KAIBARA

Posted: 9th junio 2013 by Aurora in Crítica
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Además de las reinas-damas, monjas y putas de El Rey Pasmado, hay en el siglo XVII otros panoramas femeniles.

KAIBARA

Ediciones G.P.1963        Las geíshas          N.Kishi

“ Las mujeres nacen con los defectos de la indocilidad, el eterno descontento, la murmuración, los celos y la escasez de inteligencia”.

Así lo afirma el moralista japonés Kaibara, que, en el siglo diecisiete redactó un código sobre los deberes de la mujer.

Para este filósofo, las mujeres son muy inferiores al hombre, y por ello “es legítimo y oportuno que éste las someta a una dirección vigorosa”.

La mujer-asegura Kaibara- no podrá tener dioses propios. Su único dios será su marido, al que adorará al mismo tiempo que le sirve. “El esposo debe ser el único dios”.

Y como si reglamentase las ceremonias de un culto, añade: “La esposa debe vestirse con humildad, adornarse únicamente para inspirar deseos a su marido, levantarse la primera y acostarse la última, y mientras el esposo duerme la siesta, ella debe trabajar”.

En el Japón, la vida matrimonial está reglamentada por la tradición. Las costumbres, las leyes escritas, la organización de la familia, la jerarquía social, todo fue preparado para los hombres.

De tiempo inmemorial, la mujer japonesa es la esclava del esposo; y como esclava devota y sumisa, dispuesta siempre a complacer reverente en todo a su autoritario y caprichoso dueño. Y es que el hombre japonés ha tenido la habilidad de moldear durante siglos y siglos el pensamiento femenino de un modo tan sutil y provechoso para él, que la infeliz hembra todavía se muestra agradecida de que la tolere a su lado.

Las japonesas al estilo antiguo se esfuerzan por adivinar la voluntad de su esposo, cumpliéndola al instante. Adoran a su hombre como a un verdadero dios, le obedecen ciegamente porque están seguras de que no puede equivocarse, y al mismo tiempo se consideran dichosas cuando el marido se digna aceptar su sacrificio y su devoción.

La menor protesta femenina representa el mayor de los sacrilegios. Y es que todas las mujeres han visto desde su infancia cómo su  madre se postraba humilde ante el padre; aprendieron también en el propio hogar, que las mujeres son forzosamente las esclavas del hombre por ser muy inferiores a éste. De ahí que acojan con agradecimiento inmenso la más pequeña muestra de consideración o afecto del marido.

El japonés, en cambio, desde su niñez, aprende con el ejemplo de los mayores que la hembra sólo ha venido al mundo para servir y adorar al varón y procurarle placeres y goces materiales.

((Tuvieron que padecer una derrota sonada, tras la segunda guerra mundial, para que el emperador japonés confesara que no era un ser divino. Quizá los hombres japoneses, todos, tuvieron que reconocer lo mismo. Que haya cambiado mucho
su actitud frente a sus hembras  ya es otra cosa.

Todo hombre inteligente se conoce, y sabe que no es superior a la mujer. Ha venido demostrando que tiene las mismas capacidades intelectivas que la mujer. Por qué se rebaja tanto, al tratar de rebajarla?))

MOLIÈRE

Hachette    1949      Le classicisme         Henri Bénac

En el XVII en  Francia también se pensaba que el matrimonio concertado por el pater familias era lo más conveniente para la mujer, debido a su natural candidez vale decir cortedad de inteligencia, ((quizá el método para deshacer la misma había sido el mismo que en Japón)). Por eso, antes de que la aproveche un desconocido, a la tonta, vamos a concertar una unión ventajosa para la familia.

Pero, había mujeres cultivadas, entre las protestantes sobre todo, ((hugonotes)) que deciden abrir salones y formar parte del círculo de los “précieux” (de ahí, ellas “précieuses”) ridiculizadas por Molière en Les précieuses ridicules, Les femmes savantes, (sabihondas, no sabias) etc.  La tesis es siempre la misma: hombres malos-malos pueden burlarse de las mujeres, tontas-tontas. No cae en la cuenta de que el primer hombre malo malo es el padre. Y tonto-tonto, además. Sabido es que en el teatro del XVII no hay madres, seguramente porque habrían tenido que aportar el sentido común que los hombres querían negar a sus mujeres. Hay una de cal y otra de arena, de acuerdo; en la sátira salen mal parados los hombres, pero no sirve para que la mentalidad cambie, porque todo hombre piensa que el tonto del escenario no es él. Y el buen chico joven que acaba casándose con la tontita, cuando sea padre, qué hará?

Las Preciosas (y los Preciosos) pretenden pulir y perfeccionar el idioma, buscar la belleza y el decoro y “erradicar las malas palabras”, a partir del rechazo de los clásicos. Puede que hubiera preciosas tontorronas y preciosos tontorrones, que se caían de pedantes y culteranos.

Pero las  burlas se las calzaban las mujeres. Porque estaban rompiendo con la tradición.

Abraham BOSSE, pinta un cuadro. Representa “Un cercle de précieuses”. Es un hermoso salón barroco; hay cinco mujeres, tres están sentadas a una mesa; sobre la mesa hay libros. Una mujer, de pie, tiene en la mano derecha un instrumento de cuerda y muestra a las otras tres un libro abierto en la mano izquierda. Sobre un taburete hay más libros. La quinta mujer, de espaldas, se mira en un espejo, o mira la escena en un espejo. El aire es culto y elegante. Hay un perrillo sobre un cojín, quizá sea perrilla.

El título del cuadro es: “Les Vierges folles”.

Las Vírgenes locas.

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  1. Aurora dice:

    Es un gustazo repasar el libro de los comentarios del Salón. Gracias a todos.

  2. Yoana dice:

    Conocía otros cuadros de Abraham Bosse, pero no el que usted indica. Muchas gracias por la información, y por los datos en general, históricos y literarios.

  3. Vanesa dice:

    Te pones a pensar, y te va subiendo una rabia hasta la boca. Por la gran injusticia. Todavía nos llaman locas, cuando les pones delante los datos que todavía hay para poner delante. Y hasta cuándo

  4. Alexander dice:

    Breve y bueno. Estupendo.