LA PASIÓN DEL ORO

Posted: 1st septiembre 2015 by Aurora in Crítica
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-Tenéis harta razón, fray Bartolomé, el motivo es todavía bien poco claro.- dijo fray Montesinos.

– Pero no es poco interesante la iniciativa de reunirnos y buscar, hermanos. En la búsqueda puede aparecer la luz.- dijo fray Pedro de Córdoba.

-Ninguna luz había por aquí, ciertamente, en la noche del once de octubre del año de mil cuatrocientos noventa y dos. Pero el Almirante insistía, y al final todos vieron «como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba».- sacó de su memoria fray Bartolomé.

-A las diez de la noche,- sonrió fray Pedro- a más de diez millas, ni lumbre ni candelas pudo ver Colón, aunque fuera noche sin luminarias en el cielo.

-En su imaginación y en su deseo lo vio.- dijo fray Bartolomé

-Y en su necesidad, los demás creyeron ser cierto.

 

Remaban los tres frailes acompasadamente por unas aguas esmeralda, turquesa a veces, onduladas de blanca espuma en pequeños remolinos. No parecían remar con esfuerzo, más era un lento volar rozando el agua.

-Eso es sabido; pero, por qué vamos metidos en esta exigua embarcación, rumbo a dónde?- preguntó fray Bartolomé.

-Vinieran con nosotros Bernardo de Santo Domingo y Domingo de Villamayor, si Dios fuese servido de habernos proveído de mejor barca. Y de esa manera, navegaríamos juntos los cuatro hermanos que llegar hicimos juntos a La Española en mil quinientos diez, y firmar hicimos luego aquellos sermones que pusieron en carne viva a los encomenderos primero, y a la Corte de Castilla después.- fray Montesinos dejó suelto un poco de fulgor en sus ojos oscuros.

-En realidad, hermanos, yo me hice notorio poniendo de manifiesto algo que vuestras mercedes ya habían gritado a la rosa de los vientos desde mil quinientos once.- reconoció fray Bartolomé.

-Redactamos los sermones entre los cuatro y los cuatro nos comprometimos por igual con nuestras firmas. He leído en algunos textos: «Fray Montesinos fue el primer defensor público de la libertad humana en el Nuevo Mundo». Pero yo sólo fui la voz, por más tonante o por de más edad, o porque el dedo del Altísimo así lo quiso, con toda humildad lo digo.

-Su merced fue el grito.

-El grito ya venía dándolo  el propio Jesucristo: EGO VOX CLAMANTIS IN DESERTO.

-Bien, fray Antonio. Pero henos aquí remando por entre un dédalo de islas grandes y pequeñas, islotes y rocas. Una vez más, marcáis mi camino, pero adónde nos dirigimos? Gaviotas y alcatraces juegan con sus vuelos sobre nuestras cabezas, y el viento agita sin tregua esta pobre enseña de nuestra Orden, que de vela nos sirve. Mas, adónde vamos esta vez?- la cara apergaminada de fray Bartolomé se extendió en una sonrisa sin alegría; una sonrisa de santo.

-Hay una cuestión que nos mueve, es ésta: pisó Colón, por primera vez, tierra del Nuevo Mundo, en Guanahani?- preguntó fray Pedro.

-Así lo atestiguan numerosos documentos, si es que el testimonio del propio Colón no bastara.- dijo fray Bartolomé.

– Y que Guanahani es la isla que Colón apellidó San Salvador?

-Así está escrito y atestiguado. Yo mismo vide el Diario de a bordo de Colón, y escribí sobre él.- dijo fray Bartolomé con su voz de octogenario cansado en mil combates, y finalmente vencido.

-Bien, pues en una hoja volandera hemos leído recientemente que la isla que hoy responde a ese nombre de San Salvador, y se apellida Watling, no es Guanahani. Colón, en tres fechas que por allí anduvo con los suyos y hablando con los indios, se equivocó. Se equivocaron todos. Eso se dice ahora.

Todas las luchas juntas se le agolparon a fray Bartolomé en sus cansadas espaldas y pareció abatido. Pero su memoria despertó segura:

-«A la primera isla que yo hallé, puse el nombre de San Salvador, los indios la llaman Guanaham».

-Cierto, hasta mil quinientos no figura el nombre verdadero de Guanahani, que Colón, quizá por tener otro idioma nativo, no entendió bien. Juan de la Cosa, en su mapa, así la llama. Aparece en el centro-este de las Lucayas y al norte de Colba, que luego será Cuba.

-Así es. Y Pedro Mártir de Anglería nos dice que Colón tomó un nativo de Guanahani que llamó Diego Colón, y lo crió con sus propios hijos.

Y efectuaron los rituales que exigía la legislación desde los romanos para legitimar la toma de posesión: «Con l espada cortaban troncos y ramas de árboles y luego los metían en tierra, haciendo ver, simbólicamente, que los nuevos brotes suyos eran: LA TIERRA Y LO QUE EN ELLA CRECE. Marcaron con cruces los caminos y cortezas de árboles. Era el ritual de toma de posesión de Guanahani, y allí estaban el veedor Rodrigo Sánchez de Segovia y el escribano Rodrigo Escobedo, dando fe.

-Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo sevillano, en su Islario General, describe la situación; habla de dos islas juntas, Guanahani y Samana y entre ellas dos isletas pequeñas y tres isleos sin nombre, etc. Y Alonso de Chaves anotó la latitud de Guanahani en su Espejo de Navegantes, y habla también de la isla Samana y dice estar situada al este-nordeste d’ella. Y la describe: Tiene un puerto a la banda del nordeste, y delante d’el unos tres islotes, y esta isla se parece a Samana», dice de Guanahani, «… y es la que primero fue hallada cuando se descubrieron estas Indias».

-El mismo Hernando Colón testifica: «A la primera denominada por los indios Guanahani la llamó San Salvador».

-Están diciendo ahora que Guanahani es Samana; Samana Cay, más exactamente. Es una pequeña isla deshabitada, cuando ellos hablan de isla grande y populosa, con una gran península, rodeada de arrecife y con laguna interior. Además, si una isla se parece a Samana, no es Samana!

-Y no sabemos todavía por qué este hecho nos ha despertado de nuestro letargo, y venimos con vuesa merced no sabemos a qué.

-Habla Colón de los nativos que acudieron, «desnudos como su madre los parió». Buenas gentes le parescieron y trataba de ganárselos: «Yo, porque nos tuvieran mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con Amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados, y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer, y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro. Y vi que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado con un agujero que tienen en la nariz. Y por señas pude entender que, yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho…. Y también aquí nace el oro que traen colgado de la nariz, mas por no perder tiempo quiero ir a ver si puedo topar a la isla de Cipango… Luego venían nadando a donde estábamos y traían papagayos, y hilo de algodón en ovillos, y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos como cuentecillas de vidrio y cascabeles».- rememoró fray Bartolomé.

 

Estaba la pequeña embarcación detenida junto a un peñasco en el que una gaviota despiezaba la carne de un pez del que sólo iban quedando ya la cabeza y la espina. Fray Pedro tenía la mano derecha dentro del agua y la sacó de pronto con un hermoso pez preso en el puño. Una gaviota pasó rápida y se lo arrebató y fue a posarse con él  en el mismo peñasco. De inmediato, la gaviota que había terminado su almuerzo se lanzó sobre ella y su presa. Riñeron y, al fin, la gaviota primera desalojó, y los tres frailes se miraron y se entendieron con graves signos de asentimiento de sus cabezas tonsuradas: «De fuera vendrá quien de tu casa te echará». Viejo proverbio castellano.

-Recordemos, hermanos, aquellos memorables sermones de los dominicos en los que era señalado el Poder, la rapiña, el descreimiento mayor: «Decid, con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios?- rememoró fray Montesinos.

-Yo, por aquel entonces cura Las Casas, y encomendero, encontraba el sistema de Encomiendas justo, y buscaba oro como los demás. Yo también vivía en pecado.

-Y a su merced le fue negada la confesión como a otros encomenderos, lo había prometido en mi sermón: «NO CONFESARÉ A QUIEN MALTRATE AL INDIO, MÁS QUE AL QUE ASALTE CAMINOS. Y PODÉIS IR CON LA HISTORIA A LA MISMA CASTILLA». Y el propio Diego Colón vino al convento con intenciones de hacernos callar y hacernos cambiar de idea; con prohibiciones de seguir hablando del tema. Y envió mensajeros a las corte de Castilla, como yo le propuse que hiciera.- fray Montesinos se había levantado como quien habla desde el púlpito, y se quedó un rato oteando el horizonte de islotes, gaviotas, delfines y cursos y corrientes de agua. Y un cielo infinito.

-Y yo tuve que ir también a la metrópoli, para responder en la Corte a las acusaciones que nos hicieron.- dijo fray Pedro de Córdoba.

-Tan bien hicisteis vuestro trabajo, que el rey pidió revisar «las cosas de las Indias», y fueron suavizadas las leyes de Burgos.

-Y yo también fui a la Corte, con las limosnas que recogimos de quien quiso ayudar, que tantos no quisieron dar nada.- dijo fray Montesinos- Y ya en la Corte veía imposible llegar hasta el rey porque todo eran espías e impedimentos, por intereses creados, lógicamente, pues había cientos de indios explotados en la metrópoli. Quería yo decirle que las leyes eran buenas, pero que la practica no lo era. Hasta que un día, el maestresala del rey se descuidó, y penetré en la regia estancia, y hablé al rey. Y lo más importante es que él me escuchó, y al año siguiente fueron revisadas las leyes de Valladolid  para el buen trata a los tainos.

-Buenas palabras que se volvían negro en la práctica de los encomenderos, ciegos por el oro que encontraban, o que querían encontrar. A veces, en las espaldas de los tainos, oro rojo y caliente.

-En aquellos días de mil quinientos doce, o trece, yo todavía andaba recelando entre las coordenadas de la nueva luz que habían lanzado sobre mí vuestros sermones.- reconoció fray Bartolomé.

-En pacífico desasosiego viviríais, que a nosotros nos llovían amonestaciones de los cuatro puntos cardinales: de los políticos, de los encomenderos, de nuestros superiores y de la Corte.

-El provincial, fray Alonso de Loaysa, desde Castilla, veía peligrar nuestra misión y recomendaba bajar la voz. Y la cabeza. Prudencia, nos recomendaba, entre el deber de la religión y la política.

-Y cuando no, la misión de Cumaná, que tan bien empezó y tuvo un desarrollo trágico.

-Cómo fue que fue.- preguntó Las Casas- Dato y detalle perdidos tengo yo entre la bruma del tiempo. Y cuando no, mezclados con mi propia experiencia trágica en Cumaná.

-Cuente su merced, fray Antonio.- dijo el prior, remando de nuevo.

-Bajo órdenes del rey fuimos a cristianar a tierra firme, era el año de mil quinientos trece. A mi mando, bendito sea el Todopoderoso que quiso cargarme con tal responsabilidad, venían fray Francisco Fernández de Córdoba, un lego nombrado Juan Garcés, y venían intérpretes y colaboradores. Eran los últimos días del año. Llegamos en paz a Cumaná y en paz fuimos recibidos. Construimos casas, iglesias y escuelas. Cuarenta nativos para el estudio teníamos, entre chicos y grandes.

-Deje, hermano, que siga yo, porque su merced revive en exceso lo que pasó. La misión de Cumaná fue asaltada por un tal Gómez de Rivera, que buscaba esclavos. Capturó al jefe, familia y criados. Nuestros frailes no pudieron evitarlo, cómo habrían podido evitarlo. Los indios, pacíficos y nobles, se enfurecieron justamente, y mataron a los hermanos dominicos, santos mártires inocentes, que sólo compartían con Gómez de Rivera el color de la piel y la procedencia.

-Gómez de Rivera vendió en Santo Domingo a los indios, y el hermano Pedro, este santo hermano Pedro nuestro, rescató a casi todos y los devolvió a Cumaná. Y en el mismo lugar del sacrificio de nuestros hermanos, en el Puerto de las Perlas, fundó de nuevo, y allí quedaron nuestros hermanos misioneros al mando de fray Luis de Castro; Dios los haya en su Gloria.

-Tanto venía yo pensando en las palabras de su merced en aquellos famosos sermones, y en sus Cinco Principios que recuerdo bien y que son: Que no existen diferencias sociales a los ojos de Dios. Que la esclavitud y la servidumbre son ilícitas. Que se debía restituir a los indios su libertad y sus bienes. Que se debía convertir a los indios al cristianismo con el ejemplo. Que las leyes de la religión están por encima de las leyes de particulares y del Estado. Yo quise hacer, también, mi experimento en Cumaná, y demostrar a los encomenderos y políticos que era posible la penetración en paz.

-Cuente su merced, ya que estamos en este marasmo de plácida calma y sin saber a dónde dirigirnos. Aunque, tengo fe y esperanza de que en poco tiempo llegaremos a saber adónde ir, y por y para qué.

-En la primavera de mil quinientos doce me traslado a Cuba como capellán de Pánfilo de Narváez y para cristianizar a los nativos. Los indios me llamaban el Behique Bueno porque buscaba siempre parlamentar y ganar la confianza de los caciques y sus pueblos. El Behique era un miembro importante de su grupo, entre médico y profeta. Los castellanos me utilizaban como intermediario y defendí siempre a los sublevados y prometía el amor de Dios a aquellas gentes. Pero, me sentía mal utilizado, por cuanto el Poder buscaba mi ayuda para aplacar a los indios y no para tomar decisiones ANTES de que los nativos hubieran de sublevarse. Esta situación me mantenía incómodo con el Poder, fueran hombres de la milicia o de la política. Me dan un Repartimiento de indios. No pensé yo entonces que era medida para taparme la boca, es mil quinientos catorce, en Canarreo. Pedro de Rentería era mi socio. Yo pensaba en el oro. Pensé en el oro con pasión, es decir con pecado. Ahora sé que los sermones escuchados a su merced cuatro años antes hicieron que yo aprendiera a respetar a los indios, amarlos incluso. Pero por aquel entonces amé más el oro. Hasta que unos hermanos dominicos que llegaron a La Española, me dijeron que yo era conocido y respetado por mi buen trato cristiano a los indios. Y fue entonces cuando germinó la semilla que su merced había sembrado en mi alma cuatro años antes. Me sentí no tan sólo hermano sino también protector comprometido. Y renuncié a Encomiendas y Repartimientos, y Pedro de Rentería estuvo de mi parte.

Pedro de Córdoba sacó del agua un pez verdoso que brilló bajo los rayos del sol. Abrió su mano y el pez volvió de la palma al agua, libre. Y dijo fray Pedro:

-Yo puedo decir lo que pasó en Sancti Spiritus en aquel mes de agosto de mil quinientos catorce, puesto que su merced me lo refirió poco después. Y me hace sonreír por el paralelismo que se da con el asunto de fray Antonio.

– Asunto sermones, tengo entendido.- dijo fray Montesinos, sonriendo levemente.

-El mismo programa, Dios sea loado. Primer sermón de fray Bartolomé: contra el trato injusto a los indios. Los encomenderos se quejan de que un igual se manifieste contra el sistema de repartimientos. Fray Bartolomé decide no ser igual y visita a Diego Velázquez, quien le dice que lo piense, que lleva camino de convertirse en un hombre muy rico, que morigere sus sermones. El quince de agosto, en el segundo sermón, su merced se ratifica en sus acusaciones y cede sus encomiendas. Qué gran escándalo. Qué indignación en la colonia!

-En el medio del camino de mi vida, con treinta años, oí por fin la voz que clamaba en el desierto. En La Española me encontré con su merced, que me escuchó como hermano. Fui a España, muere el rey católico, hablo con Cisneros y ahí empieza mi verdadero apostolado, el combativo. Me nombra obispo el nuevo rey y vuelvo a este continente y empieza mi aventura en Cumaná: nuevamente hacen caso de nuestros ruegos, los vuestros y los míos, y me permiten aplicar nuestras teorías: «Poblar la tierra firme sin derramar sangre y anunciar el Evangelio sin estrépito de armas». Partimos para Puerto Rico, es diciembre de mil quinientos veinte, y allí nos llega la noticia peor: es la pasión del oro otra vez: Alonso de Ojeda había organizado una cacería de nativos, que estaban furiosos, como es de entender.

-Nuevamente los dominicos pagaron con sus vidas la pasión del oro.

-Así fue, Dios los tenga en su Gloria. Luego, Diego Colón ordena a Ocampo que bata la tierra firme y dé escarmiento. Yo muestro a Ocampo mis documentos de posesión. Le digo: No podéis entrar en esas tierras a sangre y fuego, porque me pertenecen. Y no me mostró respeto alguno, de qué sirvió mi Cédula real. Vuelvo a La Española en busca de ayuda.

-Cuantísimos viajes hicimos, su merced y nosotros, entre islas y entre islas y tierra firme, y a la península. Me lo recuerda este momento en que nos movemos por estas Lucayas, sin grande acuerdo.

-Para cuando os concedieron un par de carabelas con que volver pudierais a tierra firme, yo ya había muerto.- dijo fray Pedro de Córdoba.

-Así es, Dios sea servido. Vuelvo, y en Cumaná me recibieron bien los franciscanos, pero no los soldados de Ocampo, que viven en un campamento que ellos llaman Nueva Toledo. No me reciben bien porque yo soy la autoridad, y en MI encomienda no se esclavizan indios, porque «en verdad que son tan libres como yo», según ya le había yo manifestado al rey Carlos Primero.

-A la postre, quién puede más,- preguntó fray Montesinos- quien tiene ideas de paz, o las armas y las invasiones?

-Pregunta retórica, hermano Antonio. Yo vide en aquel entonces que las cosas entre los guaquiríes se ponían mal; vide que su recelo y su indignación crecían, y me fui a Santo Domingo para buscar ayuda, era diciembre del año veintiuno. Y fui traicionado por quien yo creía mi fiel segundo, al que alcanzó la pasión del oro y se dio a esclavizar indios; era tentación harto fuerte. Y con aquella masacre fracasó mi experimento y fracasó mi fe, ante tanta podredumbre. Y volví a la península, y tuve el apoyo de fray Francisco de Vitoria, incluso en la polémica con Juan Ginés de Sepúlveda. Este secretario áulico de Carlos Primero, defendía la conquista y la explotación de los nativos basándose en su inferioridad. Qué inferioridad! Agrias discusiones tuvimos los dos, en Valladolid. Sin embargo, Vitoria y sus Justos Títulos sentaron la base  del Derecho Natural. Y a mí me unen a él, Dios sea loado, en cuanto mérito para fijar las bases de los derechos humanos se refiere.

-Rememos, hermanos, hacia la isla de Guanahani. Ojalá esté tan lejos como larga pueda ser la esperanza!

-Allí, quizá por la prisa, como él mismo nos cuenta, no hizo el Almirante otra cosa que trocar cosillas de poco valor.

-Es que no había oro.

-Llegó en paz, se fue en paz, y en paz quedaron los nativos.

-Rememos.

-Sigamos buscando, hermanos.

-Un Eldorado de la paz.

-Esto suena a sermón.

-Es natural.

 

 

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  1. Vanessa dice:

    Silenciadas Lucayas. Yo no aprendía nada sobre ellas. Ni el nombre

  2. Inna dice:

    más veces lo leo más me engancha. Voy a montar un viaje para llegar a Guanahani y allí escribiré un libro. Me llevaré un buen cargamento de documentos. Espero ser muy feliz

  3. Lorenzo dice:

    Daría el tema para más sesiones del Salón. Muy interesante planteamiento

  4. Louise dice:

    Me encanta este realismo mágico, serio y entretenido e instructivo

  5. Antton dice:

    La pasión del oro llevó a Martín Pinzon a deserta y buscar oro por su cuenta. Cuando volvió, el Almirante ni le dijo nada, eran tal para cual

  6. Inna Gerlz dice:

    Poco a poco me he ido metiendo. Una lección de historia. De ética. Para meditar. Buen tema. Siempre vigente.