MALENA RAJZNER nos presenta a unos compatriotas complicados

 

Hacía semanas que Malena tenía expresión entre zumbona y hermética, como de “no quiero que sepáis que os preparo una buena”. Ha ocurrido otras veces y por lo tanto ya sabemos interpretar su no querer que se le note algo.

Y aparece con dos mujeres y dos hombres. “Dos parejas” no habría aclarado mucho el tipo de pareja a que me refiero.

Estamos esperando el momento en que los visitantes comiencen a entrar; entonces se saludan los conocidos, buscan su silla favorita o  su  sillón  favorito, cerca de una ventana, cerca del armario del picoteo, debajo del retrato de Carolina Coronado, del cuadro de Rousseau,  del retrato  Pardo Bazán, etc., para compartir espacio con favoritos. Todavía en petit comité, nos dice Rajzner:

– Sabéis de sobra que yo soy rosarina. Pero no sabíais que conozco a estos personajes como sacados de un libro, también rosarinos.

– Soy Zurtza Milovits, rosarina de corazón y también croata y serbia de corazón. Y puedo decir que no hay contradicciones de ningún tipo. Siempre me pareció reduccionista la única patria mantenida con cierta religiosidad fanática.

– Bueno, Zurtza, pero reconoce que no es una elección tuya esa postura. Te nacieron con multiplicidad étnica.- le dice uno de los hombres traídos por Rajzner– Ah, disculpen, me presento: Soy Ivo Tanits, también eslavo de Rosario, Argentina.

– Díganme qué papel hago yo aquí si no me dejan que los presente.- se queja Rajzner.- Aquí tenemos a otro Ivo.

-Sólo Ivo?- pregunta El Pintor.

– No, claro. Ivo Dobroslav Vojslavljevitch Dvrko.

– Cielos, más que apellidos parecen una venganza.- dice La Actriz de Televisión.

– Sí, es la venganza del serbio. El último apellido es croata.

– Y también de Rosario, Argentina? No lo habría acertado yo, por el acento.

– Yo sólo me llamo Irene Salcedo.- dice la otra mujer- Perdona, Malena, me he adelantado a tu presentación formal.

– Pero no suena de Rosario.- dice La Estudiante de Periodismo

– No, yo soy el elemento heterogéneo, soy de aquí. Compartimos el carácter migrante, eso sí. Nos conocimos en Belgrado.

– Cielos! –exclama El Pintor.

 

Van entrando los visitantes. Se acomodan. Después de la presentación formal de Rajzner, esta vez, sí, los invitados comienzan a representar su vida. Muy interesante.

 

Irene.– Yo fui a Belgrado en unas vacaciones de agosto. Aquí, en la tele teníamos la guerra de los Balcanes a todas horas, y a mí me afectaba mucho; no comprendía porque no sabía. Aquello de “croatas, serbios y musulmanes” me parecía un insulto a la inteligencia. Y le daba vueltas y procuraba informarme. Y, lo más curioso: empecé a sentir en la memoria, como un abejorro, el nombre de Olivera Despina, como si tuviera que saber  quién era, y no podía acordarme; porque de una cosa estaba segura: no era un nombre que yo hubiera oído recientemente. Bueno, en plan detective, fui por aquí y por allá y descubrí, con ayuda, que se trataba de una princesa serbia del siglo catorce que protagonizaba unas lecturas escolares de primaria que yo hice en algún momento, y de lo cual no era consciente.

Zurtza.– Se activó el recuerdo en la memoria, al oír hablar de Serbia en su guerra.

Irene.- Exacto. Y no tuve otro remedio, me fui a Belgrado a ver qué quería de mí esa señora antigua. Y el primer día te conocí, Zurtza.

Zurtza.- Parecías un pollito mojado, querida; con todos mis respetos.

Irene.– Tenía mi carga emocional, familiar también; la vida privada; a mi alrededor se deshacía todo. Otra de las razones por las que viajé a Belgrado, seguramente.

Tanits.- Es momento óptimo para interesarse por las desgracias ajenas. Mientras vos aterrizabas en Belgrado, Dvrko y yo esquivábamos bombas en las calles y en los hoteles de Bosnia

Irene.– Yo era perfecta ignorante, nunca había estudiado nada de Europa del este, porque allí estaban las patazas del comunismo soviético, los satanases. Nada. Nunca supe nada más que nombres de países y capitales. No venía en mis libros, no estaba en los medios. Hasta que muere Tito, supongo.

Dvrko.- Y la Olivera Despina, la encontraste.

Irene. La encontré en tus libros, lo sabes; qué casualidades tiene la vida. Pero eso fue luego, cuando coincidimos en Nish. Recuerdo que te pregunté, Zurtza, un día, en Skadarlija, tomando café, te pregunté sobre las diferencias, o no, entre serbios, croatas y musulmanes, aparte del enunciado que se refiere a procedencia étnica y a confesión religiosa, todo revuelto. Y me contestaste y casi saltó la cucharilla en la taza: “Los bosnios son serbios y croatas!”  Qué confusión. Yo leía prensa francesa, ya sabéis, de la tienda del turco de las pieles. De Laurent Bijard, recuerdo: “Perseguidos por los cañones y por los fanáticos de la limpieza étnica, dos millones y medio de habitantes de la antigua Yugoslavia son arrojados a las carreteras en el mayor éxodo que ha conocido Europa desde la Segunda guerra mundial”.

Dvrko.– Y nosotros estábamos allí para contarlo, Tanits y yo y tantos periodistas internacionales. Allí aprendimos a andar agazapados, como me dijiste una vez, Irene: “Andas agazapado, será ya una costumbre”. Como esquivando bombas aunque no hubiera amenaza próxima.

Irene.– Nos conocimos en Kalemegdan, recuerdas, el castillo sobre la confluencia del Sava y el Danubio. Qué sensación de inmensidad, aquello era un mar; y de tiempo, con la historia larguísima desde Atila, enterrado allí. Y luego me enteré de que eras el autor del libro que me había prestado Zurtza,  y que estaba estudiando, ya en Nish.

Dvrko.- Tanto como estudiar?

Irene.- Sí, porque era hambre por saber; era adelantar una etapa que se había quedado en embrión. La historia inicial de Serbia, cómo se va formando el Imperio eslavo, cómo Olivera Despina ya con la invasión de Bayezid, vive con sus padres en la corte de Krusevats, y la casan con el turco del turbantón, como lo llamó Zurtza un día, que parecía querer tragarse, y se tragó, el imperio serbio. Qué cosas. Y las consecuencias en el resto de Europa. Y yo no me había enterado de nada.

Malena.- Entonces, dentro de una novela, El Proteus Anguinus, de Palacios, de tema actual, o sea de la guerra de los noventa, hay una novela histórica; porque todo esto de Bayezid y la caída del Imperio, ocurre en el siglo XIV.

Irene.- Efectivamente, Dvrko es un mago para presentar la Historia y a la vez literalizar la Historia; o sea que recrea la Historia y te enteras perfectamente de lo que fue y de lo que pudo haber sido; es como aplicar un cierto lirismo al relato histórico.

Zurtza.- Pues opino que es dar categoría subjetiva a la historia; es una suerte poder unir historia y arte; es poder entrar en el espejo y salir y ver lo que está reflejado en él.

Dvrko.– Está bien descrito, señoras, muy bien descrito, se lo agradezco. Entro en el espejo con los libros de historia, con los datos, y salgo y los miro ya fijados en el cristal. Y, en el cristal, en el espejo, puede estar, también, el lector que lee y está mirando.

Malena.-Interesante. Y, así que son dos autores: Dvrko y Palacios.

Dvrko.Mejor Palacios y Dvrko. Cuando hicimos aquel viajecito,  aquella excursión, te acordás,  Irene, hasta la frontera búlgara, por Pirot y allá,  y las Planinas y el Nishava, te fijaste en mi llavero con el Proteus.

Irene.– Síii, al pronto me pareció sorprendente que una persona tan seria como tú, llevase colgando un bicho que me pareció de diseño, de factoría Disney. Luego me hablaste de él: Quizá anfibio, vive sin ojos en las cuevas de Postojna en Eslovenia; un pez largo con cuatro patas, branquias externas, qué se yo; blanco porque vive sin luz. Enseguida pensé: Es un símil de esta Europa malformada, va a ciegas, no está definida, no está acabada, no llega.

Zurtza.- Típico de Ivo cuando habla del Proteus: “No tiene ojos, para qué los necesita? No hay luz donde vive”.

Tanits.- Europa! No, Irene? Por ejemplo, quién conoce a los bogomilos? Dvrko, un serbocroata argentino estaba en Bosnia estudiando a los bogomilos.

Dvrko. Y al poco de llegar, me veo metido en un infierno de calles absolutamente cubiertas de cascotes de los edificios venidos abajo. Sabéis cómo suenan las pisadas en esas calles sin alma, sin un alma? El ruido de las pisadas es un ruido de algo que se está cayendo, que nunca acaba de caer. Se ha desplomado la Historia, son calles que no llevan a ninguna parte ni en el espacio ni en el tiempo. Los edificios que quedan en pie podrían pasar por ruinas fenicias, o romanas, da igual, son esqueletos. Y aún los esqueletos están mordidos por los impactos. Es terrible. Uno querría dejarse caer, como un cascote más.

Zurtza.- Me pregunto qué aprendemos de las guerras.

Tanits. Es terrible pensar que no teníamos nada que aprender en una guerra. O que debería ser prescindible, lo que aprenderíamos en una guerra.

Irene. Total, los tiranos que las imponen, frecuentemente acaban mal. Y cuando estaban en el apogeo del poder se creían inmortales. Mira Hitler, Miloshevits, Karadchits, Mussolini, malmuertos, execrados y escupidos.

Dvrko.– Y se acaban las guerras, por eso? Qué aprendemos, entonces, como pregunta Tanits.

Rajzner.- Disculpen: hace un matesito? Para neutralizar la angustia, digo. La respetable concurrencia lo está tomando también. Para nosotros, argentinos, es costumbre; y entre ellos hay quienes no sabían aún qué es la hierba mate; que dios los perdone.

Zurtza.- Ah, querida, vos sos la animadora perfecta!

Irene.- Recuerdo, Zurtza, que me contabas allá, en el barcito de Skadarlija, cómo los jóvenes se manifestaban con pancartas contra Miloshevits cuando quería convencer al país para declarar la guerra a Bosnia, para invadirla, más bien: “Yo no quiero morir”. “Slovo, vete”. “Vivo en un país que está jodido”. Decías: no tiene apoyo pero como ha sembrado el miedo, la gente vive de rodillas y apoyarán la invasión, y luego de muertos y muertos, qué? Caen los gerifaltes, están en la cárcel y mueren y todo el mundo se alegra. Pero los muertos inútiles no resucitan, voilá. Una historia interesantísima, la del este europeo; no es original, pero aún tengo que aprender más.

Zurtza.– Bueno, los serbios fueron abandonando Kosovo para vivir en el norte, más rico. Y eso que Kosovo era la cuna de su cultura. Los albanos fueron ocupando Kosovo. Finalmente, Kosovo es independiente y los serbios se han quedado sin sus santuarios ortodoxos y sus palacios medievales en el inicio de su Historia. Estampada en el trasero ahora, la Historia, en forma de suela de zapato.

Irene.- Te acuerdas de la señora Nakalamits, Zurtza, y de los tziganka, y del gato Nish.

Zurtza.– Me acuerdo tanto como de la corte de Krusevats en el libro de Ivo, y del cronista Constantino que nos da tantos datos del reinado de Stefan Visoki, hermano de Olivera;  y de todas las hijas del rey Lazar y de la princesa Militza, casadas casi niñas con reyes cercanos: de Bulgaria, de Zeta, que ahora llamamos Montenegro; de Hungría. Al fin y al cabo, cristianos; pero el Bayezid  de Olivera tenía haren. El del turbantón con un diamante como una pera.

Tanits.- Qué tiempos, señoras. Qué guerras, qué descalabro en Kosovo Polje! Qué entrada de los turcos en Europa hasta las puertas de Viena! Qué separación de Europa, eso sí que fue un telón de acero siglo catorce. Y qué sangría en el siglo veinte, muerto Tito, que acaba por hacer perder, de nuevo, el Kosovo serbio. Y, esta vez, para siempre.

Zurtza.– Y qué amores, no, Dvrko, Irene?

Irene.– Si no tuviera el recuerdo tan vívido, daría media vida por volver.

Tanits.Aprendiste.

Irene.- Viví, me hice más grande. Y sigo allí.

 

Zurtza se levanta y hace una seña a Malena, que se acerca con su pipa de mate en la mano.

-Tenemos que volver, linda, es hora de meternos en casa. Irene no quiere oír su propia segunda parte.

– Os esperamos otro día. Cuando les vaya bien, cuando tengan un hueco, me llamás, seguimos hablando de la novela y de la historia.

 

En eso quedan. Nos hacen baybay, o pa pa con la mano; se alejan, entran.  Y va cayendo, lentamente, la tapa del libro.

 

 

 

 

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