ENTRE NUBES

Posted: 21st julio 2013 by Aurora in Crítica
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ENTRE NUBES

 

 

 

Tengo la impresión de haber dormido durante siglos. Sé que a veces abría los ojos, y veía pasar las nubes, blancas en la noche negra. Y volvía a caer en el sueño, de verdad que era una caída. Ahora estoy bien: he dormido para toda la eternidad.

Echo de menos mis papeles. Mis libretitas. Creo recordar que los encontré una vez. Pero estaban mojados y los tiré.

Noto que se agolpan nombres detrás de mi frente. Lugones. Silva. Reissig. Darío. Ingenieros. Mistral. Garcilaso. Agustini. Son recuerdos que despiertan porque despierto yo, pero no sé qué tengo que hacer con ellos. Caras. Me detengo en las sonrisas y en los ojos, para saber qué tengo que entender. Voces que dicen mi nombre. Alfonsina soy yo! Quizá estén llamándome desde el año treinta y ocho.

Voy en mi nube. Ha sido mi nido mientras dormía. Y dormía. Es cómoda. Es vientre materno, aquí no duele nada. Si muevo mis manos, si aleteo, la nube acelera. Pero, creo que no tengo prisa; ya no tengo que llegar. Ya llegué.

Pasan nubes, lejos y cerca.  Me recuerdan un mar cuajadito  de embarcaciones. Esta nube que viene enfrente es más grande que la mía. Veo dentro dos figuras quietas; ya hay más luz. Pero, si lo conozco, pare! Pare, por favor, lo conozco!

– Me conoce?

– Pero, claro, don Antonio! Y Leonor, seguro que sí, Leonor Izquierdo, la chiquilina, cómo está? Yo me vine para acá un año antes que usted, pero no pude prepararme
lugar, porque el cisne azul me envió el sueño, usted sabe. Y ahora, recién desperté.

– Ah, sí, el cisne azul, lo recuerdo, volando siempre desde Nicaragua; o desde Colombia, mejor. Yo me negué a dormir porque tenía que buscar a Leonor. Y, cuando la encontré, para qué dormir? Yo iba soñando caminos de la tarde, y el camino que serpea y deliberadamente blanquea, se enturbia y desaparece.

– Yo sé seguir, Antonio, me acuerdo: en el corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón.

– Mi cantar vuelve a plañir: aguda espina dorada, quién te pudiera sentir en el corazón clavada.

–  Pero, bravo! Se lo pasan diciéndose versos!

– En estas nubes no es frecuente oír cantar al cisne azul. Pero, no ha dicho su nombre, señora. Deberíamos conocerla?

Antonio Machado ata con mucha atención  una nube con otra. La cuerda es del mismo material que las nubes: parece un material blando pero es muy resistente. Y dejamos de agarrar con pasión la otra nube, yo la suya, ellos la mía; ya estamos atados los tres. Ya todo es más seguro.

– Permite, un jueguito de adivinanza? En un libro mío de mil novecientos treinta y ocho, aparecen cinco poemas dedicados al Río de la Plata; y en otro anterior hay versos a la tristeza de Buenos Aires; eso le dice algo? Soy argentina.

– Argentina y habla de cisnes. Argentina y ve tantos colores  en el Rio de la Plata. Ya! Hace tiempo que tengo al trío casi místico bien presente: Juana Inés de Asbaje, mejicana, Delmira Agustini, uruguaya, y Alfonsina Storni argentina. Alguien, las llamó Las Poetas del Buen Amor. Y también, transgresoras. Brava palabra, para mujeres!

– Está bien, poetas del Buen Amor, estoy de acuerdo. Hace pensar en el Arcipreste y su valor de ruptura. Porque, es cierto, el modernismo tendió un puente a las mujeres, sabe por qué? Porque feminizó la bondad y la belleza. Ya no se exalta el virilismo, la victoria sobre el otro; no son temas. Ahí pudimos entrar, no como objetos sino como sujetos; por fin nos convertimos en árbol. Ya no fuimos más rama del árbol del varón. Decían de nosotras: sacralizan el erotismo para poder hablar de él; limpian el erotismo, decían los teóricos; lo trascienden y lo convierten en materia respetable altamente poetizada.

– Y litúrgica.

– Estoy de acuerdo, litúrgica! Después de esto, se puede insistir en que el modernismo era sólo color y sonido? Miente quien quiera quedarse en los cuentitos de hadas, y en las tiernas alondras y ruiseñores, y en los cisnes meramente bellos. Esta blandura fue episódica, y tendió un puente a las mujeres, es cierto. Pero, cada quien lo atravesó con su particular cesto de rosas y de espinas; tanto mujeres como hombres. Cada quien: Darío, Silva, Lugones, Nervo, Agustini o yo misma, tuvimos nuestras contradicciones y martirios. Escuchen, palabras de Agustini: Y esperarás sonriendo y esperarás llorando; cuando llegue mi alma, tal vez reces pensando que el cielo dulcemente se derrama en tu pecho. Para él, amor divino, ten un diván de calma, o con el lirio místico que es su arma, mi alma apagará una a una las rosas de tu lecho.

– Qué bonito suena, verdad, Antonio?

– Para Delmira es simbólica la luz y es simbólica la sombra; porque la luz penetra en la sombra, y es la llave de oro que canta en la cerradura.

– Es todo erotismo?

– No, Leonor, todo no es erotismo; ella dice: ven a mí, cuerpo a cuerpo; ven a mí, mente a mente. Oigan a la divina Agustini: No habéis sentido nunca el extraño dolor de un pensamiento inmenso, que se arraiga en la vida devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor? Nunca llevasteis dentro una estrella dormida que os abrazaba enteros y no daba un fulgor? Cumbre de los martirios! Llevar eternamente desgarradora y árida, la trágica simiente clavada en las entrañas como un diente feroz! Pero arrancarla un día en una flor que abriera milagrosa, inviolable; ah, más grande no fuera tener entre las manos la cabeza de Dios!

– Admirable Delmira, estoy sobrecogido! Tendrá que recitarme sus versos a menudo, aquí tenemos mucho tiempo para pensar. Pero, sabe, yo, que probé las aguas del modernismo, vi pronto que me parecía una droga espiritual, que favorecía el escapismo y dispersaba la energía en la búsqueda de tanta belleza, y tanta armonía, que eran aspiraciones legítimas, pero que había asuntos más serios que tratar;   nosotros aquí teníamos el noventa y ocho, y el desastre nos obligaba a ser sobrios, en el fondo y en la forma. Después, vino el descubrimiento del paisaje, para mí. Por tanto, la búsqueda ansiosa de la belleza fabricada en la propia fábrica, en la propia cabeza, aquí no servía; bueno, ahí queda mi hermano Manuel, pero yo estaba a otras cosas; estaba en los rieles que me tendía el krausismo: ético, estético y metafísico. Alma, en la palabra definitoria tanto de Giner como mía: Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

– También ustedes tuvieron a Unamuno para la filosofía del modernismo. Queda mucho tiempo para leer, en estas nubes?

– Pasan gentes. Algunos pueden hablarnos de lo que conocemos. Pero, leer es un poco imposible.

– Leemos en las palabras de los otros, verdad, Antonio?

– Ah, Leonor Izquierdo, Leonor Izquierdo, hija de un guardia civil! Mi buen amigo García Lorca comenzaría así un romancillo. Lo conocí en Buenos Aires, recuerdo: Peña del Café Tortoni, año treinta y tres o treinta y cuatro, si la memoria no me falla. Le dediqué un poema; cómo no hacerle un poema, y ciento: Irrumpe un griego por sus ojos distantes, buscando raíces de alas. Lo tengo perdido en la memoria, se traspapeló.

Lorca era el rayo. Yo era el trueno. Si es que fui algo. Nunca pretendí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción. Construirme ya era bastante esfuerzo.

Leonor ha cogido un hilo de nube, y después de prenderle un nudo, mete en el círculo los dedos índice y pulgar de cada mano, y monta figuras. Antonio a veces, y yo otras veces, le hacemos las contrafiguras: metemos nuestros dedos, y termina por desbaratarse todo; la última figura ya es un lío de nudos y de borrones. Y volvemos a empezar. Me recuerda el bordado de Penélope. Pero, ella esperaba la vuelta de Ulises. Nosotros, no sé yo qué esperamos, ya. O, qué esperamos todavía.

Pasan nubes en todas direcciones. Algunas están vacías. Leonor se cansa de jugar al hilo y lo deja caer suave, con dos deditos. El hilo desaparece lento por el agujero azul, rebota en una nube y sigue cayendo.

– Otro día que venga, te traigo una muñeca.

– Usted también piensa que es demasiado joven. Pero es la mujer que me asentó en la vida; la mujer de mis sueños; la que me llevaba por una blanca vereda, en medio del campo verde, hacia el azul de las sierras, hacia los montes azules, una mañana serena.

Miro a Leonor un tiempito: cara de niña preciosa, peinado en dos bandas  muy ahuecadas, unos tirabuzones caen por detrás de las orejas. Hay mucha tenacilla rusiente que ondula el pelo, hay horas de peinado; hay mucha necesidad de parecer mayor.

Viene paralela una nube con los bordes rosados y malvas. Creo haberla visto en una de esas veces en que yo abría los ojos y volvía a dormir. Dentro se agitan brazos. Oigo que me llaman:

Storni, eh, Storni!

– Pero, no, pero miren quiénes son! Antonio, Leonor, miren mis compañeras de versos!

Leonor agarra la nube con las dos manos y Antonio saca una cuerda de tejido de nube; ya estamos amarrados los cinco.

Storni, te hemos buscado durante eternidades, siempre te veíamos dormida. Por fin despertaste!

Gabriela Mistral, chilena, y Juana de Ibarbourou,  uruguaya como Agustini, siempre presentes! Y Antonio Machado y Leonor Izquierdo.

– También, siempre presentes! Saben, recuerdo muy bien cuando vi a Storni por primera vez, en su casa de la calle Cuba. Su voz en el teléfono me había sonado linda. Pero me habían dicho que no era bella. Por eso, cuando abriste la puerta, te pregunté por ti; porque me pareciste una mujer muy, muy bella; con tu pelo pintado de plata, que hacía radiante una cara de tan pocos años, era muy joven. Un pelo de luna con reflejos de sol; ojos azules, nariz respingona. Y tan natural,  con la naturalidad de la verdadera valía.

-Bueno, Mistral, no sé yo si el gesto de quitarme veinte siglos de encima,  como quien está apartando una cortina durante años, pudo ser muy natural. Pudo ser un gesto vigoroso, opuesto a lo femenil entendido como femenino ñoño. Hasta poder decir: ya ni domino esclavos ni tolero señor! Pero, en ese tiempo, me empobrecí, porque entender sofoca. Tú, en cambio, mantuviste tu voz como la de las madres de todos los tiempos.

– Pues, cuando yo la conocí, a Storni, la primera vez que viniste a Montevideo, recuerdas, año veinte. Pueden creerme, su conversación sacaba chispas, ironías finas; era muy aguda
siempre. Quien la conocía la admiraba, y sentía simpatía por ella. Los intelectuales y los burguesones  querían conocerla, y la seguían por todas partes. Yo creo que pudiste sentirte un poco reina, Storni.

– Cada quien, Ibarbourou, sabe qué lleva dentro. Quién era yo, en realidad, en aquella reunión bajo la farolita de la Plaza Zabala, o paseando por la Plaza del Entrevero. Quién era entonces Alfonsina Storni bajo el cielo azul turquesa de Montevideo. En el mismo año veinte publiqué mi libro Languidez, y llevaba esta dedicatoria: A los que como yo, nunca realizaron uno solo de sus sueños.

– Unos cuantos años después, coincidimos las tres, invitadas por la Universidad, para hablar de las formas y los modos que cada una tenía como propios para crear. Para cocinar sus versos.

– Mal queda, amiga, hablando de mujeres, mencionar los pucheros de Santa Teresa.  El dios de los hombres y de las mujeres, puede estar en la cocina. Pero no la poesía de los hombres, y por lo mismo, tampoco la de las mujeres.

– Sin embargo, yo escribí, supongo que con ironía: Él irá por el mundo, fuerte; yo estaré en casa olvidada, bordando para la iglesia casulla, estolas y albas.

Storni era muy querida. Recuerdo el episodio con Horacio Quiroga. Se reunía la peña muy a menudo, y un día, a Horacio se le ocurrió proponer que él y Alfonsina besaran las dos caras del reloj, al mismo tiempo. Un reloj de cadena, que colgaba de la mano de Horacio.
Cuando Alfonsina fue a poner los labios, Horacio retiró el reloj.

– Es un juego de erotismo?

– Seguramente, Leonor.

Nervo también te rondaba, Storni.

– No, eso es una equivocación; escribíamos los dos para Mundo Argentino; eso, para mí era muy importante, yo debutaba desde la provincia entonces, y él era un dios bajado de México. Íbamos a las mismas tertulias, eso sí.

– Años dorados, años de rosas!

– Trágica generación!

– El alazán de las horas iba galopando sin brida.

– Se iban mis pies en dos tiempos de polvo.

-En realidad, señoras, somos los cinco de una edad similar.

Antonio, que soy mucho más joven que tú!

– Pensaba en los hacedores de versos, Leonor. Pensaba en Agustini. Sólo tengo doce años más que ella. Catorce años más que Gabriela. Diecisiete años más que Ibarbourou y Storni. Compartimos tiempo y éramos jóvenes. Tú tienes que hacer aún tus primeros versos de juventud, compañera.

Ellos siguen hablando y yo quiero encontrarme en mi memoria, hace poco tiempo que estoy despierta y no consigo ubicarme bien; todo esto está ocurriendo demasiado deprisa, y estoy confusa. Se achaca al modernismo el gusto por lo fantástico, por lo sobrenatural. Está bien, siempre que se tenga en cuenta que viene del romanticismo, Storni; recuerda el Frankenstein de Mary Shelley, y recuerda La Corza Blanca de Bécquer, como
principio y fin del movimiento romántico; nuestro movimiento hace belleza de lo sobrenatural. Y nuestras mujeres, dos sobre todo, aúnan el amor místico de Santa Teresa y el eros claramente humano. Son palabras de, quién era, quién dijo. Y, otro puente, recuerda, entre los dos movimientos: la divina Tula, Gertrudis Gómez de Avellaneda, claramente romántica, y se dijo, se dijo que sus versos eróticos son de extremada y apasionada sinceridad. Cubanita, mujer y cubana. Versos sarcásticos de rara energía y amargura; fuertes, como versos de varón. Es lo mismo que se decía de los versos de “las lobas del modernismo”; mete comillas para que no te asustes, porque ahí estás vos, te acordás?

Mi memoria empieza a funcionar. Trabajo el idioma, y a veces los endecasílabos fluyen con naturalidad, los alejandrinos, sin contar las sílabas; ya, fluyen como una respiración, como el ritmo del cosmos, incluso en la prosa. Las ideas se dejan modelar. Hay que romper estereotipos, triturar el eterno femenino, abrir ventanas con nuevos sentidos de las palabras, crear algo propio frente a la cultura patriarcal. Y al final de todo, está el camino del mar. No sé si Horacio Quiroga me enseñó la dirección. Morir como tú, Horacio, en tus cabales, y así como siempre en tus cuentos, no está mal! Un rayo a tiempo y se acabó la feria. Allá dirán. Bien por tu mano firme, gran Horacio. Allá dirán.

Yo estaba siempre cultivando mi conciencia de ser único, jamás en rebaño; diversa de mí misma entre vuestras plumas ando. Garcilaso dice: diverso entre contrarios muero. Es lo mismo. Qué diría la gente, recortada y vacía, si en un día fortuito, por ultra fantasía, me tiñera el cabello de plateado y violeta, usara peplo griego, cambiara la peineta por cintillo de flores: miosotis o jazmines; cantara por las calles al compás de violines, o dijera mis versos recorriendo las plazas, libertado mi gusto de vulgares mordazas? Irían a mirarme cubriendo las aceras? Me quemarían, como quemaron hechiceras? Campanas tocarían para llamar a misa? En verdad que pensarlo me da un poco de risa. Ah, ah, la mujer habla con voz propia, no ya el hombre tiene que interpretarla, libremente, además.

-Yo, señoras, las invito a hacer una visita a nuestra tierra, de Leonor y mía de adopción. A disfrutar de las colinas plateadas, los grises alcores, las cárdenas roquedas por donde traza el Duero su curva de ballesta, donde yo soñé, una vez, un milagro de la primavera. Que se ha cumplido, porque tengo a Leonor, campos de Soria, tardes tranquilas, montes violeta.

Quedamos de acuerdo y desamarramos las nubes. Decidimos buscar a los compañeros y vernos allá, Campos de Soria. Leonor se va cantando:

-Junto a la sierra florida, bulle el ancho mar. El panal de mis abejas, tiene granitos de sal.

Es curioso, se diría que suena como una voz vieja. Y Leonor sólo tiene dieciocho años.

 

 

 

 

Todo salió perfecto. Al menos, como estaba planificado. Los jóvenes actores no han podido hacerlo mejor. Quizá el pintor hubiera podido crear una ambientación más perfecta, pero se fue a Serbia con Aurora y los demás. Los visitantes estuvieron interesados y no hubo toses. Ustedes vieron que en una audición, cuando termina un movimiento, o la Sinfonía, todo el mundo se larga a toser? Aquí, no; estaban como hipnotizados. Aplaudieron. Después se iban yendo despacito; quien cogía un hilo de nube aparcada en el suelo, quien firmaba en el libro de visitantes. Quien daba las gracias o la enhorabuena. Sobrecoge un poco la voz de Mercedes Sosa cantando desde las instalaciones del techo: Por la blanca arena que lame el mar, su pequeña huella no vuelve más…Te vas, Alfonsina, con tu soledad, qué poemas nuevos fuiste a buscar…y te vas hacia allá como en sueños, dormida, Alfonsina, vestida de mar…

Todo salió perfecto. Y aquí, yo, Malena Rajzner, estoy moqueando de pura emoción.

Alguien se olvidó un foulard en su  silla. Lo guardaré, por si vuelve.

 

 

 

 

 

 

 

 

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  1. Malena dice:

    Pero qué perdonar, yo esperaba una intervención así de complementaria. Gracias por completar significados que no quise introducir, y que señala el comentario de Gabriela: «Trágica generación!»

  2. Alexander dice:

    Y como Machado es un caballero, no le planta a Storni eso de que no soy un ave de esas del nuevo gay-trinar, o sea que le dice muy suave que no es modernista.
    También para pensar, que Agustini muere violetamente y muy joven. Y que Nervo, Lugones y Storni se suicidan. Tal como está pensada la representación, estos datos no caben así.
    Espero que me perdonéis mi aportación.

  3. Alfonso dice:

    Prosificar los versos es genial, los metes en la conversación de forma natural. He ido buscando versos…

  4. Angel dice:

    Fenomenal trabajo. Realidad y poesía mezcladas. Con datos para seguir buscando. Algo de sobrenatural, que bien le viene.

  5. angel dice:

    Estupendo trabajo entre realidad y poesía. Con datos para seguir buscando. Algo de sobrenatural como no podía ser menos

  6. Argia dice:

    Genial. No me sonaban mucho, alguna nada.
    Estupenda la estructura.