LA PAPISA JUANA, NO

PERO LOS MALOS PAPAS SÍ ESTÁN DOCUMENTADOS

 

SEGUNDO INFORME

 

Para muestra, basta un botón: RODRIGO BORGIA, nacido en Xátiva (1431), reino de Valencia, y muerto en los Estados Pontificios en 1503

 

Un poco de historia previa, para situarlo:

En 1378 nace Alfons de Borja y Cavanilles, de padres provenientes de Borja, Zaragoza, en el reino de Aragón. Llegan al reino de Valencia siguiendo a Jaime I relacionado con la toma de Nápoles. Por afinidades y oportunidades políticas, (medió en el conflicto de los antipapas y convenció a Clemente VIII para que se sometiera al Vaticano, dando final al conflicto), y desde su cátedra de derecho en la Universidad de Lérida, atrae la atención de Vicente Ferrer. Entra como jurista y diplomático a servir a Alfonso V, y será nombrado obispo de Valencia. Llega a Italia en el séquito del rey. En 1444 es nombrado Cardenal por el Papa Eugenio IV. Es nombrado Papa en 1455, toma el nombre de Calixto III, es el Papa 209. Adopta a los dos hijos de su hermana: Pedro Luis y Roderic, y llama a Roma a su extensa parentela y a sus amigos españoles. Los italianos dieron en llamarles “catalanes”, con desdén no exento de ira, puesto que veían cómo prebendas y cargos más sustanciosos iban a parar a estos extranjeros que, desde el punto de vista político y por sus reiteradas ocupaciones de territorio itálico, no tenían muchas simpatías entre los italianos en general: eran cargos de la ciudad y de la Iglesia, porque ya estaban unidos el poder temporal y el espiritual; ya hemos visto al modesto profesor de leyes y bajo eclesiástico ir ascendiendo al amparo de la monarquía.

El sobrino Rodrigo fue nombrado cardenal a los veintiséis años y al año siguiente accedería al cargo inmediatamente inferior al de Papa: la vicecancillería de la Iglesia, que se ha convertido en una estructura de poder político. Este poder le ponía fácil el hacerse inmensamente rico. Y se hizo. Don Pedro Luis también acumuló riquezas, títulos y posesiones y, a modo de anécdota, atrajo las iras y envidias de los romanos, lo que a Rodrigo, un joven todavía bastante juicioso, le vino muy bien. Muerto el tío Calixto en 1458, Don Pedro Luis tuvo que desaparecer lo más rápido posible, y Rodrigo, con veintinueve años, empezó a vivir como un Cardenal de la época.

((Llama la atención, entre otras cosas, lo poco que solían vivir los Papas, que eran elegidos por regla general muy mayores, precisamente para que dejaran pronto el sitial a otros Cardenales ansiosos del poder vaticano.))

La vida disoluta en la que se estrenó este joven cardenal, llamó la atención del nuevo Papa Pio II. Quien, mientras fue Aeneas Piccolomini, en sus distintos cargos de ascenso hacia el poder papal, no fue un ejemplo, precisamente, de vida casta y juiciosa. Gran humanista sí que fue.

Pues el Papa se dirige al Cardenal Roderic de Borja en junio de 1460, en estos términos: “Amado Hijo: Hemos oído que hace cuatro días, varias damas de Siena estaban reunidas en los jardines de Giovanni di Bichis, y que tú, olvidando completamente el alto cargo de que estás investido, estuviste con ellas desde la hora diecisiete a la veintidós… Hemos oído que se bailaron las danzas más licenciosas, que no faltó ninguna de las seducciones del amor y que te condujiste de una forma totalmente mundana. La vergüenza me impide mencionar todo lo que tuvo lugar; no sólo los actos, sino los mismos nombres son indignos de tu posición. Para que pudieras dar rienda suelta a tu lascivia, no fueron admitidos los padres, maridos, hermanos y deudos de las jóvenes…”

Pío II había pasado ya por alto algunas veleidades del joven cardenal, pero al parecer, este escándalo en Siena había tenido excesiva resonancia social. Y sólo tres años antes, cuando el tío lo había nombrado cardenal, el propio Piccolomini había escrito sobre él: “Nuestro canciller, Rodrigo Borgia, el sobrino del papa, es joven, sí, pero su conducta y su buen sentido le hacen parecer mayor en años.”

Hacia 1470, el cardenal Borgia estaba considerado como el segundo hombre más rico del Sacro Colegio, y esta institución acogía a los hombres más acaudalados de Europa, cardenales todos ellos.

“Es un hombre enormemente rico, y sus relaciones con reyes y príncipes le dan gran influencia. Ha construido un bello y confortable palacio para sí mismo entre el puente de Sant’Angelo y el Campo di Fiori. Los ingresos de sus cargos papales, sus abadías en Italia y en España, de sus tres obispados: Valencia, Oporto y Cartagena, son vastos. Sólo su cargo de vicecanciller le deja anualmente 8.000 ducados. Su vajilla, sus perlas, sus ropas bordadas con seda y oro, sus libros, son todos de tal calidad que serían dignos de un rey o un Papa. Casi no necesito mencionar las suntuosas colgaduras de la cama, las gualdrapas de sus caballos y cosas similares de plata, oro y seda, ni la gran cantidad de monedas de oro que posee. En junto, se cree que posee más oro y riqueza de toda suerte que todos los cardenales juntos, exceptuando a Estouteville”.

Rodrigo Borja, o Borgia ya italianizado, no acumulaba riquezas por hacer mero alarde u ostentación. Quería ser Papa, y tenía bien claro, porque la experiencia así lo demostraba, que en la elección del cargo de Papa no intervenía el Espíritu Santo sino la compra a buen precio de la silla de San Pedro. En épocas anteriores tampoco intervenía el Espíritu Santo, ser pacífico donde los haya, sino la victoria de las espadas de una facción o de la otra. Pero, al ir avanzando los pueblos en conocimiento, pareció más disimulado este otro procedimiento, menos ruidoso, quizá: el del oro.

En el cónclave de 1484, después de la muerte de Sixto IV “se le escapó la tiara”. Tenía muchas esperanzas, seguramente ya había repartido dineros como mejor le había parecido, pero nadie se fiaba de él. Entonces se acuñó uno de los proverbios más duraderos: “Quien entra al cónclave como Papa sale de él como Cardenal”. O sea que hay que ser humilde, o parecerlo al menos.

EL Cardenal Cybo firmó promesas y los cardenales lo votaron y de allí salió el Papa Inocencio VIII que posteriormente rechazó dichas promesas en bloque. Fue el papa 213.

Pese a su nombre, tuvo una vida licenciosa, tuvo tantos hijos que con razón Roma lo llamaba padre. Hasta entonces, los Papas habían introducido en la corte a sus hijos bajo el nombre de sobrinos, pero Inocencio los reconoció abiertamente y los colmó de riquezas sin ningún pudor. Uno de sus hijos, Francesquetto, creó tal montaje de Hacienda junto con el vicecanciller, para la venta de perdones y cargos, que ambos se hicieron inmensamente ricos.  Nadie pensó entonces que Borgia pudiera haber sido peor representante de San Pedro.

Muere Inocencio VIII en 1492, el cónclave se inicia el 6 de agosto. “Todos sabían que el rey de Francia había depositado 200.000 ducados de oro en un Banco para asegurar la elección de Giuliano della Rovere, y que la república de Génova le había imitado con otros 100.000 en favor del mismo candidato.”

Flaco favor hicieron a Rovere, puesto que los Cardenales no querían ni de lejos la injerencia del rey francés en los asuntos del Sacro Colegio que, a fin de cuentas, extendía su poder por toda Europa, y no querían tener en casa la influencia francesa.

En la primera semana no se destacaba ningún candidato. Un observador de Ferrara hizo una lista de los posibles papables y Borgia figuraba en último lugar. Quizá los cardenales votantes esperaran pacientemente a que el Cardenal valenciano abriera su bolsa, ya que se había jactado de que tenía oro como para llenar la Capilla Sixtina. Para qué precipitarse? El espíritu Santo podía vivir tranquilo, sin prisas.

“Para el 10 de agosto, Rodrigo Borgia había comprado ya los votos de trece cardenales”. Los Cardenales eran ricos de casta, pero la ambición parece no tener fin; no necesitaban dinero para vivir, pero sí para sus vidas licenciosas, así que vendían su voto. Bonifacio VIII había estafado a todos: había prometido y luego volvió la cara. Sabían que Borgia no haría lo mismo porque era demasiado orgulloso para ello. Aquello era un mercadeo, un chalaneo, do ut des, que decían los romanos: te doy para que me des; se comerciaba con las cosas de Cristo. Ascanio Sforza, de la dinastía reinante en el ducado de Milán, era el irreductible. O lo parecía; pero sobornos y promesas lo iban ablandado: un arzobispado, una abadía, dinero: pídeme y te lo concederé. Obtuvo la rentabilísima vicecancillería y un montón de dinero que Borgia le entregó inmediatamente transportado por cuatro mulas; oro o plata, nunca se supo.

Quedaban ocho cardenales por convencer, pero Borgia sólo necesitaba ya un voto, y eligió bien, agudo como era: eligió a un cardenal de noventa años que, por mucho que pidiera, sabía que no tenía mucha vida por delante para disfrutarlo y por tanto fue fácil de comprar: el cardenal de Venecia. Obtuvo la ridícula cantidad de 5000 ducados; cualquiera de los otros cardenales le habría pedido muchísimo más, pero no fueron necesarios y quedaron exactamente igual de ricos que antes, decepcionados quizá. Una vez que Borgia obtuvo la mayoría necesaria, entró en funcionamiento el Espíritu Santo. Era el 11 de agosto del año de gracia de 1492.

“¡Soy Papa, soy Papa!”, gritó excitado, y se apresuró a vestir lujosas prendas. No hizo las modestas protestas que tan bien quedan: “No soy digno”, “Que Dios os perdone el haberme elegido”, etc.

Al contrario: hizo imprimir millares de octavillas para repartir entre la población, en las que se leía: “Tenemos por Papa a Alejandro VI, Rodrigo Borgia de Valencia”. Y en esto demostró también que no era un hipócrita, porque no eligió nombres modestos como Inocencio, Bonifacio Pío, Clemente, sino que se colocó el nombre del primer y mayor conquistador del mundo conocido entonces: Alejandro el Magno.

Decimoquinto Papa a partir de su tío Calixto III. Supuso: Nepotismo. Simonía. Vidas paralelas con mujeres e hijos. Lujo difícilmente sopesable. Venenos que circulaban soterradamente. Afán de poder desmedido. Olvido del pobre carpintero que había sido propuesto por ellos mismos como ejemplo de amor, paz y justicia universales.

Corrupción máxima, diríamos hoy.

 

Hasta aquí, el segundo informe sobre algunos Papas que nos envió la Periodista Comprometida, (La P.C.) también fundamentado en Los malos papas de E.R. Chamberlin

 

 

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  1. Xavier dice:

    Suntuoso el Salón, de continente y de contenido. Agradable en todo más que el Vaticano

  2. Renée dice:

    Unos datos muy pero que muy interesantes, y los que habrá referidos a todos los otros; imperfecta obra como todo lo humano.