EL SIMPODER

Posted: 27th agosto 2013 by Aurora in Crítica
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EL SIMPODER

 

 

 

Es importante la existencia de El libro bosnio de los muertos, no hace muchos meses que ha sido terminado. Con él, y sus nombres y demás datos personales de los fallecidos, nadie manipulará el número de víctimas. Tenemos en la memoria unos  muertos en la segunda guerra mundial, no sólo los del holocausto judío, del gitano: todos. Y los de la primera guerra mundial. Y los del imperio otomano (torre de las calaveras de Nish, en Serbia). Los de las numerosas guerras europeas en el  siglo diecinueve, imperio napoleónico. Y en el larguísimo imperio habsburgo, y en el carolingio, en el romano del oeste y el romano del este. Hasta caer muertos nosotros mismos, de tanto muerto.

Me pregunto si pensamos suficientemente en lo que supone matar semejantes. Cada día, al comer y al cenar, como poco, nos sirve la televisión muertos en incendios, muertos gaseados, muertos tiroteados, muertos ahogados, muertos asesinados, muertos corneados, muertas lapidadas. Y seguimos comiendo. Un buen fotógrafo de prensa perseguirá en el pavimento la mancha roja de la sangre, el miembro cercenado, las manos tintas, la cabeza rota; qué éxito informativo.

Nos los presentan como números sucesivos de una representación circense. Traigo al circo porque siempre me ha parecido una representación tristísima; nunca he podido reírme con los payasos, ni con los equilibristas, funambulistas, pobres animales amaestrados, etc.

Hay en los hombres una ferocidad que no consigo explicarme, al paso de tantos milenios de evolución. Leamos estas descripciones que hace Uslar- Pietri  (1906-2001) en su libro Las Lanzas coloradas (1931): estamos en una batalla dentro del contexto bélico por la independencia de Venezuela, muy en los primeros años del siglo diecinueve. Que esté más o menos fundamentado en hechos reales, no añade ni quita mucha importancia: lo sorprendente es que puedan ser concebidas por una mente humana escenas como éstas, de tal brutalidad, y descritas quizá con cierta glorificación de la brutalidad:

“Volviéndose hacia los hombres más próximos, Boves dictó una orden breve con voz áspera:

-¡Despejen esto de los heridos y traigan música!

Los lanceros pusieron manos a la obra. Tomaban los cadáveres, los moribundos, los hombres que gemían, y haciéndolos voltear sobre sus cabezas con brazos hercúleos, los disparaban como piedras de honda, lejos, en medio de la calle. No se oía sino el golpe fofo de los cuerpos cayendo sobre la tierra……..

A su vera, en un caballo grande, alguien se para a contemplar el combate. Faz de tabaco, la punta de la lengua mordida, el sombrero hundido hasta los ojos. Fernando lo mira disimuladamente. El hombre desmonta, busca entre los muertos y, además de la que ya tiene, recoge otra lanza y la empuña. Vuelve a montar, arroja el sombrero a tierra, se persigna, muerde las riendas para
guiar con los dientes y, sosteniendo un arma en cada mano, arranca sobre el caballo brutalmente hacia la refriega…..

Había visto ya un pelotón de caballería penetrar entre los seminaristas y barrerlos con los pechos de los caballos, desgarrarlos con los agudos hierros, pasarlos bajo los cascos. Algunos cuerpos flacos volteaban en el aire y caía mostrando la carne blanca y muerta entre los desgarrones de la sotana…….

Boves carga. Lentamente pasa del paso al galope, del galope a la carrera. Junto a la crin desatada, el resplandor de la lanza lo guía. Detrás, como el polvo de los cascos, como la sombra de unas infinitas alas sombrías, toda la caballería desbocada. La orden va pasando de boca en boca:

-¡A la carga todos!…

Y sin más arrasó el caballo vientre a tierra, en una carrera desaforada hacia el combate. Sus ojos veían crecer, con la proximidad progresiva, las figuras de los combatientes. Va acostado sobre el cuello del animal, las crines le foetean el rostro. Las figuras crecen. Vienen sobre él. Le entran por los ojos. Aquel lancero que se ha abierto solo sale a su encuentro. Crece tanto que ya no puede verlo, sino en detalles. Los ojos y la punta fina del hierro. Siente que se harán trizas en el choque. Ya se tocan. Aprieta la lanza hasta dolerle la mano, desvía el caballo rápidamente y, haciéndole tragar media arma, arranca al contrario de la montura y va a lanzarlo sobre otro jinete que llega detrás……

El golpe del cañón late como un pulso. Hacia el fondo del valle, espantados y locos, los caballos sin jinete, se desbandan…

Los pelotones de jinetes entran con más violenta carrera por las calles, pero el tiroteo desde las casas los siega. La lucha se forma como un choque de agua.

Presentación Campos hace saltar la bestia hacia uno y otro lado, como en un juego de destreza. Cuando la carrera alcanza un límite vertiginoso, asesta el arma contra la primera sombra que pasa cerca, y con el brazo de hierro soporta el tirón tremendo del otro cuerpo atravesado por la hoja. En la mezcolanza gris que, vistos desde su carrera, hacen los hombres,  a ratos, íntegramente clara como un relámpago, brilla sobre él una lanza; pero se tumba a un lado, o para la caballería en seco, como una ola contra una piedra, y el hachazo pasa rozándolo.

Siente una plenitud de vida como nunca antes la había experimentado. Trenzados, como los dedos sobre el asta, trenzados, estrangulando la carne, sus nervios vibran. La acometividad lo empuja. Con el arma en la mano siente hervir la vida. Su fuerza lo asegura. Vital, nervudo, ensañado, arremete. Entre sus piernas, el animal está cubierto de espuma y de sangre, el brazo y la piel del pecho están rojos, los coágulos hacen resbalar el puño en el asta.

La tierra es para que los hombres guerreen sobre ella…….

Presentación Campos se siente envuelto por los gritos y la confusión. Oye las voces de los que caen heridos, de los que escapan, ciegos, vociferando. Oye, pero continúa alanceando todo lo que se le atraviesa por delante. No se fatiga, ni imagina que aquello puede terminar una vez empezado. Allí pasarán los años, fogosamente, descuartizando al enemigo…..”

Pero, bueno, ya llega el libertador Bolívar, y otros libertadores a Venezuela. Todavía tienen que llegar varios, seguramente. Y a dónde no. Que nos van a liberar de qué, para que sigamos esperando a los sucesivos libertadores. Serán, quizá, esos libertadores los que están creando islas paradisíacas artificiales, porque no tienen bastantes con las que ya había. Lo malo es que no nos librarán de ellos mismos. Nos han liberado, eso sí, de las batallas tan plásticas a caballo y lanza en ristre. Es que era  algo muy descarao. Y barato, si vas a ver: las guerras pueden ser mucho más rentables.

 

Han infantilizado a las masas. Han repartido, durante décadas, abundantes chuches, baratas; chuches para todos, como en un circo. Pero ahora se encarecen, las chuches. Y escasean.

 

Qué monumento terrible levantaría a los asesinados en los Balcanes; qué escalofrío siento en su aire. No solamente por el recuerdo. Es porque veo que esto no para. Que la estupidez de los políticos los equivocó y los equivocará siempre. Y que lo aceptamos.

Damos leyes preciosas de protección para los animales; nos preocupa mucho el lince ibérico, las especies en extinción. Pues la humana no es una especie protegida. Como las cucarachas, igual.

 

Dónde están ahora los carniceros de Bosnia, señores del poder internacional?

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  1. leire dice:

    Y seguimos igual, parece que estudiar la historia en vez de para protestar, como si nos vacunara

  2. Yoana dice:

    El simpoder. Ganaríamos, ¡qué descanso! Cuánto ahorro. ¡Qué alegría y paz! Cuánta gente en su casa trabajando, estos que están arruinando los países,

  3. Carmen dice:

    Así se escribe la historia.

  4. Francisco dice:

    Cómodos en buenas cárceles europeas. Tranquilos, ya no tienen que andar disfrazados ni escondidos.

  5. Carmen dice:

    Me encanta