EL MANUSCRITO ENCONTRADO

Posted: 23rd febrero 2015 by Aurora in Obras propias
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Estoy leyendo en voz alta algunos párrafos de unas Memorias que vamos conociendo a retazos. La Periodista Comprometida ( La P.C.) manipula de vez en cuando una pequeña grabadora. El Redactor y Malena Rajzner toman notas, pero no sé si sobre lo que estoy leyendo; parece que sí. Los demás sólo escuchan. O lo parece. Es la cuarta o quinta sesión y cada vez viene más gente:

«Gregorio Daniel es un ingeniero rumano que andaba de ilegal por los pasillos de la marginación. Cuando yo lo conocí rondaba ya la pequeña delincuencia, porque no tenía un céntimo en el bolsillo y había perdido el orgullo y la esperanza. El dinero que mensualmente le proporcionaba una Oenegé para poder pagar la cama, sin especificar el lugar porque era imposible que existiera, dada la cuantía, se lo gastaba en tabaco y mecheros. El café matutino se lo servía una Oenegé. Y las dos comidas diarias, otra Oenegé. Y la ropa, otra. Y si alguien se lo facilitaba, bebía como un polaco. J’ai gâché ma vie, he desperdiciado mi vida. J’ai gaspillé mon temps, malgastado mi tiempo.

Había perdido toda esperanza de encontrar un trabajo acorde con sus conocimientos y posibilidades. Ningún trabajo en realidad, porque tenía ya más de cincuenta años. Solía yo invitarle a tomar café y a charlar, por aquello de ayudarle a mejorar el idioma y animarlo, en la medida de mis posibilidades, a luchar aun sin esperanza.

Tomaba el café solo, en grandes cantidades y sin endulzar, como hacen los bebedores habituales. Aparte, y con cierta repugnancia, sí tomaba la leche con azúcar, y comía el bollo o el bocadillo con el aire triste con el que rumian la hierba las vacas. «He perdido mi orgullo», decía; «yo tengo un frac en el armario de mi casa, para ir a recepciones oficiales y a la Ópera, en Bucarest. Yo he trabajado como ingeniero en tres continentes. Yo estuve a punto de ser senador, me faltaron poco más de cien votos en dos ocasiones para haber entrado en el Senado de mi país».

Pero eso había sido hasta los cuarenta años, o poco más. Después, su mujer había pedido el divorcio y él se vino a la Europa del bienestar. Nunca me dijo exactamente por qué había dejado Rumanía, pero hablaba de la mafia política que no le permitía volver. Había andado por Extremadura trabajando en el campo. Y por Andalucía construyendo una fuente. Anduvo por los Ministerios recabando información para convalidad su título. Había caído en picado y vivía ahora bajo la protección, muy condicionada, de una Oenegé. Estaba tomando antidepresivos y somníferos para dormir mejor. En la calle. O en una fábrica abandonada, con otros como él pero no ingenieros, precisamente. Capaces todos de ir arrancando las ventanas del edificio para venderlas por unos pocos euros. Y el cobre de la instalación eléctrica. No sufría solamente del síndrome de Ulises, sino también de algunos trastornos de la personalidad que podrían explicar, precisamente, las razones del inicio de su viaje a ninguna parte.

Entre un poco de francés, un poco de italiano, de inglés, de castellano e incluso de latín, salíamos del apuro para charlar incluso con bastante soltura. Era un hombre que sufría horriblemente. Muy interesado por el arte y la literatura y la historia.

– Yo conozco El Quijote. Conozco El Cid y conozco a Don Juan Tenorio desde mis tiempos del bachillerato. Y siempre quise venir a este país porque era un país de calor y de pasiones, de mucho patriotismo, muy romántico, muy colorido y muy alegre; muy acogedor.

El país de los tópicos, pero él no tenía la culpa. Sentía fascinación por Goya y había leído bastante sobre la historia de este país. Tenía un concepto de lo varonil muy propio, creo yo, del tiempo de los romanos.

– Yo no hago Tai Chi, yo soy un hombre

– Y qué son los hombres que hacen Tai Chi?

– Son chinos.

Pocas veces como ésta salía su sentido del humor. Era de respuestas rápidas y le gustaba decir la última palabra en todo.

Después de escuchar sus dolores y sus quejas, solía yo intentar que saliera de la ratonera del pasado, y se interesara, hacia el futuro, por el mundo en el que se encontraba, francamente hostil, tratando de distraerlo y de que se armara para hacerle frente.

– Dime lo que observas, lo que lees en los periódicos o ves en la televisión. Cómo ves la vida.- le decía yo.

– Y cómo iba a ver la vida?- pregunta el Redactor- Bastante oscura, no hacía falta que le preguntara.

– Pero, facilitar que hablen personas que están envueltas en problemas, es buena terapia; no hay preguntas tontas si están hechas con intención.- responde Malena Rajzner.

– Estoy de acuerdo.- digo yo- Voy a saltarme unas líneas y sigo:

– Hay poca gente en las iglesias. Yo creía que éste era un país muy católico.

-Era un país católico por decreto. Pero, cuando alguien alcanza la libertad, cuestiona sus costumbres y sus creencias. Es cierto que ahora la mayor parte es indiferente, pero en contraste hay beatas. Bigottes, en italiano. Beatas decimonónicas. Integristas, soberbias, hipócritas y malas. Una andanada de adjetivos

– Veo que hay muchas Oenegés. Eso sólo se lo puede permitir el primer mundo.

– Es cierto que ahora hay muchas personas solidarias y amantísimas del prójimo. Algunas incluso caen en situaciones de alto riesgo por ayudar a otras. Y a la vez, hay más que dicen: «La mejor Oenegé, es uno mismo». Y ponen enfáticamente la mano, con los dedos bien estirados sobre el pecho, donde se supone que está la caja de los sentimientos, como para protegerla. Te cuento una anécdota: una mujer, trabaja y tiene un buen sueldo. Es viuda, y por tanto cobra además una pensión abundante. Tiene dos buenas casas y un buen coche. No tiene a persona alguna a su cargo, porque sus hijos están muy bien situados en la vida. Pues vive literalmente angustiada por si algún día le recortan las pensiones. Y cuando reza el Padre Nuestro, lo conoces aunque seas ortodoxo, al llegar al «hágase TU voluntad», se calla incluso mentalmente porque  quiere que se haga su propia voluntad, que es siempre la misma: el mantenimiento e incluso aumento de sus pensiones. «Yo quiero que se haga la mía», dice, «MÍ voluntad!»  Bien, pues a su lado hay gente que vive con un dinero muy escaso y ayuda a otros.

– Cuentan de un sabio que un día, tan pobre y mísero estaba…»

– ¿También conoces a Calderón?

– Algo.

No solía ser modesto, por lo que este «algo», más la sonrisa, evidenciaban que lo conocía bastante. Bien o mal, pero bastante. Lo que más podía sorprenderme, no es que hubiera leído a Calderón o a cualquier otro escritor español de cualquier época, porque también le gustaban los sonetos de Shakespeare, sino que pudiera retenerlos y traerlos a colación con propiedad desde un idioma ajeno al original, que no dominaba.  Retenía en la memoria, más o menos «La Canción del pirata», de Espronceda. Solía embarullarse un poco, pero al llegar a la entusiasmada estrofa: «que es mi barco, mi tesoro, que es mi dios la libertad!», etc. , se emocionaba, lloraba y decía: J’ai gaspillé ma vie».

Cuando me cantó un villancico rumano, del que sólo pude retener el estribillo: «florile dalbe, flori de mar», le cayeron dos goterones de los ojos que me calaron hasta los huesos. «Lloro de rabia», me dijo. Evidente; sólo es de hombres llorar de rabia.

Gregorio Daniel no me pedía nada, yo era libre para dar lo que pudiera dar. Finalmente, consiguió un trabajo de mediana cualificación y organizó su vida con otros rumanos. A veces nos vemos, y una de sus aspiraciones, según dice, es poder ayudarme si lo necesito. Somos amigos, hay una relación en profundidad. Las relaciones superficiales, para mí, carecen de interés, y me entristecen. Otras amistades salvé, de aquella ruina de los noventa, y siguen vivas.

– La década de los noventa.- dice La P.C.- La recuerdo como una época de explosiones y disparos. Tengo en la memoria el rojo del fuego y de la sangre, del horror. Me sirven para recordar esa impresión general los grabados de Otto Dix. Bombardeos en Irak. Masacres en Argelia. Tiros en la nuca y gentes desmembradas aquí mismo, manifestaciones masivas por la paz, familias destrozadas, convulsión social.

Sigo leyendo:

– En los noventa aprendí a practicar el ejercicio espiritual del NO. No a ciertas amistades que no sólo no me hacían feliz sino que evitaban que lo fuera obligándome a ser beligerante.

-Sabia decisión, la de esa persona.- dice Malena Rajzner. Busca en su bolso y saca un bolígrafo nuevo. Otro bolígrafo, quiero decir.

– Casi que lo dejamos aquí. Pero me gusta esto:  «Desprecio el ansia de poder, tanto la ejercida sobre un caniche como la que lleva a una persona a querer dominar el mundo, un país, una comunidad; me parece lastimosa».

– Me gusta, da que pensar.

– La soledad es extrañeza ante uno mismo y ante el todo.

– Hacemos un receso y volvemos para comentar.

((Como siempre))

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  1. Leandro dice:

    Yo voy al Salón, cojo mi copita y atiendo. No suelo hablar, siempre lo paso bien. Me da pena marchar. Y vuelvo.

  2. Juan Andrés dice:

    La marginalia merece muchos líneas todavía. Bien hechoN

  3. Antonieta dice:

    El Salón me hace recordar los que había literarios en el siglo 17º en Francia. Cultura, humanismo, buen tono y cordialidad. Me encanta