LA ISLA DE LOS GORRIONES

Posted: 15th octubre 2012 by Aurora in Obras propias
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LA ISLA DE LOS GORRIONES

Se le rompió la bolsa de plástico al abandonar el supermercado y salieron a relucir por el suelo los botes de salsa de tomate, la pasta envasada y las cervezas. Al agacharse para recomponer el desorden, chocó su cabeza con otra cabeza cuyo propietario se había agachado también, y la ayudaba. Lo miró, vio los ojos del hombre a la altura de los suyos; unos ojos grandes y algo saltones, oscuros y calientes; nada serios.

-Deje, no se moleste.- dijo ella de mal humor

– No, si es por las cervezas. Se marean si dan vueltas

– Ah, claro. Bueno. Si me hace el favor, ya que es tan amable con las cervezas; voy a pedir otra bolsa a la cajera.

– Vaya tranquila, la espero aquí

Aquel “la espero aquí” penetró en su hondón como la hoja de un cuchillo. Resultaba cómico, quizá cómico, ya, que un desconocido la esperase a la puerta de un supermercado como la promoción del día: compre hoy más barato. Pretendió no darle importancia, podía considerarlo como uno de los pensamientos asesinos que la asaltaban últimamente por todas las esquinas de la memoria. Corte de mangas a la memoria. En la medida de lo posible y deseable, claro. De vuelta, pudo trasladar, con calma deliberada y tratando de reencontrar el buen humor, las cosas de nuevo reunidas, a la bolsa nueva…..

…- Es buena marca de cerveza. Le gusta, la cerveza. Si es que es para usted.

– Me gusta la cerveza, sí.

– A lo mejor no le importa tomarse una conmigo, aquí al lado. No tengo nada que hacer hasta las siete. Vivo en la isla.

– Es el último barco, el de las siete.

– Sí, Vengo dos veces al mes, a por víveres, cosas que… es que en la isla no se produce prácticamente nada.

Le contó, ya con los pies recogidos en el travesaño del taburete, y con el codo derecho apoyado en la barra del bar, que tenía una casa como todas las casas que había en la aldea, de planta baja y piso, pintada de blanco y azul; y un pequeño patio que había cubierto con un toldo contra el sol……..

….Ella le hizo un resumen de sus últimos tiempos, ni se le ocurrió mentir: tenía una hija quinceañera que había preferido quedarse a vivir en el norte con el padre; por los amigos, los novios: a esa edad son importantes las amistades ya hechas, y haciéndose; las amistades forman parte de la biografía de los adolescentes. Y tenía un pequeño apartamento en el pueblo, allí cerca, en la calle Ramón y Cajal, en el último piso sobre el “Dáncing Achúchame mucho”.

– Primera línea de plata.- dijo él, apreciativamente

– En el solar
de atrás hay una palmera,- dijo ella- afortunadamente, aún  no han construido. Queda poco ya para construir, en el pueblo.

Le contó que durante algunos años estuvieron, ella y su ex, alquilando el apartamento a veraneantes de dos y  cuatro semanas, lo habían comprado como inversión. Y después del divorcio, le servía de vivienda a ella, porque había preferido trasladarse al este para alejarse de su mundo roto; alejarse en lo posible. Tenía en la actualidad un modus vivendi muy de circo, dijo: “Sólo me faltan la carpa y unos aros grandes para hacer equilibrios encima. No, la verdad es que puedo enseñar bastantes cosas”, dijo con sonrisa heroica; “pero tengo que buscarme a la gente que quiera aprenderlas. No creas, es buen ejercicio contra la soberbia”. Y tenía, se traslucía claramente, él creyó verla en la mirada o en la sonrisa, o en la forma de estar sentada, o en la manera en que se retiraba el pelo de la frente; tenía una soledad espantosa en un pueblo costero atestado de gentes ansiosas de sol y distracción.

-Dentro de cuarenta y tres minutos sale el barco.- dijo él después de un vistazo al reloj- Te invito a mi casa. También hay un hotelito en la aldea, si lo prefieres; está casi enfrente, en la misma calle. No sé, te animo. Moverse es cambiar, casi siempre. O un inicio de cambio. Y a mí, me gustaría. Di lo primero que se te ocurra.

No dijo ni lo primero ni lo segundo. Tardó bastante en contestar porque se entretuvo en desmenuzar en el recuerdo cada rincón del pisito, paredes y suelo blanquísimos; cada mueble, blanco y funcional; cada segundo de los que la acecharían después de su vuelta solitaria. Recordó el perenne olor a comida, a fritanga y asados sobre todo, que había en el pueblo, y que aumentaba el ambiente de feria continua. De feria para los que estaban allí de feria.

Dijo que sí y se fue, con lo puesto y con él, a engrosar la cola de quienes esperaban subir al barquito. Curiosamente, nunca se le había ocurrido ir a la isla, apenas la conocía por referencias. La isla figuraba en el programa para turistas ansiosos de acumular experiencias bajo el sol. Se fue solamente porque, al fin y al cabo, ni en su casa ni en su vida la esperaba persona alguna, ni perros ni gatos, ni pájaros ni tortuguitas. No era día de clases, además. Y después del monosílabo afirmativo, ni siquiera muy acentuado, un monosílabo afirmativo al que hubiera podido acompañar un encogimiento de hombros, no volvieron a hablar…..

….Todos tenían sus bolsas y mochilas protegidas entre las piernas, y miraban hacia el mar con un aire ausente, con costumbre que los adormilaba; como los camellos miran al desierto familiar sin esperanza alguna de encontrar algo nuevo en la ruta. Hizo la mayor parte del viaje sola, acodada en la borda, y sintiendo cómo la brisa malpeinaba su pelo y hacía ondear el vestido largo y fino que contorneaba su cuerpo. Llegó a olvidar que el hombre podía estar mirándola. Llegó a olvidarlo.

No volvieron a hablar hasta que hubieron llegado a la isla, a las ocho y media de la tarde. Una hora en que los últimos turistas ya la habían abandonado, precisamente en el mismo barco en que ellos acababan de llegar. Aún guardaba en la retina el reverbero del agua, arrugada como la piel de un paquidermo de plata bruñida, y retuvo, nada más desembarcar, ecos de isla desierta que no está del todo desierta…..

…. La casa era más grande de lo que había imaginado. Había, en la planta baja, una cocina-comedor-sala de estar, con salida al patio. Un “cuarto de las tertulias”, le dijo el desconocido, en el que había cuatro maniquíes sentados, no todos vestidos. Y allí estaba, echado en un sofá, un chico joven y dormido, con los tobillos atados con un cordón blanco. Al desatarlo, con suavidad, el chico se despertó sin un solo gesto.

-No es que lo ate muy fuerte, atarle no es un castigo, es un código. Si está atado, sabe, de alguna manera, que nadie lo vigila, que nadie lo protege y tiene que quedarse quieto por su propio bien. Parece que no sufre. Antes contrataba a una mujer para que lo vigilara; pero no se entendían; no resultaba bueno para el chico y me lo encontraba con unas crisis muy violentas, que ahora le dan ya muy de tarde en tarde; nadie sabe por qué, deben de ser normales, en su enfermedad. No da mucha guerra, sólo hay que entenderle….

….También había en la planta baja un tallercito lleno de polvo, y de conchas y caracolas, de herramientas y de láminas metálicas en estantes de madera. En el piso alto, había tres dormitorios y dos cuartos de baño. Una terracita salía sobre el patio.

-Desde aquí puedo retirar los toldos, ves, los enrollo y los ato aquí arriba….

…- ¿Y los maniquíes?

-Te han llamado la atención. Bueno; al principio utilizaba uno, para algunas composiciones fotográficas. Me di cuenta de que el chico se sentía acompañado, y traje los otros tres. Le tranquilizan. Los toca, intenta vestirlos. Para él son personas que se le parecen, supongo….

…….

No quería quedarse en la casa, aún había luz del día. Una luz que difuminaba los contornos y que señalaba apenas la escasa elevación de una meseta sobre la que se alzaba una torre cuadrangular, impresionante. Se veía algo lejana, encuadrada en el final de la calle. Aquella meseta era la única elevación de la isla sin árboles.

-Mira, ese fortín está mirando hacia la ruta que traían los piratas africanos, todavía en el siglo dieciocho. Parece que podrían ser una manga de desharrapados, que venían aquí por diversión o por atavismo, o por nostalgia, quizá…..

….Había escuchado al hombre de pie junto a ella, en el vano de la puerta. Lo miraba con la cabeza un poco levantada porque era bastante más alto que ella…. Se fue sin haberse sentado siquiera. Decidió que se sentía como si hubiera estado sentada durante siglos. Recorrió la isla en poco tiempo. Contó hasta dos tiendas de camisetas y souvenirs. Un chiringuito con cartel en el que se anunciaban salchichas, estaba cerrado. Ocho restaurantes, nueve quizá, ya no estaba segura. Vio una iglesia de estilo indefinido, que amenazaba ruina a juzgar por el cordón que acotaba el acceso. Había montones de cemento y de arena, cerca de la entrada.  Constató que en una placita malvivían cinco palmeras resecas y doce matas de adelfa casi pardas. Unos cuantos gorriones picoteaban en el suelo, no pudo contarlos, son pájaros inquietos: saltan, vuelan y vuelven. Se oían conversaciones a través de las ventanas bajas de las casas. Contó las calles y las casas de la aldea fortificada. Después, fue subiendo hasta la torre, cuya puerta estaba clausurada por dos cerrojos de forja antigua. Tenía cuatro ventanas estrechas a cada lado, a dos alturas. En la cara opuesta al mar, unas chumberas se amontonaban contra la parte baja de la fachada. Resistió la tentación de contarlas: “Esta manía de contar las cosas es un recurso para tener la mente en activo, a falta de algo más esencial. Eso es luchar contra la fatiga mental. Me doy cuenta de que algo puede empezar a descomponerse”.

La noche se retrasaba más de lo que podía parecer normal; la luz duraba por encima de las sombras…. Había salido a la playa con prisa y riéndose como quien acaba de escapar de un peligro, y dejó luego que su cuerpo se secara con la brisa que ni siquiera era fresca en las primeras horas de la noche. El mar y la brisa agrandaban el silencio. Sólo estaban el mar, ella y las rocas. Y el cielo oscuro allí arriba, tan lejos. Y eso parecía ser todo. O, quizá no; quizá la sirena del barco lejano, o mejor el sobresalto, el despertar que le había producido la sirena, acabara de dotar con una cierta alegría aquellos primeros momentos de su primera noche en la isla. Sí, había escapado de un peligro, y se sentía orgullosa….. No tuvo que llamar porque la puerta estaba abierta…… (157)

-¿Qué quieres decirme con eso?

– Quizá quiera decirte que no tengo miedo a nada.

– Entonces, quédate…..

En un despertar, días más tarde, dudó entre la realidad y el ensueño. Si ella nunca había sido buena nadadora, si nadaba lo justito y en aguas tranquilas: una natación de salón, como quien dice. Y sin embargo, cuando saltó del barco, había tenido que batirse contra los remolinos y las estelas y los escollos….. (162)

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