EN MEMORIA

Posted: 29th mayo 2013 by Aurora in Obras propias
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En memoria
de mi hermano. Político  y hombre bueno.

De            Los principios.    1996

NADIE

Yo mismo, puedo decírtelo;                                      Seguiré escribiéndote,

Yo me vi también en aque-                                       si no te importa.    De

llos tinglados. Bueno, qui-                                        momento, siento nece-

sieron meterme…….                                                   sidad de decir, de con-

tar. Quizá tú puedas a-

yudarme en los análi-

sis…..

Madrid, 3-III-1990

Qué tal, Ramón: Bueno, quizá encuentres un tono desmayado en este saludo; yo mismo me doy cuenta, pero ya no tiene sentido cambiarlo. Además, aunque me obligara a recomenzar de otra manera, verías, al ir leyendo la carta, que era un puro esfuerzo de voluntad. Te sorprenderá, además, que te escriba desde Madrid. Pues tengo que decirte que no estoy de vacaciones, ni en visita profesional ni oficial. Me han cesado. Como lo oyes. Ya soy Nadie. Así pasa la gloria del mundo; tanto da dicho en latín como en finlandés, ¿no?

Pues, sí. Me lo advertiste muchas veces, ya lo sé; lo recuerdo muy bien. Un país tercermundista con unas largas dictaduras estampadas en el culo. Así decías.

Podría llamarte por teléfono. Podría ir a visitarte. Pero sólo tengo ganas para el monólogo. Yo aquí, tú ahí; no me interrumpes. No me haces pensar más de lo que quiero pensar ahora. Puedes dejar de leer cuando quieras y no me entero Puedo no ser muy coherente y derivar por los anacolutos, y tampoco me entero. En un país como ése puede pasarte cualquier cosa; como un posible ascenso vertiginoso y una caída brutal. Aún, si fuera Dinamarca, decías. Pero me tentaba el reto, qué quieres. Estaba todo por hacer. Se partía de cero. Podíamos poner las bases bien firmes. Redentorista, que siempre he sido un redentorista. Y así me ha ido en la vida.

Los chicos entusiastas, con su trayectoria de oposición y cárceles, sudando la gota gorda para convencer de sus buenas intenciones a los habitantes; no sé si decir compatriotas: todos bien hartos de mentiras viejas. Hasta un poco atontados, los chicos, de pura emoción. Tan pulcros por dentro y por fuera. Tan llenos de buenísimas intenciones. De izquierdas, pero ojo, que no comemos a nadie. Aquí, libertad para todas las ideas. Vengan iniciativas, por favor, oposición, por favor, de la dialéctica sale la luz. Lo nunca visto, o por lo menos, lo nunca vivido. Como en aquella corte famosa, recuerdas a Swift: si alguien acreditaba el haber observado las leyes, sería premiado. El fraude y el robo iban a ser severamente castigados. Acordes con la luz y el clima, las conductas deberían ser luminosas y transparentes. Ellos darían ejemplo, jóvenes padres de la patria rellenos de mazapán.

¿Cómo no iba a tentarme el trabajo? Era un buen sueldo, conforme; pero no fue eso lo que me decidió. Porque tú sabes que aceptar el trabajo me supuso el divorcio de Anita; y el perder, casi, a mis hijos. Yo confié en que lo de Anita fuera una simple pataleta de la mujer que comprueba cómo su marido tiene un interés al margen de la familia, sea amante o trabajo o amigos o hobby; lo que sea. Y que tarde o temprano, volveríamos a vivir juntos, descasados o vueltos a casar, qué más daba. Porque, tú sabes, y muchos, que Anita y yo nos llevábamos muy bien; fundamentalmente bien. Siempre me ha visto trabajar como un loco. Pero, mientras me vio trabajar como un loco, y ascender y ganar más dinero, y feliz por poder ir comprando esas cositas que todos vamos queriendo, como el segundo coche, más pequeño; un coche para emergencias, para las compras, para los chicos; pequeñito para no presumir demasiado. Y la segunda casa, de veraneo, de descanso, de lujo; después de las quincenas en apartamentos de alquiler en alguna costa rellena como un canelón en salsa. La casa de veraneo propia, al fin, pagada Dios sabe con cuántos apuros. Una casa en la que hay que descontar una habitación para la abuela y poner, por tanto, una cama disimulada en la sala para el hijo mayor, que se va a casar pronto y ya está con un pie fuera, y entra y sale a sus horas y se va a casa de la novia a dormir, si a mano viene. Eso nos pasa a muchos. Los plazos que se van pagando. Los regalos de Navidad, que van siendo más costosos y más abundantes. Todo ello nos cuesta las canas, la calvicie, la úlcera gástrica, el infarto. Las universidades de los hijos. El alterne esporádico con unos u otros posibles futuros consuegros. Un alterne que obliga a reponer la vajilla y la cubertería y los manteles. Siempre  con espasmos y sustos, pero sin salirnos de nuestras posibilidades. Un ascenso igual a un aumento igual a otro pequeño desahogo.

Y así íbamos perdiendo, o alejándonos de la juventud. Mientras me vio así, pegado a la familia, Anita estuvo de acuerdo en que yo tenia que volverme calvo, arrugado y gastricoso. Era natural.

Y surge el ofrecimiento y el cambio necesario en nuestra vida. El dejar la seguridad de lo conocido y liar el petate. Entonces, de repente, tienen una importancia enorme para la madre los noviazgos de los mayores; que iban a desembocar más o menos pronto en boda; fíjate para qué nos iban a necesitar ya. Y los colegios de los pequeños y sus amistades y su equilibrio. Como si allá no hubieran podido encontrar colegios y amigos, y aquí fueran un prodigio de equilibrio. “¡Y todo por una idea!”, se quejaba ella. Y quiere hacerme desistir y a mí me sienta mal que quiera hacerme desistir y a ella le sienta peor que yo esté encantado con el ofrecimiento. Un ofrecimiento de usted me organiza técnicamente los ministerios porque en mi país nunca ha habido ministerios que funcionen. Usted pone el precio. Chico, y yo no pienso en el precio sino en el trabajo que me va a tocar hacer, en un país recién salido de su ninfosis; un país con alas nuevecitas, donde una pandilla de chicos aseados y honestos van a ser padres de una patria que sólo ha existido, hasta entonces, como cacho vergonzante del mapa. Casi podían ser hijos míos, pero los veía como hermanos, en una vuelta atrás de mi propia existencia. Que retrocedo, oye: que recojo la pelambrera que he ido dejando; y el hígado vuelve a funcionarme bien, y ya no veo turbio, y no me entra la modorra después de comer. Y ni siquiera me importa pasarme sin comer.

Como te lo digo, Ramón: la juventud de nuevo. Un país por estrenar. Una gente con fe. Como un deseo general de limpieza, de respirar bien. Las elecciones como un rito. Algo sacratísimo en los dedos de la población inexperta. Un regalo. Quiero decir: nada tabú. Transparencia e información. Los padres de la patria puestos de humilde felpudo ante la verdad y la honestidad. Nada que recuerde la corrupción anterior. Nada, por favor. Dignifiquémonos con mutua confianza. Avanzaremos poco a poco. Premiaremos la honestidad, habrá justo castigo para los que enmerden nuestro digno y querido país. Precisamente, reflejaban lo que el país había sido, lo que todos conocían; y a la vez reflejaban el orden social y humano que proponían, el orden nuevo: la revolución, ¿no?, pero pacífica, pacifica. Del poco a poco; del lento pero seguro.

Chico, eran sinceros. Eran de verdad. Hablaban como Jesucristo y como El Che. Habían leído mucho sobre Jesucristo. Habían leído a Marx, a Engels, a El Che, a Confucio, a Mao, a Comte, a Adams: eran muy leídos, sí. Hablaban como dioses y como hombres. Y la gente les miraba las manos, limpias y de uñas recortaditas. Cómo no colaborar con ellos, incluso gratis.

Fue una pena que Anita pidiera el divorcio; nunca la había visto tan irritada. Pero, cuando ya me instalé allí, solo en una especie de cabaña para dormir, porque pasaba el día trabajando, pensé que era mejor así, porque ella no lo hubiera soportado. ¿El dinero? Para mí era sólo uno de los materiales de trabajo, porque tenía que establecer baremos y distribuirlo equilibradamente entre los funcionarios. Entre otros cometidos que tenía. Bueno, y lo que enviaba a la familia; casi todo mi sueldo.

Entraba en la Tesorería muchísimo dinero del exterior, Ramón. Grandes empréstitos sobre un país potencialmente rico, tú lo sabes. A falta sólo de una explotación racional y una administración sana. Pero, el desarrollo de la riqueza patrimonial no era de mi incumbencia, aunque todos hablábamos de todo: transparencia, colaboración interministerial; tú sabes.

Menos celebraciones y más trabajo, ya fue una consigna que a mí me apeteció proponer al principio. Porque a la gente, como borracha de futuro, se le iba el tiempo en tirar estatuas de dictadores, y en cambiar los nombres de las calles, aunque ni los dictadores ni los titulares de las calles podían hacer ya daño alguno de manera inminente. Bueno, teniendo en cuenta a los nostálgicos, quizá. En cambiar los nombres de las calles y en pedir el establecimiento de fiestas nuevas, y en hacer uso del derecho a la huelga. Porque había en el ambiente como una necesidad de descanso, de vindicar el tiempo libre al sol de la ociosidad; como una necesidad de afirmarse y atirantar derechos. Pero, derechos de adolescente. La adolescencia, me entiendes, es el reconocerse independiente y libre para tomar decisiones. Está el orgullo del bozo que viene a sustituir a los mocos. Pero es en la madurez cuando se calibran esos derechos y la conveniencia de tomar ciertas decisiones. Y, desgraciadamente, no hay madurez sin adolescencia. Solo que una adolescencia digerida deprisa y corriendo, puede llevarnos a una madurez ya podrida, con mal remedio, ¿no?

Pero yo, nada. Yo, a lo mío. No era el médico llamado para curar aquel sarampión.
Se darán cuenta de que el país va a moverse si ellos aprenden qué deben hacer con sus libertades; esto no durará mucho, pensaba.

Los países adelantados, como abuelos corruptores, daban grandes propinas y cariñosas palmaditas de comprensión; lo pasaban todo. Miraban complacidos el acné de la población y reían las gracias de otra huelga para tomar el sol: ya se sabe, estos africanos. Hay que tener paciencia con ellos. Ya pasaremos la factura.

Yo seguía con lo mío. El engranaje de la Administración no puede detenerse, y estábamos montándolo. Siempre tuve claro, Ramón, y Anita lo sabía, que mi trabajo en aquel país iba a terminar cuando los nativos estuvieran preparados; cuando los jóvenes volvieran de las universidades extranjeras. Entonces, pensaba yo, si Anita se aviene, podíamos vivir aquí, a temporadas; en una casita decente. El país es bonito. Y siempre estaría a disposición de quien me necesitase y para lo que se me necesitase; la experiencia con manguito puede valer tanto o más que un máster en inglés, no crees. Me emocionaba la idea de ver crecer a un país que salía del oscurantismo; verlo crecer proyectado por una idea socialista fundamentada y atemperada empíricamente. Verlo crecer en ese terreno limpio con el que hemos soñado todos alguna vez, de solidaridad y buenas maneras, sin pobres ni resentidos.

Era fácil. Era fácil, Ramón; aquellos chicos lo tenían en la mano. Bastaba que abrieran la boca y veías al pueblo, bueno, el pueblo no existe, es una forma de simplificar: veías a la mayoría dispuesta a corear y aplaudir. Eran el Mesías que no va a morir. Eran de verdad y ofrecían otra vida, Ramón, en este mundo. Que es lo que todos queremos y lo que es justo. Nunca en mi vida fui tan feliz. Y por el tono de esta carta, quizá no lo parezca, verdad. Estoy muy desmadejado, Ramón; te lo confieso. Y no es por el cese. O no sólo por el cese.

Qué pasó, puedes preguntarte. Los países superdesarrollados de toda la vida, seguían enviando dinero. Primero montones y después montañas de dinero. Como si les hiciera gracia la rapidez con la que desaparecía; intrigados, como queriendo descubrir el truco.

Pero sí, algo iba haciéndose, claro. Yo, y otros como yo, trabajábamos diez horas diarias, o doce si era necesario, para montar el tinglado de la Administración. Un tinglado que crecía y crecía. Para mí que crecía en exceso. Ya me enfrenté varias veces por ese motivo, precisamente. Pero una cosa es la política y otra cosa es la cuenta de la vieja, me entiendes. Eso ya lo he aprendido.

La oposición empezó a disfrutar, a tener pronto un papel activo, cuando el ministro de las obras públicas impuso la construcción de una autopista hasta la selva donde estaba su aldea nativa. Una aldea de ciento dos habitantes. Sobrevivió a la rechifla con una lógica aplastante: “Prometimos que ni una aldea quedaría sin comunicaciones. ¿Qué más da empezar por un sitio o por otros sitio?”. Al poco tiempo, comenzó allí la construcción de un palacete para su familia. Y, cosa de oportunidad para el dinero, lógicamente: comenzaron a proliferar en la zona las viviendas de lujo. Yo podría jurarte, Ramón, que él no vio ninguna malicia en este hecho: era el progreso. Aunque los terrenos fueran suyos. Y por una extraña pureza empezó todo. Al poco tiempo, allí ya había dos de cada uno, te lo prometo: uno que iba y otro que volvía y al mismo tiempo, me entiendes. Y entre la oposición y el poder ya no había colaboración, ni confrontación de ideas o lucha de políticos, sino de tahúres. Esto íbamos sabiéndolo los que estábamos más o menos dentro, y duró un par de años sin trascender a la calle; como si fuera la elaboración minuciosa de una obra de teatro.

Yo mismo, puedo decírtelo; yo me vi también en aquellos tinglados. Bueno, quisieron meterme. Tú sabes cómo pueden ser esas cosas. Gente que te ofrece para que le des. Total, qué más da, ¿no?, empiezas por preguntarte, también con total inocencia; ¿qué importa que me presupueste una empresa u otra? ¿Por qué ésta me va a hacer el trabajo peor que las otras? Y en esta empresa están unos chicos amigos de tal o de cual; o parientes o vecinos; pueden saber mejor lo que se hacen. Inocencia. A mí me daba espanto aquella inocencia. Y por otra parte, quedaba feo desentonar, es que quedaba feo; porque ¿yo me creo mejor que los otros? No. Pero, ¿no íbamos a ser todos iguales? De transparentes, digo. De puros. Dispuestos a rendir cuentas cada día. Si sólo somos unos mandados, unos servidores vuestros, pueblo amado. Pues no, Ramón, te lo prometo. En un principio, podía creerse que aquellos chicos habían pensando algo así como “cambiaremos vuestro mundo”. Y veías que sólo iban cambiando su coche, su casa y su mujer.

Había sensación de movimiento, sí. Se cambiaban los planes de enseñanza por otros planes de enseñanza importados. Planes, o sistemas que habían quedado arrumbados en los países de origen. Iba construyéndose un país, sí; pero con harapos. La industria se movía a espasmos, con digestiones pesadas. En un movimiento absorbía planes hacia delante y en el siguiente movimiento vomitaba planes y peonaje.

Una cosa que vi allí, y que creo que no existirá en ningún otro país, es el resultado de una tergiversación abusiva del concepto democracia; sin duda propia del más elemental analfabetismo político. ¿No es la democracia el predominio del pueblo en el gobierno? Bien, ya no existía la presencia única, que hacía saltar sobre, o bajo su soga de mando. Pero, la democracia iba siendo entendida, sobre todo, como el derecho a obligar al vecino, incluso a golpes, a sumarse a una huelga sectorial. Te lo explico, porque sé que en principio no lo vas a entender. Quiero decir: si los tambores, pongo por caso, se fabrican mal  y no se venden en el extranjero, y por lo tanto no tiene sentido fabricarlos, ya que en el país, cada uno sabe fabricarse el suyo, los operarios salen a la calle esgrimiendo la herramienta fiera. Pero, no se conforman con protestar ellos, sino que sacan de sus establecimientos a los comerciantes de electrodomésticos, y a los panaderos, y a los fabricantes de taparrabos y a los que venden mermelada de guayaba. Cortan un puente, amenazan a los policías, que no intervienen porque el pueblo es soberano (pero entero o por cachos?); destrozan de paso algo importante, valioso, de propiedad común; y aseguran que eso es democracia. Y la parturienta y el enfermo, que están en las últimas y dependen de los servicios urgentes de un hospital, y no pueden cruzar el puente cortado, pues mártires del sistema.

¿Y los políticos?, me preguntarás. Bueno, ellos, saber sí sabían que el pueblo estaba confundiendo las peras con los melones, pero dejaban hacer. Porque surgió de la práctica una nueva visión política: ¿cómo vamos a quitar a los administrados la ilusión de poder, si les hemos dicho que somos sus servidores? Además, ¿quién está libre de equivocarse alguna vez? También nosotros podemos equivocarnos, ¿no?

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¿Cómo evolucionó este estado de cosas? Piensa en la clase de país que es, tienes que leer los diarios, algo salta siempre por las fronteras. La pescadilla. Si tú haces, yo hago. Ahora sí, todos igualitos y tan contentos en las playas del Atlántico sur, bajo los cocoteros y poniéndonos… morenos.

La mentira se institucionaliza. Las mentiras se aclaraban con mentiras, puesto que el contraste con la verdad hubiera resultado excesivamente brutal, pobre pueblo. Y esclarecedor, claro; ahí estaba el quid. Cuando hay mentiras se destruye la comunicación, y la solidaridad, lógicamente. Al principio me sorprendía la facilidad de arraigo de la mentira, lo fácilmente que era admitida. Luego caí en la cuenta: es el caldo de cultivo, la bula. Ya, todo eran guiños: os permitimos y nos permitís. Y el trapicheo también acabó confundiéndose con la democracia, con la libertad y con el sentido del humor. Pero, claro, a la superficie salían con la barriga al aire los pececillos, gente de mi status, cuando alguien quería hacer una limpieza. Todo seguía igual y abundaban las fiestas y el folclore. Tú sabes cómo son estos pueblos, ardientes y ociosos. Era el país oficialmente más feliz y alegre. Pero se instalaban el lujo y la miseria.

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Yo lloraba,  te lo aseguro. Los primeros años, prácticamente, ni eché en falta a la familia. El hijo mayor fue a verme cuando se casó. Por cierto, tuve que enfadarme para que le cobraran su estancia en el hotel. Ya sabes, en esos países pequeños, todo trasciende. Cómo iban a pagar mis hijos el hotel, me repetía el gerente; la Dirección se sentía muy honrada con su estancia. Yo pensé que el honrado era yo, y pagué. Fue mi regalo de bodas. Pero fue también una de esas cosas mías que caían mal; porque el hotel era propiedad de, en fin; qué más da. Lo cierto es que si te niegas a recibir, les dejas con el culo al aire. Y no perdonan. Pero, aún tenía yo muchas esperazas. Pensaba, no todos en el país van a convertirse en dondiegos de noche, tú me entiendes. Y ya ves, quise convencer a mi hijo para que buscara trabajo allí. Entiéndeme, no le ofrecí trabajo, sólo traté de animarle para que lo buscara. Había tanto porvenir, tantas cosas para hacer. Pero decidió que no. Como Anita, olía la provisionalidad; no sólo la mía, que estaba pactada, al fin y al cabo. Tú mismo. El único que no la olía, parece ser que era yo. Y fui peor que Santo Tomás, Ramón, porque veía y no creía. Y date cuenta de que no tengo ganas ahora de aportar más datos ni de hacer más análisis. En esta primera carta te doy la noticia como  podría dártela, prácticamente, un tipo de la calle medianamente atento, que se queda en mitad de una acera con la boca abierta y la mente en blanco; eso es, y siente que le van desapareciendo las tres o cuatro ideas que tenía, básicas, primarias, claras y suficientes.
Antes te he dicho, eran sinceros, eran de verdad. Y ahora te diría lo mismo, pero sorprendido, colocando interrogantes. Perplejo. Estoy perplejo. Como entontecido. ¿No eran sinceros? ¿Cómo las personas pueden cambiar de tal manera, si eran sinceras? ¿Cambiaron, o simplemente, los resultados no se ajustaron a sus propósitos? No lo sé, porque, sinceramente te digo, que me han echado, y oficiosamente sé que el motivo, precisamente, es el no haber admitido sobornos, o gages o comisiones, llámalo como quieras; a mí me gusta la palabra trapicheo. Pues no me presté a los trapicheos y me han dado, gustosísimos, una buena indemnización para que abandone sin cerrar el año. Estaba previsto en el contrato: posibilidad de rescisión unilateral, así que no puedo quejarme por eso. Pero, para entonces, ya habían pasado unos meses los políticos nadiándome, me entiendes. Así, vives un tiempo tirándote de los pocos pelos que te quedan, pensando que estás loco; y al fin recibes la rescisión como un alivio. Al menos podrás dedicarte a pensar con perspectiva; posterior, naturalmente. Es decir, mirado hacia el trasero.

Pero, fíjate que no han encontrado argumentos. Yo sabía que en uno o dos años, iba a regresar de una Universidad americana el nativo que iba a sustituirme. Bueno, no ha regresado, pero el Ministro ha puesto en mi lugar a un pariente de su propia aldea, porque ya sabes que allí funcionan mucho por clanes, mientras vuelve la lumbrera americanoide. Y a saber con qué se encontrará, eso también hay que pensarlo.

Y te digo que estoy entontecido porque quería al país, y había intentado dar un sentido a mi vida a través de la fe y del trabajo. Y estoy ahora como si me hubieran quitado la sangre de mis venas, sabes. Como que no sé a dónde mirar. Como si yo fuera culpable de algo.

Verás, yo sé que existen por lo menos dos posturas posibles: justificarlo todo y decir a vivir, que son dos días, y no pasar por ingenuo. Y la otra: sorprenderme todavía y criticar y seguir pensando como pensaba, porque es la única manera de seguir tendiendo a lo mejor. Porque fíjate que el sustituto mío no tiene idea aproximada del trabajo que deberá desarrollar, entre otras cosas porque no tiene por qué tenerla. Y si las cosas siguen así, en fin, bueno, no sé.

Seguiré escribiéndote, si no te importa. De momento, siento la necesidad de decir, de contar. Quizá tú puedas ayudarme en los análisis.

Anita se ha profesionalizado como abuela y estoy más solo que el ciprés de Silos. Pero, no estoy solo por vivir solo; la mía es una soledad más grande que el ámbito que pueda ocupar mi pobre persona. Y es que, no puedo acercarme a nadie. Ni al niño; no tengo nada que decirle. Que no tengo palabras. Si pienso en hablar, siento un tirón en el hígado. Es que, no están heridas de muerte las palabras, no; están dadas vuelta; están como  nuevas, eso es lo malo. Quizá  sea lo mismo. Y si hablo, si oigo mi voz, oigo encima las aclamaciones, aquellas voces, las primeras. Es como una enfermedad, las oigo y tengo escalofríos. Y a mis años, estas tiritonas asustan. Si te mando esta carta, y escribo luego otras, quizá, a lo mejor. Por si acaso, por si te la envío quiero decir, me despido con educación. Te envío un abrazo. Un abrazo de un ex Excelencia llamado Nadie. Si no te importa. El abrazo, digo.

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  1. Vanesa dice:

    Reconforta y emociona.
    También indigna, porque la cosa ha ido a más.

  2. Emilia dice:

    En este relato hay mucho simbolismo. Pero transparente, je!

    La bola de cristal.

  3. Alfonso dice:

    Ja! En el texto aparece ya la palabra «transparencia», con la que nos están machacando desde hace unas semanas. O son meses. Creía yo que era una postura nueva.

    Para ser un relato del noventa y nueve resulta iluminado. Enhorabuena y gracias!

  4. aingeru dice:

    Pone los pelos de punta. Se puede sentir ira. «Años de bonanza» Siempre para unos más que para otros

    Hasta cuándo, CLASE política!