MONÓLOGO DE LA PRINCESA MILITZA

Posted: 19th marzo 2018 by Aurora in Literatura
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MONÓLOGO DE LA PRINCESA MILITZA

 

 

 

Malena Rajzner es nuestra recitadora oficial, muy buena por cierto. Hemos comentado alguna vez que, pese a su fuerte acento rosarino, cuando recita en castellano o en catalán, tiene una dicción perfecta. Le ha pasado sus técnicas a Marta, como podía ser esperable, y de vez en cuando nos regala con unas actuaciones francamente memorables. Malena dice que su hija la supera. Lo cierto es que nos ha propuesto escenificar un monólogo de la princesa Militza, personaje de la novela El Proteus Anguinus, de Palacios, porque, dice que le ha parecido “muy sugestivo, antibelicista,  muy femenino y muy feminista”.

 

Esta novela, en parte, recrea la historia de la Serbia antigua. La princesa Militza (1.335-1405) casada con el Knez o rey Lazar Hrebeljanovich, observa y medita en la larga noche en la que va a desarrollarse la decisiva batalla de Kosobo Polje (1.389) Fue una batalla trascendental porque la victoria de los turcos otomanos fue una patada para abrir la puerta de EUROPA a estas tropas invasoras.

Marta baja la luz y Malena, un tanto transfigurada, comienza:

 

“Con todos mis hijos ya nacidos, porque es imposible que nazcan más, qué dirá de mí la Historia. Dirá que fui hija de mi padre, el Knez Vratko. Mujer de mi marido el Knez Autócrata de todos los serbios Lazar Primero, quien me hizo siete hijos suyos. Y, casi prefiero que la Historia diga sólo eso de mí. Porque ahora, mi mayor ambición es que Lazar vuelva. Y no como vuelve el marido de la dama de la Yerma Floresta, desencantado y abatido, sin vida por delante: vencido. Que la púrpura es un glorioso sudario, es un dicho de los antiguos que tanto pueden hacer suyo los hombres como las mujeres. Y no por vanidad diabólica, sino por responsabilidad ante quienes nos han investido con la púrpura: no podemos huir de lo que significa.

Cuatro hijas ya dadas en matrimonio sin haber disfrutado apenas de la juventud, sin tiempo para hacerse. Habían ido desde la vigilancia de los tutores y las damas, y la sumisión a los padres, a la sumisión ante el marido, siempre mayor que ellas, a veces ya viejo. Qué le estaba reservado a Olivera, la pequeña, la estudiosa, la más madura de todas puesto que se estaba criando con mayor independencia, quizá porque no había surgido aún la posibilidad de su matrimonio. Como si Lazar la reservara para él, para ellos. Olivera y Yelena; hubo un tiempo en que yo las llamaba mi águila bicéfala, porque estaban siempre juntas y se complementaban. Todas hijas mías en tantos rasgos: en el pelo negro, en la largura de los huesos, en la voluntad recia. Y de su padre hijas de sus ojos azules. Los varones en cambio son rubios como las espigas de trigo, como Lazar. Son niños aún pero ya tienen su destino marcado, un destino de guerra y de política. De qué valdría que Visoki quisiera ser un hombre de letras. Será stephanos, coronado; y tendrá poder; y deberá litigar tanto en los salones de gobierno y de justicia como en los campos de batalla. Y deberá estar siempre en su lugar por si sus hermanas, casadas con dinastías extranjeras, lo necesitan. Vuk deberá ser su apoyo, su brazo derecho. Y todo ello, si pueden tener la suerte de seguir creciendo a la sombra del padre. Porque, la muerte prematura, entre tanto riesgo, siempre está presente”.

-Hasta aquí habéis oído la voz interior de la princesa. Ahora intervengo como narradora, cambio la voz, la postura. Ahora la veo actuar y relato:

 

“Salió al amanecer de la habitación, flanqueada por sus galgos al trote. Las damas, sacadas con urgencia del sueño, corrían detrás, al aire los vuelos de sus tocas torcidas, y de sus mantos agarrados con prisa por las manos sobre las ropas mal ajustadas. Atravesaron una pieza angosta apenas iluminada, a la que daban diversas habitaciones. Bajaron los siete escalones de roble pulido, llegaron a la ancha sala de recepciones, bajaron por la escalera interior que giraba en un ángulo de los pisos, una escalera de escape. Los guarda-puertas la miraron sorprendidos. Abrieron. Pidió un caballo. Hizo gestos a sus damas para que la dejaran sola. Trajeron enjaezado el caballo blanco que solía montar, regalo de Lazar. Pasó junto a los edificios bajos donde se encontraban los dormitorios de la servidumbre y de los huéspedes de menor rango. Pidió que bajaran el puente. Salió por la poterna cuando el cielo empezaba a clarear. En el patio se alistaba con prisa un pequeño pelotón de escolta mal despertado y poco despierto. Volvió la cabeza para mirar el castillo, su casa. Le pareció una prisión. Se fue al galope”.   No aplaudáis porque se rompe el efecto. Odio el ruido de los aplausos.

 

-Lo que yo quiero decir ahora, aparte de que he visto a la princesa pensar y alejarse en el caballo y odiar la guerra, y todo eso porque tú le has dado vida; además, quiero decir, estoy viendo a la otra protagonista, a Irene Salcedo, que lee esta historia de la Serbia antigua mientras está dándose la guerra de Bosnia, en los primeros noventa.- acaba de hablar la Periodista Comprometida (la P.C.)

Se me está ocurriendo ahora mismo,- anuncia el Redactor– que podíamos hacer aquí lectura de obras, como teatro leído o algo así. De vez en cuando. Marta nos podía dirigir

– Vale, apuntado queda. Ya votaremos.

 

Pastas, vinillo y revoloteo de pájaros; de los árboles de Rousseau hasta nosotros, y vuelta. Siempre jugando. Criaturitas.

 

 

 

 

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  1. Angela dice:

    Como para querer hacerse un hueco a perpetuidad en «El Salón».