HERTA MÚLLER

Posted: 6th marzo 2013 by Aurora in Crítica
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Herta Müller, Nitzkydorf (Rumanía, 1953). Suaba del Bánato o rumana de origen germano. Sale de Rumanía en 1987. Vive en Alemania. Premio Nobel de Literatura 2009. “Con la concentración de la poesía y la franqueza de la prosa, describe el paisaje de los desposeídos”, según la Academia Sueca. En principio, estos desposeídos formarían parte de la minoría germana en los países del este: Hungría, Serbia y Rumanía.

Frente a la pared en la que cuelgan los cuadros de Henri Rousseau, en el Salón tenemos los retratos que Madrazo realizó a Cecilia Böhl de Faber, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina Coronado. Evidentemente, no son los originales. Mejor que descolgarlos, decidimos cubrirlos con unas mamparas para que su vista no quite protagonismo a nuestra visitante invitada, la escritora Herta Müller.

El carpintero encargado de colocar las mamparas y de volver los focos hacia el centro del Salón, se sienta a la turca delante de los retratos:

– No se parecen en  nada, si bien se las mira. Se ve que tienen caras y expresiones bien distintas. Desde esta primera que ya es anciana, hasta esta última, bastante joven. Pero, hay algo común en los tres retratos, algo que los iguala. Yo me atrevo a decir que es el clima. Eso viene a ser el ojo y el pensamiento del artista, la actitud del artista. O sea que, mejor que hablar de la misma mano, que lo es, yo prefiero hablar del clima. Las respeta y las admira. Y se nota.

-Es que eran grandes señoras, de las letras y de la vida.- dice la periodista comprometida. Acaba de llegar con sus carpetas atiborradas de datos y de proyectos.

-A estas escritoras, yo no las conozco. Pero, soy fan de la señora que viene anunciada en los tarjetones que he visto a la entrada. Bueno, lo tengo que decir. Yo coloco mamparas para poder comer y para comprar material. Pero, para vivir, yo soy pintor. Y por hache o por be, un día caen en mis manos libros de esta señora. Y los leo y releo, porque me hacen ver y me hacen pensar, y me hacen querer decir algo. Y viene a cuento ahora lo que decía un francés, ya un clásico muy entendido, el señor Diderot; decía que un cuadro tiene que ser una máxima, una lección para el espectador. Porque si no, será un cuadro mudo. Es lo que opina. Y hay quien no está de acuerdo, vale. Yo, sí. Yo quiero decir cosas. Yo quiero que mis cuadros hablen.

-Entonces, vendrá a la tertulia.

Se guardó en el bolso de la chaqueta uno de los tarjetones en los que habíamos escrito algunos datos de la escritora, y dijo que vendría.

Llega acompañada por personas de su equipo. Agentes, secretarios o traductores. Dice que viene a aprender. A escuchar y a aprender. Muy bien; lo importante es que esté a gusto, cómoda, como en su casa. Me agrada su discreta cordialidad germánica. Y me llaman la atención sus ojazos claros y el rictus un poco triste de sus labios. Me viene a la memoria el madrigal renacentista: “Ojos claros, serenos”. Y se me ocurre añadir “tristes”. Y se me va el verso de las manos.

Hemos pensado que será más agradable para ella sentarse entre los asistentes, no enfrente. Les reservamos los asientos centrales de la primera fila. Así, las personas que quieran intervenir, opinar, debatir o exponer, se sentarán frente a nosotros. Y le ha parecido bien, se ve que hemos acertado.

Me doy cuenta de que hay bastante gente joven entre los visitantes. Hay un poco de moscardoneo en las últimas filas. De allí salen dos chicas de unos veinte años. Traen sus respectivas sillas. Y unos segundos más tarde, cuando aún no han terminado de acomodarse, veo que se acerca nuestro pintor de las mamparas. Trae una silla y una carpeta descomunal, de pastas duras jaspeadas.

-Bueno. Lo que yo quería decir, para empezar, es que me llamó la atención la forma de expresarse. Las frases cortadas. Es que a mí la Lengua y la comunicación me interesan, y lo estoy estudiando. Y veía la capacidad de expresión que puede tener una frase de seis palabras, o menos, bien colocadas; bien calculadas, quiero decir. Claro, pensaba yo, que la persona que traduce también tiene que tener mucho mérito.- dice la chica sentada en el centro.

-Yo, como intérprete y traductora, puedo decir que la persona que traduce se tiene que mirar en el original como en un espejo. Tiene que verse ahí, esto es de libro.- nos aclara la chica de la izquierda.

-Esto va para lo que yo quería decir.-  el pintor levanta la mano derecha, como pidiendo turno.

-Pero, luego me di cuenta de que pensaba yo: la vida de estas personas que ella retrata, es como si fuera la vida de todas las personas. Porque, todos, digo yo, esperamos. O sea que todos tenemos ahí, pues vacíos, y tenemos frustraciones. Y tenemos que seguir. Y pensaba en Sísifo y la piedra que sube a la espalda y se le cae. Y la vuelve a subir. Y así cada día.

-Que lo hemos hablado muchas veces. Si hay miseria, pues la denuncia. Y la gente de sus libros, porque no vale decir sus personajes porque parecen gente a pie de calle; la gente parece que no reacciona, pero aguanta un día y otro día, y eso ya es una filosofía de vida. A pesar del baño suabo, por ejemplo, que es un relato que te deja, pues no sé cómo decir. Te deja muy sorprendida, de verdad, es muy fuerte.

-Es una realidad muy distinta a la nuestra. Y sin embargo, si bien lo piensas, no la sientes tan ajena.

El pintor pregunta si
puede intervenir ya, como si fuéramos los autores de una obra de teatro, o directores de escena. En la pausa, aparece con su silla un señor mayor, y se sienta junto al pintor. Tenemos dos hombres a la derecha y dos mujeres a la izquierda.

-Has mencionado, y muy oportuno, a Sísifo.- se dirige a la estudiante- Yo pienso, cuando leo las historias de esta señora, pienso en Godot. Sí, siempre están esperando a Godot, que no llega.

-Pero aquí, aquí, a veces consiguen el pasaporte, y se van a Alemania!- dice una señora desde el fondo. Nos volvemos, no esperábamos  comentarios a retaguardia.

-Se van pero vuelven.- dice la traductora- Porque a pesar de todo, conocen lo que es la nostalgia.

-Sí, pero vuelven de visita.- dice la estudiante- Windisch y su mujer vuelven de visita.

-A mí me interesa esa economía de palabras de la que hablabas al principio.- el pintor insiste en el tema que le interesa- Por ejemplo: El paisaje se diluye en el crepúsculo. Yo lo veo. Con esas pocas palabras ha creado en mi cerebro un crepúsculo, un paisaje no importa cual, y una enorme melancolía en quien está allí y mira el paisaje; y eso es lo más importante. Otro ejemplo: te dice que les sobra la miseria, y hasta las serpientes les sobran; y dice que van del bosque al campo, y del campo al huerto, y del huerto al patio y del patio a la casa. Y uno acaba por mirar debajo de la cama, y detrás de la puerta, a ver si descubre a las serpientes. Aunque sea una sola, aunque esté dentro de uno mismo. Aquí se ve, en mi dibujo que yo llamo “Miseria y serpientes”. Lo importante en realidad, no son las serpientes. Es el clima.

Saca una lámina de la carpeta. Da que pensar. Las personas del fondo reclaman la lámina porque no se aprecia bien desde allí. A mí me interesa mucho la expresión de la escritora. Habla en susurros con sus acompañantes. Parece que todo va bien.

-El asunto que yo tengo que resolver, es cómo casi siempre en colores puros, puedo yo, no voy a decir emocionar, o conmover; quería decir mejor, interesar. Y, una vez que interesas, cada cual que recibe el mensaje, lo envía desde la mente adonde mejor le parece: al sentimiento o a la emoción.

-Exacto.- dice la estudiante de comunicación- Si te entiendo, cuando dices colores casi siempre puros, te refieres a lo que te remite su forma de expresión más habitual, o sea lo que es su estilo. O sea las frases cortas, de pocas palabras y significados concentrados.

-Sí, creo que es eso.

-Que casi no usa la subordinación, o sea las frases subordinadas. Coordinadas, sí, más. Tampoco mucho. Que no es de párrafos largos, quiero decir.

-Que no mezcla los colores, digo yo.

-Si lo quieres ver así.

-A mí me sirve verlo así, porque soy pintor. Cómo hago para que oscile una luz detrás de una ventana sin casa. Es lo que ella me hace ver con sus palabras. Y a la vez, tengo que crear la emoción que tiene dentro de sus tripas la persona que está allí y ve la luz, y ve esa ventana, y ve esa no-casa en la oscuridad.

-Que no es sólo oscuridad física.- dice el señor mayor.

-Esa es la idea. Eso sería el clima.

-A ti te puede interesar la plástica. Vale. A mí, las emociones. O la falta de capacidad para sentir las emociones; o los sentimientos, que no es lo mismo. Porque la palabra tiene alma. Y tiene arma. Y puede tener truco.

-A mí me está diciendo lo que tengo que representar. Y, yo creo que también me dice cómo lo tengo que pintar. Esquemático? Pues esquemático.

-Pero condensado.

-Ahí está la cosa, el clima, la mirada de la escritora. Es lo que yo tengo que captar, también como lector.

-Es que, lo esquemático; o sea, el utilizar las palabras justas, con sentido condensado, en frases simples, a lo mejor muestra un torpor sentimental y primario. Esto se estudia como posibilidad, eh, se estudia.

-O es un freno.

-Exacto, o un freno para sentir tanto como para expresar. No pueden permitirse nada que no sean esencial, si siquiera la palabra que no sea imprescindible. Por ejemplo: Karharina tenía el rostro pálido. Y los ojos hundidos.

-Yo, así veo claramente a Katharina. Y la puedo sentir y luego la puedo pintar. Porque la palidez y los ojos hundidos se los da el clima que ha ido creando. Ella, me refiero a la escritora.

Llega un joven leyendo unas notas. No trae silla. El pintor le ofrece la suya, pero no la acepta:

-No, que me voy. A mí, la verdad, me llaman la atención muchas frases. Y lo que está detrás de las frases, claro. Pero ésta, quizá, la que más: “Aún les queda noche en el pico a las lechuzas”. Las lechuzas anuncian la muerte. Tú, cómo pintarías a los personajes, en general?

-Sin gestos! Así los pinto. Por el momento. Siempre están mirando. Observando, mejor.

El joven vuelve a su sitio, hacia el medio del Salón. La periodista comprometida se adelanta y se queda de pie al lado de la traductora. Tiene una copa de vino en la mano. Cielos, he olvidado la seña que tenía que hacer a la persona que se encarga hoy de pasar las bandejas. Pero ya viene ofreciendo, no ha sido necesaria la seña.

-Parece imposible fijarse en tantas cosas menudas que ocurren en un velatorio. Por ejemplo: que tiemble un pétalo de hortensia. Tengo aquí anotado un párrafo de ocho frases. Ocho frases con información básica, sincopada. Son apreciaciones caleidoscópicas de un instante. Es necesario repetir la lectura porque son muchas las sensaciones que provoca. Y, poco a poco, entramos a formar parte del párrafo. Del caleidoscopio. Nos ha atrapado. Es genial.

-Coges una lágrima de cristal y le metes agua de lluvia. Y de la lágrima sale agua salada. Y dice que la lluvia es dulce y que la sal viene del llanto de la lágrima.- esto acabo de decir yo desde mi asiento. Se me ha olvidado que debía salir al frente. Me avergüenzo un poco.

-“Las muñecas beben leche en los dedos de las niñas”.- propone la estudiante de Comunicación- Esta frase la estudiamos en clase. Y después, estudiamos el relato entero. Porque, estas niñas que dan de mamar a sus muñecas con los dedos, están siendo educadas en el sentido de que el tirano y su mujer; bueno, tiranos con todas las palabras los podíamos llamar nosotros desde aquí; pues que el Presidente y su mujer, les decían allá, eran el padre y la madre de todos los niños y de todas las niñas del país. Punto. No digo más.

El pintor va hasta el fondo del Salón y vuelve con un cuadro de mediano tamaño. Se desplaza un poco encorvado, como furtivo.

-Este cuadro lo titulo “La oscuridad huele a cebollas podridas”, y tú me has abierto el clima con lo de Ceaucescu. Yo me metí en aquella habitación oscura, y sentí el olor de las cebollas podridas.

-Se podría decir,- interviene el señor mayor- que es el olor del abandono. El olor de la miseria. Es el olor de la oscuridad que se teme. De la oscuridad que no se disipa. Es el olor que no da de comer.

-A lo que vamos, es a que, siendo como es tan poco explícita, o eso parece, no deja títere con cabeza.- dice la estudiante- Lo juzga todo. Las creencias, el clero, la política, el abuso de poder, el machismo. Y sin levantar el tono. Ella, nunca levanta el tono.

-Yo encuentro una cosa que quiero comentar, que me afecta en mi profesión. Quiero decir que al traducir, a veces las ideas chocan porque en los dos idiomas la realidad se expresa de forma y de sentimiento diferentes. Por ejemplo: ella utiliza al faisán como metáfora en uno de sus libros. Y en alemán, el faisán es un fanfarrón. Y en rumano es el que lleva las de perder. Porque el faisán no vuela, y el cazador le va a regalar una bala. Y es una metáfora utilizada en sentidos opuestos.

Sale un hombre al frente, llega de puntillas. Lo conozco, sé quién es. Pero no sabía que tuviese pensado intervenir. Se queda de pie en principio, quieto. Luego, se dobla por la mitad en una reverencia a la señora Müller. Hay un silencio en el Salón que corta el tiempo.

-Yo soy rumano.- empieza a decir Gabriel- De ascendencia puramente válaca, que yo sepa. He leído sus obras, señora; las he leído en su propio idioma y traducidas. Yo soy un rumano de la emigración. Yo soy un rumano que bebe mucho, como tantos de los hombres  que viven en sus historias. La mujer de Windisch disculpa a los hombres suabos que beben porque, dice, los hombres sufren mucho. Pero hay mujeres que beben mucho, también; allí no se escapa nadie. Yo estoy concorde con la mirada que usted tiene del mundo, porque asume y resume la espera, y no sólo la espera de los suabos. Yo estoy de acuerdo con la mujer suaba que escribe a favor de los gitanos rumanos, cuando los rumanos odian a los gitanos rumanos. Yo estoy de acuerdo con su visión de la tiranía instalada en Timisoara, y la instalada a dos horas de Timisoara, en Belgrado por ejemplo. Como usted dice, aquellas dictaduras se parecían, y usted y yo nos parecemos. Y nos parecemos al serbio y a la croata, y al joven sajón que malvive en un campo de trabajo ruso. Nos parecemos porque han tenido ivernando nuestro espíritu. A mí también me duele la garganta porque he estado mucho tiempo hablando conmigo mismo. Y estoy convencido, estoy convencido de que vivo en todas sus historias. Entro y salgo. Entro y salgo y vuelvo a entrar, en una y en otra. Porque también soy el tartamudo Wendel y soy las abuelas de sus cuentos. Y como ellos, tampoco he aprendido a expresar lo que hemos sentido, y lo que no nos han permitido sentir. Yo también tengo la cara gris.

Miro a Herta Müller y a los que la acompañan. Miro a los visitantes más cercanos, con toda la discreción posible. Parecen pendientes de las palabras de Gabriel. Ahora pide permiso para cantar una canción en rumano, que le trae recuerdos de su infancia, dice. Y comenzamos a oír una canción simple, infantil o rural
o antigua. Sólo puedo anotar de ella, como percibidas claramente por mi oído, porque me remiten al latín, estas palabras: “Florile dalbe, Flori de mar”. Las repite, como un estribillo. Yo conozco a Gabriel y me conmuevo, como me conmuevo leyendo  los escritos de la señora Müller. Después, ofrece cantar en alemán. Lo único que me suena, de lejos, para poder transcribir, es: “Stille Nacht, Heilige Nacht”. Canta muy bien, Gabriel, con buena voz y con mucho sentimiento.

Herta Müller nos mira. Aquí es corriente la creencia de que los ojos claros son inexpresivos. Pero, si al principio me han parecido tristes, ahora ya no me lo parecen. Tiene razón Gutierre de Cetina, el del madrigal renacentista: “Si de un dulce mirar sois alabados”. No tienen por qué ser inexpresivos; los suyos no lo son. Da las gracias a Gabriel en nuestro idioma. No en rumano ni en alemán. Gabriel se dobla de nuevo, por la mitad, en un saludo antiguo.

La  periodista comprometida propone un receso, muy oportunamente, después de los aplausos. Los visitantes se levantan y van saliendo. El pintor se me acerca y me ofrece uno de sus cuadros para colgar en el Salón. Dudo entre las cebollas que huelen a miseria, y las muñecas que maman de los dedos de las niñas. Ya lo pensaré, le digo. Lo hablaremos. Se van todos y yo me quedo escribiendo estas notas.

Viene la estudiante. Me pregunta si en la segunda parte tendrá también derecho a la palabra. Naturalmente, le digo.

-Es que, no he tenido ocasión de hablar sobre la utilización del tiempo presente, ya sabes, como estilo. Es que, el presente te mete en la acción. Te mete en los ojos de los personajes. Y eso. Y además, que en los ensayos sí que utiliza los párrafos amplios.

Le digo que podrá hablar de ello. Se va, y me quedo en silencio. Enseguida los alcanzaré. Ya sé a dónde han ido.

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  1. alfonso dice:

    todos los personajes son reales. Me interesaba la escritora. Ahora me interesa más. Me interesan las dos.

  2. Marina dice:

    La escritora es un ente más de ficción o todos los personajes son reales. Magnífica también Herta Müller, un hito

  3. vanesa dice:

    Este estilio de crítica literaria tiene mucho y bueno de mundo literario y acerca al autor y a las obras. Recuerda «No iba a ser una conferencia» y «Entre el sábado y el domingo»· En el Salón hay personas y hay ideas, hay vida. Me encanta. Me encanta Herta Müller