LAFARGUE

Posted: 3rd junio 2019 by Aurora in Crítica
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El matriarcado

de

LAFARGUE, Paul   (francés-cubano de Santiago de Cuba 1842- Draveil 1911, periodista, médico, teórico político  y revolucionario. Expulsado de Francia en 1865 por su oposición a Napoleón III, colaborador de la publicación “La Rive Gauche”. En Londres conoce a Karl MARX y casa con su hija Laura. De vuelta en Francia participa en la Comuna de París 1871. Derrotados se exilia en España y  publica el Manifiesto Comunista y se distingue en la pugna entre los marxistas y los seguidores de Mihail Bakunin

 

 

TRANSFORMACION DEL MATRIARCADO EN PATRIARCADO

 

Casi todo nos viene  de la antigua Grecia y de sus antiguos dioses. Una leyenda conservada por Varrón, cuenta que, en una votación popular de hombres y mujeres, habitual, ganaron las mujeres por número: había una más. Habían elegido a Minerva y los hombres habían elegido a Neptuno; el motivo de la votación, no hace al caso. Neptuno se enfadó con las mujeres. Para aplacarlo, los hombres suprimieron el derecho al voto de las mujeres y  también desautorizaron a los hijos que siguiesen llevando el nombre de la madre como hasta entonces había sido costumbre, y, finalmente, se obligó a las mujeres a renunciar al nombre de atenienses. De ahí en adelante, sólo fueron las mujeres de sus maridos. No puede estar más claro.

– Una curiosidad: ¿Quién dijo, o quiénes dijeron que Neptuno se había enfadado con las mujeres? No consta, sólo el colectivo “los hombres” (50)

– El nombre, el linaje y la herencia, se habían transmitido hasta entonces por vía materna. Parece lógico porque, quién podía tener claramente la evidencia de su ascendencia? De quién, realmente, eran los hijos en aquellos tiempos en los que no se ligaba el coito con la concepción? Pero, los hombres tenían que hacer que aquello cambiara. Inventan el matrimonio monogámico.

“Las leyendas homéricas son la historia de los odios, de las codicias, rivalidades y luchas que surgieron entre padres e hijos, y entre hermanos, cuando los bienes, y el rango, en vez de ser transmitidos por la madre, empezaron a serlo por el padre” (51)

–Eso quiere decir que, mientras el poder económico y familiar estuvo en manos de las mujeres, la gente vivía en paz. Quiere decir que el poder en manos de varones, tiende a la guerra. No hay que pensar mucho para saber si es cierto o no: se ve, la Historia es una sucesión de horrores. La Historia de los hombres- macho.

En las tragedias clásicas está plasmada la lucha terribilísima por el poder que sostienen los hombres: contra las mujeres y entre ellos mismos. Matricidios, parricidios, uxoricidios, fratricidios. Ya no había ni ley natural; el poder es razón de vivir de los portadores de testosterona, su objetivo último, como fieras, o peor que fieras, porque las fieras no tienen ambición ni calculan el daño al prójimo. Se ha iniciado el retroceso. A partir de ahí, el cerebro humano (de los hombres) va a desarrollar habilidades portentosas en ciencia, menos en humanidades. La ciencia va a servir, también, al poder; cuando éste lo decida. Los hombres varones han inventado una sarta de historias literarias referentes a los dioses, para que éstos los beneficien a ellos. Hasta Júpiter va a tener dos hijos: Dionisos, que le sale de un muslo, y Minerva  que le sale directamente del cerebro, hace falta ser retorcidos, y envidiosos. Parir, que hasta entonces había tenido un sentido de poder femenil, ya no tiene importancia: la mujer pare lo que el hombre ha depositado en su interior: ningún mérito la asiste: vive como esclava, pare porque es esclava, o animal doméstico. Aceptará que el marido tenga otras esclavas. La sumisión humillante no tendrá fin. Es el triunfo de una hormona que portan los machos, necesaria `porque  les daba ímpetu y fuerza para luchar contra otros machos por hembras, por territorio, por comida, en su estadio animal: por supervivencia. El cambio no es grande. Después de un período de matriarcado, pacífico, se despliegan los horrores de la animalidad; se retrocede.

Lafargue y otros lo ilustran con nombres propios del Olimpo. Hoy, ya nos queda demasiado lejano, porque no deja de ser una componenda de aquellos griegos anteriores a Sócrates, Platón, Aristóteles, que hicieron lo que buenamente pudieron: nos dejaron pensamiento, racionalidad. Al común, no le sirve de nada: la mayor parte

sigue confiando en el poder de la fuerza y de la razón de sus glándulas seminales.

-A mayor abundamiento, y aunque acabamos de decir que no haremos caso de los nombres propios, sí traemos a LAS EUMÉNIDES. Nacieron de la Noche, de número incierto, terminaron siendo tres:

Alecto la implacable o justiciera, castigaba los delitos morales.

Megera la celosa, castigaba los delitos de infidelidad.

Tisifone, la vengadora, castigaba los delitos de sangre.

A pesar de pertenecer al Olimpo, los dioses nuevos no les tenían aprecio porque representaban una moral estricta, no eran disolutas como tantos de sus compañeros dioses y diosas. Y los mortales huían de ellas: Erinias y Furias (romanas); los mortales hombres, porque eran de moral estricta (matriarcado) cuando ellos ya estaban dándose cuenta de lo que eran las alegrías del poder de la fuerza.

– De la fuerza de sus genitales.

– Exacto. Quedamos, entonces, en que las Euménides controlaban la conducta de los humanos para que no se desviaran de lo que llamamos moral natural, de lógica supervivencia: castigan los crímenes (o amenazan con hacerlo como medida de prevención), justifican la venganza popular en su derecho; hacen porque se mantengan las antiguas costumbres. Pero ya, Apolo, dios joven, nuevo, de otros tiempos, las injuria: “Son abominables viejas, ancianas vírgenes con  las cuales sienten horror de acostarse los dioses, los hombres y aun los mismos brutos. Sólo han nacido para el mal”; (no se sabe qué hombre puso estas palabras en boca de Apolo, naturalmente), porque es extraño que Apolo, el dios del orden y la armonía, piense así de las guardadoras del orden social, aquí está el truco del cambio.

– Es que “defienden la autoridad materna; cuando hayan desaparecido, o cuando su poder sea anulado por los nuevos dioses, la madre ya no tendrá protección entre los hombres ni entre los dioses, ni en la tierra, los infiernos o los cielos, dice Lafargue ( 62)

Es decir que son los hombres, como tantas veces hemos dicho, los que urden a través de sus historias orales o escritas y representadas; son los hombres quienes dan sentido a través de los dioses, manipulándolos como a marionetas; los que están generando un nuevo orden; no los dioses, sino los hombres por boca de los dioses a quienes ellos mismos hacen hablar; Homero, Esquilo etc. van ya a mesa puesta. (Nuevo orden, precisamente “orden”? Qué ironía)

-“Las Euménides no mencionan jamás a sus padres; sólo imploran a su madre “… he aquí lo que hacen los nuevos dioses: reinar sin equidad…Hijo de JÚPITER, dios joven, ultrajas a antiguas diosas. ¡Salvar a ese hombre fatal, que dio muerte a la que le otorgó el ser, y hacer escapar de nuestra venganza al asesino de su madre! Y tú eres un dios! Quién dirá que estás ahí para hacer justicia?” (Orestes mata a Clitemnestra, Las EUMÉNIDES persiguen al matricida: son (eran) de la misma sangre)

– “Una vez la filiación por el padre está arraigada en las costumbres, no habrá lugar a ocuparse de semejante cuestión: la nueva ley otorgará al marido el derecho de vida y muerte sobre su mujer”,   no son de la misma sangre  y el hijo tampoco. Orestes no se siente culpable, pregunta a Las Euménides: “¿Soy yo acaso de la misma sangre que mi madre?” (66)  Se está imponiendo el cambio, y Esquilo sirve de vocero, “Orestes es el personaje simbólico que debe acabar con todas las costumbres de la familia materna. Y, para afirmarse en la oposición a las viejas costumbres, se casa con su prima hermana Hermiona“.  Casarse  con su prima hermana por línea materna, era a los ojos de los hombres primitivos, un incesto tan espantoso como entre nosotros el matrimonio de un padre con sus hijas… Más tarde Orestes se enlaza con Erígone, hija de su propia madre Clitemnestra pero cuyo padre fue Egisto”. Las Euménides se rasgan las vestiduras, pero los dioses nuevos del nuevo orden machista no les hacen caso. Entonces viene Apolo para dar el golpe de gracia; nuevamente, quién asumiría, qué hombre asumiría la propia voz de Apolo? Y Apolo ataca la función maternal de la mujer, que era la que le había dado la preeminencia sobre el varón: “No es la madre la que engendra al que llama  su hijo; sólo es la nodriza del germen lanzado en su seno; el que lo engendra es el padre”. Es decir: la hembra humana no pone nada de su parte en la creación del nuevo ser: sólo la bolsa, el receptáculo, el vientre; pero el hijo es todito del padre. Para prueba: el nacimiento de Minerva de la propia cabeza de su padre y padre de los dioses, JÚPITER rey del Olimpo. No se puede inventar un friso de dioses más acorde con la ideología machista, incluso crean enfrentamientos entre los habitantes del Olimpo; Minerva dirá: “No tengo madre a quien deber la vida; favorezco siempre al sexo viril…Estoy completamente por la causa del padre, no puedo interesarme, pues, por la suerte de la mujer….” Las Euménides se desesperan porque saben que del nuevo orden vendrá la disensión irreparable en la sociedad formada por hombre y mujeres: “Ah, divinidades nuevas; habéis despreciado las antiguas leyes; nos arrancáis de las manos todo nuestro poder”. El hombre, en adelante, mandará en la casa y en su esclava legal: marido, hijo, padre, hermano. Es igual: un hombre, un macho. De esta manera, la inferioridad que tanto teme el varón, subyace oculta, disfrazada; pero se tranquiliza: ha creado la inferioridad de la mujer, quién se lo va a discutir?

JESÚS, el nuevo dios, dirá a María: “Mujer, y qué hay entre tú y yo?” Y añadirá que él ha venido a la tierra para cumplir las órdenes de su padre y no para ocuparse de las inquietudes de la madre. Catón el Antiguo, formulará así el código conyugal: “El marido es el juez de la mujer, su poder no tiene límites, puede lo que quiere. Si comete ella alguna falta, él  la castiga; si bebe vino, él la condena, si ha tenido comercio con otros hombres, la mata. La ley de Manón condena a la mujer que haya efectivamente violado su deber para con su señor, a ser devorada por perros en lugar público”.

 

-Milenios después, el feminismo, a través de siglos, con innumerables peligros y fracasos, y apoyándose lógicamente en la ciencia, viene tratando de solucionar semejantes aberraciones resucitando, quizá, a las viejas diosas patrocinadoras de la vida femenina véase PACIFICA, dadora de vida; no asesina en guerras y litigios siempre entre hombres por poder, territorios, odios, ambición, envidias adolescentes, soberbia estúpida, desigualdades, estados injustos, inferioridad decretada de la mitad de la población: eso es el machismo: una cosmovisión del poder hormonal. Y así sigue: las glándulas seminales como icono de la fuerza y de la razón.

 

Y del feminismo siempre incipiente, siempre hasta nuestros días, de individualidades que descuellan, Mary WOLLSTONECRAFT (1759-1797), sin belicosidad, sin enfrentamiento, utilizando libremente su capacidad de raciocinio (para ello la mujer tenía y tiene que ser, efectivamente libre, o dar con un hombre-compañero tan inteligente como ella por lo menos, si se siente atraída por los hombres), en el ambiente de la Ilustración, repasa minuciosamente las teorías y filosofías nada menos que de Rousseau, entre otros, respecto al papel social de la mujer. Y publica Vindicación de los derechos de la mujer justamente en 1792 coincidiendo con otra publicación de mujer: Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, de Olympe de GOUGES. Por cierto,  esta señora fue guillotinada dos años más tarde: se había pasado de la raya, parece; porque al remedar, al pedir para la mujer la libertad, igualdad y fraternidad que los redactores primeros había solicitado para “el” hombre”, molestó terriblemente a aquellos ilustrados de pelucas empolvadas y de ideas, en el fondo, bien rancias: el poder patriarcal anclaba terriblemente el progreso para la humanidad. La humanidad entera, total, es decir hombres y mujeres; pero, hasta qué nivel aquellos ilustrados varones pensaban que la mujer era parte, por derecho propio, de la Humanidad? La Razón manipulada se convierte en irracionalidad. Por eso, WOLLSTONECRAFT apela a “la razón y al sentido común”, es hija legítima  de la Ilustración y reclama la individualidad, la autonomía de los sujetos, los individuos todos, podríamos  escribir también individuas, para que a nadie le quepa la menor duda, siguiendo el principio de IGUALDAD del enunciado primero.

Por qué, entonces, Monsieur Rousseau, gran intelectual ilustrado, meritorio, pretende definir el  rol social de la mujer, como quien corta un traje en papel para que sirva de patrón mundial al género femenino? No fue único; abundaban en su tiempo y abundaron a lo largo del siglo siguiente, los hombres científicos o no, que más que nada  se valieron de las tijeras de sastre al definir a LA mujer. Pienso, se utilizaba siempre el término sexo: femenino o masculino. Gravísimo error: el sexo está situado en la mitad del cuerpo humano y sirve para cumplir una función animal; el  pensamiento está en el cerebro y sirve para determinar el rol social en función del sexo, que no es determinante en sociedad, sino en la cama, por decir. El pensamiento, la capacidad intelectiva separa al humano, hombre o mujer, del animal, al que sí se determina por el sexo.

Vamos a ver, entonces, con WOLLSTONECRAFT, que en el Contrato Social de Rousseau, las mujeres no nacen libres ni van a serlo, porque los hombres han diseñado para ellas un patrón en el que NO se contempla el que deban  o puedan ser libres.

Por qué:

La Sophie, mujer-patrón destinada a ser la compañera ideal de Emilio, también hombre ideal diseñado por Rousseau, “está excluida del pacto político y por tanto de la ciudadanía”,  ya que el autor niega a las mujeres una posición pública, “instándolas a ser activas y fuertes en el espacio que les es propio: la esfera privada” (M.L.González)

En el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de 1775, se puede leer:

Sed, pues, siempre, lo que sois: las castas guardianas de las costumbres y los dulces vínculos de la paz, y continuad haciendo valer en toda ocasión los derechos del corazón y de la naturaleza en provecho del deber y la virtud”. Un hombre dice esto, no cabe duda. El sastre de turno.

Es curioso, es como si volviéramos a los tiempos de las Euménides y el matriarcado; pero resulta engañoso, porque, en aquellos tiempos, las mujeres eran libres y representaban esos valores; ahora son obedientes y esclavas de esos valores apropiados y dictados por los hombres en su propio beneficio: la mujer ha de ser; debe ser; ha de estar vinculada a la esfera doméstica en exclusiva, porque ellos lo quieren así; ya que  “la sociedad”, está corrompida ( por quiénes?) protejamos a las mujeres dentro del hogar; el hogar en exclusiva será su ámbito, ( y el imperio del hombre, incluso del más necio).

Para diseñar el patrón-tipo femenino, hay que diseñar, primero, el masculino: “Respecto a los ámbitos de conocimiento, Rousseau establece uno para el hombre, en el que se encuentra la capacidad para la abstracción, para la especulación y la facultad de crear sistemas de pensamiento. Y otro para la mujer, que contiene facultades de observación, intuición y sutileza, sin olvidar que el  objeto propio de conocimiento de las mujeres es el hombre” (M.L. González)

“Quién hizo al hombre el juez exclusivo, si la mujer participa con él del don de la razón?”, pregunta WOLLSTONECRAFT en una carta dirigida a  M. Talleyrand-Périgord, “Anterior obispo de Autun”.

WOLLSTONECRAF no crea una heroína a partir de su utilización interesada, como hacen los hombres, sino una heroína que, sobre todo, busca ser individuo libre y autónomo. Lo demostró con su propia existencia: trabajaba, era autosuficiente. No tiene valor para ella el ser seductora, paciente ni sumisa porque no necesita amo: el sentimiento está bien, pero no tiene que ser el valor mayor, si no el único: vale tanto la racionalidad natural, frente a la propuesta de Rousseau y no sólo de él, que presupone la obediencia, es decir la dependencia; en realidad, este dulce machismo protector ya evidencia la falta de seguridad ante la mujer que venían teniendo por siglos los hombres. Si los hombres lucen una virilidad activa, en movimiento, tienen que ser superiores, y las mujeres con su sexo receptivo tienen que ser inferiores. No hay más. Vergonzosamente simplista, ni siquiera es razonamiento.

ELLA pide “una revolución en la conducta de la mujer,” es decir, un dejar atrás el patrón cortado con tijera para que sirva al colectivo según la necesidad del sastre colectivo. Pide voz propia sobre la tijera, el patrón y el sastre.

“Particularmente son, en mi opinión, los escritores que hacen al hombre tener sentimientos hacia el hombre, independientemente de la posición que ocupa o del ropaje de los sentimientos facticios. Entonces, de buena gana persuadiría a los hombres razonables de la importancia de algunas de mis observaciones, y les influiría para ponderar desapasionadamente el tenor entero de mis observaciones. Apelo a sus entendimientos y, como una semejante, reclamo en nombre de mi GÉNERO algún interés en sus corazones. Les suplico que ayuden a emanciparse a sus parejas para hacer de ellas sus compañeras “.

Lo curioso es que, en el siglo XVII, John MILTON en su Paraíso perdido, hace decir al hombre frente a Dios Creador, y según parece más llevado de su propio sentido común, de MILTON, que de la misoginia ancestral:

No me has hecho tu representante?/ No has ordenado que esas criaturas/ estuvieran colocadas en una categoría/ muy inferior a la mía? Entre seres desiguales/ qué sociedad, qué harmonía, qué verdadera/ delicia puede existir? Todo lo que ha de ser mutuo debe darse y recibirse en justa proporción./ Pero en la desigualdad, si el uno está muy elevado/ y el otro rebajado, no pueden concertarse mutuamente,/ sino por el contrario, pronto será enojoso./ Yo quiero hablar de compañía,/ tal cual la busco, capaz de participar/ de todo goce racional//

PERO anteriormente, ha descrito así a la primera pareja humana: “Aquellas dos criaturas no eran iguales, como tampoco eran iguales sus sexos. Él estaba formado para la contemplación y el valor. Ella, para la dulzura y la gracia seductora. Él para Dios solamente. Ella, para Dios en él”

CONFUSIÓN mental del varón. Las feministas, las mujeres que piensan por sí en libertad, saben diferenciar el proceso intelectual del sentimental. Si Vindicación de los derechos de la mujer atiende al primer apartado sobre todo, sus Cartas son un modelo de afecto sentimental por la Naturaleza y de búsqueda del propio interior. Lo uno no quita a lo otro en la mujer. Para el hombre, parece que sí.

– Yo traigo unas ideas que no sé si encajan, quizá sí, en un final provisional de esta exposición. Me refiero a la idea que propone Rilke en su carta fechada “cerca de Bremen” en 1903, y que siempre me ha dado mucho que pensar. Traigo aquí la nota y os la voy a leer. Bueno, no, mejor la resumo: viene a decir que, quizá el hombre también tenga instinto maternal, dice: “su engendrar es, asimismo, una forma de dar a luz”. Y viene a decir que quizá los sexos no sean tan distintos; sexo por género hay que entender, y “quizá llegue el día en que se busquen no como  contrarios sino como hermanos para sobrellevar sencilla, grave y pacientemente el arduo sexo que les ha sido impuesto”. No sé si es simple poesía.

– No sé; siempre se ha dicho que el macho, el humano también, no tenía instinto de paternidad, y la hembra sí tiene instinto de maternidad porque su organismo está preparado para ello. No me parece que esto sea poesía, más bien huele a ciencia.

– Ya. Pero vemos ahora, en esta coyuntura en que vivimos, el cochecito empujado por el padre, la mochila en la que el padre lleva, todo hecho un higo, la verdad, al bebé. El banco solitario del parque o de la calle peatonal ocupado por el padre que amamanta, es un decir, al bebé; ya saldrá enseguida el verbo nuevo: embiberonar, vete a saber. El padre reciente que sale de la clínica llevando en brazos al bebé recién alumbrado por su mujer, que acompaña al padre en ese momento de la foto oficial. Todo no puede ser una coyuntura económica y se puede convertir en hecho cultural, social y familiar. El padre no es ya ajeno a la realidad del nacimiento y de la crianza del hijo. Sobre todo de la crianza.

– Pero, recuerda la famosa covada o “parto vizcaino”: el marido fingía el parto con contorsiones y gritos mientras ella paría realmente. Y era un truco, se ha estudiado, para quitar a la hembra la  preeminencia que le daba, precisamente, el alumbrar.

-Quieres decir que sube el feminismo y, de alguna manera, sube cierto machismo. Yo creo que vuelve a ser miedo.

– Venga, vamos al rincón de meditar, un rato. Tengo tembladera.

– A una campa mejor?

– Eso ya no es nuevo. Lo de la manzana, y eso. Ya lo dijiste el otro día. Tengo tembladera. El feminismo está en alza, eso es innegable, y sin vuelta atrás.

– Quieres decir que otra vez, que habrá que ir pensando en que VUELVEN LAS EUMÉNIDEEEES.

– Ojalá.- dice la Actriz de Televisión– Qué descanso para todos!

 

– Este trabajito, como todos los demás, está registrado en la correspondiente oficina de propiedad intelectual?- pregunta la Catedrática Pelirroja. Ha faltado últimamente al Salón debido a una operación de cáncer de mama. Está delicada.

– Por supuesto!- la P.C. levanta la voz y los brazos para darle ánimos en un abrazo amistoso. Fraternal incluso.

Así da gusto. Ojazos está tranquilo sobre la cabeza de Palka.

Todo en orden. Aparente al menos.

 

 

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