ENTRE EL SÁBADO Y EL DOMINGO

Posted: 13th enero 2013 by Aurora in Crítica
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Entre el sábado y el domingo me asomé al Salón; eran las dos y veinte de la madrugada y había dos visitantes. A esas horas, la cosa me extrañó un poco, porque no hay debates, no queda nada de picoteo, la luz baja automáticamente y se lee mal entre las sombras. Las flores de estación en los jarrones  agachan la cabeza porque ya no son horas. Las vitrinas que guardan las botellas de licor siempre están abiertas, eso sí, y renuevan el aire. Bajé, por si había algo que yo pudiera hacer. Entre la vegetación fantástica de uno de los cuadros de Henry Rousseau que cuelgan en las paredes, nunca diré de qué cuadro se trata, tengo yo unas ramas tupidas que me cubren si lo considero necesario. Los pájaros y animales fieros que anidan en él ya me conocen y no me delatan. A veces, incluso ni se despiertan cuando llego. Al fondo del salón, casi entre sombras, vi a mis dos visitantes con vestimentas que parecían estrambóticas, y quizá sólo fueran difusas por la distancia y la poca luz. Oía yo el dejar la copa sobre el mármol de la mesa. Las copas, repetidas veces. Oía murmullos. Hasta entonces no sabía yo si se trataba de hombres o de mujeres. Oía el golpe más recio del dejar la botella sobre la mesa. Y empezaron a cantar. Eran hombres. Cantaban canciones que yo había aprendido en cierto momento de mi vida, canciones de la costa croata:

Vonjala si tocon i frizkinon

Ladila me kad uvati fijaka

A kad dusu stegla bi tuga

U tebi san i pija i plaka.

Iba dejándome llevar por la melancolía sonora; era una canción que me traía recuerdos muy vívidos, y sin pensar en nada más, les hice el coro desde mi árbol rousseauniano de verdes salvajes y tupidos.

Konobo moja radosti sva

Dusu san svoju, svu tebi da.

Tan a pleno pulmón estaba yo exteriorizando mi alegre melancolía que no vi acercarse a los visitantes hasta el pie de mi árbol, callados como sombras o muertos de miedo. Rápidamente salieron de un salto por la ventana baja, como el Espectro de la Rosa; se calló de golpe  la orquesta y yo me quedé con el na na na  final del estribillo. Pero, remaché a la vuelta, como con fiebre:

Konobo moja, ka dom si moj

Cuvan ti pismu, ka zivot  svoj.

para cubrir el silencio de los instrumentos.  Para entonces ya había bajado del árbol, y me llegué hasta la mesa que habían estado ocupando los extraños visitantes. Las copas estaban ahí, sin lavar. Normalmente, los visitantes del Salón se llevan la copa y dejan su tarjeta.

Me llamaron la atención unos pequeños envoltorios, que aún no he abierto, y unas cartulinas de colores, todo caído sobre la alfombra. Eran tarjetas de clubes de fútbol, según pude ver. Una  del Dynamo de Zagreb, con su escudo circular que tiene en la parte izquierda            unos cuadros blancos y rojos, y en la otra mitad tiene una –d- blanca sobre fondo azul, y va  a nombre de Ivan Gojmeroj. El otro, es del Estrella Roja de Belgrado. Me di cuenta de una cosa curiosa: este serbio tiene los mismos colores que el croata, aunque repartidos de distinta forma; la estrella es roja, sí, y la tarjeta va a nombre de  Zoran Vladic. Me acordé de los incidentes de 1990, antes, durante y después del partido en Zagreb. Me acordé de la guerra y del final de la guerra.

Querría devolvérselos, y decirles que pueden venir al salón siempre que quieran. Tengo guardadas unas hermosas botellas de rakja y de sljivovitza. Y me gustará mucho aprender canciones del interior de los Balkanes. Se me ocurrió un pensamiento bizarro: a ver si esta vez vamos a reconstruir Europa empezando por el Este.

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  1. pablo dice:

    Original. Me gusta.Europa no es sólo la parte occidental.