro. No era un burca azul claro, como hemos visto tantas veces en Afganistán. Esos burcas claros parece que hacen un guiño, estamos por poco, ya nos acercamos a la luz, pronto desapareceremos. He visto en países lejanos burcas negros, como de doble o triple luto. El luto se pasa.

Hoy he visto en mi ciudad un burca morado y marrón. La rejilla para ver era tan mínima que más bien la he supuesto. El burca empujaba un cochecito de niño.

Me he quedado mirando, entre el susto y la congoja, y mi calle de libertades se ha convertido en una calle antigua, muda y extranjera.

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