MUJERES Y GUERRAS

Posted: 9th marzo 2021 by Aurora in Crítica

Entran las tres damas vestidas de negro ajustado al busto, y faldas largas y ampulosas; con tocados y velos, con guantes y bolsitos bordados de abalorarios. Muy siglo diecinueve. Seguras más que altivas. Hay en El Salón un denso silencio de terciopelo y simpatía. Esperamos:

–Yo, Juana Manuela Gorriti Zuviría, comienzo la memoria de mi vida con olor a pólvora, en el mismo año de la independencia de mi país, Argentina, mil ochocientos dieciséis. Ya es independiente de la metrópoli, no? Paz, entonces. Ah, no! Porque cada quien tenía sus ambiciones. Mi padre, terrateniente, estuvo envuelto en conspiraciones y llegó a ser Gobernador de la provincia. Pero, también tuvo lo suyo, y la familia entera sale para el exilio boliviano; es 1831.Yo tengo mis quince años contestatarios, no han podido echarme el lazo; crezco indomable todavía, raro en una mujer; pero estamos en el pleno romanticismo y yo pienso por mi cuenta. Conozco a un hombre de apellido resonante, llamativo, ardiente, patriota. Y me caso con él al poco tiempo: Belzú, militar boliviano envuelto de siempre y para siempre, en ambiciones, revueltas y conspiraciones. Así acabó: presidente asesinado.

–Yo, Carolina Freyre Arias, veo la primera luz en Tacna, Perú, cuando el país es independiente después de una odiosa guerra de mayoría de edad, que se llevó los años de 1811 a 1826: guerras, revueltas, algaradas. Muertos, muertos y muertos. Calles y cerros de muertos y muertos. Mi año es 1844; así que tú, Gorriti, me llevas por delante veintiséis años de sabiduría. Mi padre es impresor de imprenta. Escritor, Articulista. Funda periódicos. Nos dio estabilidad y amor, todo lo que pudo. Me caso a los diecinueve años con un boliviano que en 1863 está exiliado en Perú por su compromiso político. De Bolivia a Perú, y de Perú a Bolivia, buen trasiego de exiliados. Es escritor y articulista; así que, mi vida parecía, ya , predestinada al mundo de las letras. Mi Julio Lucas Jaimes, mal apodado, o cariñosamente apodado «Don Jaime de Brocha gorda», a quien dediqué unos versos, andando el tiempo, tal como: » Ya un año más en la pendiente suave/ por do resbalan las horas bellas/ de la existencia tuya… larga composición, mejor para otro momento.

–Yo soy Bertha von Suttner von Köner, nací en el imperio austrohúngaro, en Praga, año de 1843. Mi familia es de abolengo, nobles y militares. Eso quiere decir: preparación para las guerras desde la cuna. Orgullo de ser; y amor por la cultura, que también nos hace ser; superiores. Los Imperios no se hacen con paz y amor, sino con ambición y soberbia que llevan a guerras y depredación. Por otra parte, he leído sobre ustedes y me apasionan sus trayectorias literarias. Creo que nos une el pacifismo y la lucha por el reconocimiento de los derechos humanos de las mujeres. Pero, como cultivadora de la Literatura no puedo medirme con ustedes, ya que mi volumen de producción es mínimo.

–Sólo con una de sus obras, nos eclipsa su fama, señora baronesa.

–Por favor, los títulos nobiliarios perdieron su brillo ya con las múltiples guerras europeas de nuestro siglo; guerras que me tocó vivir muy de cerca y quizá como víctima, precisamente, de los títulos de mi familia. Detesto los títulos.

–Como guerra particular, la tuya, Gorriti; tu cambiar continuo de país como quien cambia de habitación en una casa.

–Así fue. Belzú es desterrado de Bolivia y carga con la familia hasta Perú; tenemos dos hijas. Y allá nos conocemos, Freyre, en tu Perú. Han escrito sobre mí y mi nula capacidad de adaptación. Con Belzú, entré pronto en colisión debido a sus ambiciones políticas, y, en realidad, de dominio de masas. Quería ser Presidente y lo consiguió. Pero yo ya me había ido de su camino, en 1843. Once años de casada, cuando nace Bertha, precisamente; y un año antes de nacer tú, Fryre. Luego, la muerte horrible no me pilló tan alejada que no acudiera a reclamar su cadáver, por dignidad y para darle dignidad. Abro en Lima una escuela primaria y una residencia de señoritas, como Adela Zamudio hizo en Bolivia por los años setenta. Y como Safo. Teníamos que dar de comer a nuestros hijos. Y escribo y publico en prensa; en Perú: «El liberal», «Iris». En Argentina también, novelas por entregas. En periódicos de Chile, Colombia, Ecuador en Francia, en Madrid. Recuerdo La quena, que sale publicada sin nombre porque Belzú es Presidente y para no perjudicalo. Es una novela de mi juventud, de amores entre una princesa incaica y un español. Creo que empecé a interesarme por el destino de las mujeres, precisamente, al pensar en aquellos amores difíciles en que las mujeres no comprendían lo que ocurría, debido a la inferior condición en que los hombres las habían mantenido. Me fijé primero en las nativas y los conquistadores, como paradigma.

–Quizá a mí me ocurriera lo mismo, Gorriti. Empecé como vos, con un pensionado para señoritas, en Bolivia, entre 1866 y 1870. Por ahí empiezo a interesarme por el destino de las mujeres. Distingo: jóvenes del pueblo y señoritas de ciudad de familia acaudalada, que empiezan a valorar lo que puede suponer la cultura para las mujeres. Y pueden pagarlo, claro. En 1874, recuerdas, creamos «El Álbum». EN Lima y en Sucre lo conocen. La idea es ofrecer, de forma abierta y generosa, la publicación de escritos, artículos, críticas de mujeres y de hombres que no tendrían otro acceso a la difusión; artículos de opinión, propuestas, etc. En la prensa oficial de nuestros países, fue acogida muy bien esta posibilidad. Era dar voz a los sin voz. Siempre, hasta entonces, las publicaciones habían sido dirigidas por hombres, incluso las revistas femeninas.

–Yo publiqué en «El Álbum» una serie de novelas cortas, si te acuerdas. También para nosotras fue forma de darnos a conocer, Freyre.

–En 1877, recuerdo, la Municipalidad de Lima me publica «El regalo de boda». Publico «La bella tacneña». «El amigo Federico», poesía toda salida del alma. Y entre el setenta y nueve y el ochenta y siete, escribo la trilogía dramática que va a darme más notoriedad, medalla de oro de Lima; aunque es algo que no busco. Me refiero a «Pizarro», que viene a ser escena de la conquista. «Blanca de Silva» que es escena de la colonia, y «María de Bellido», ya de la independencia, de la emancipación. Encontrábamos heroínas siempre; en un mundo de hombres buscábamos oponentes, critica de mujeres que ponían en evidencia el mundo horrible y violento de los hombres.

–Es lo que también hago yo, si me permiten, en mi novela «Die Waffen nieder!» traducida como «Abajo las armas!», que tanta fama me dio. Y yo sí la buscaba, en cierto modo, porque era más pacifista combativa que literata; o era únicamente pacifista, y a través de la literatura también, encontré el cauce para hacer pública mi pasión por la paz. Pero, más tarde hablaré de mi historia.

–Si recuerdo bien, en la época de «El Álbum», yo asistía a tu Salón Literario, Gorriti. Con Clorinda Matto. Mercedes Cabello, Ricardo Palma. Recuerdo, cuando propusimos a Ricardo como «Pontífice de las letras peruanas»; todo quedaba entre nosotros, era nuestro teatro; y lo aceptó con su carácter de broma, y escribió, allá por 1875: Al pontífice romano/y demás gente pequeña,/ grande o de porte mediano/ de la Bohemia Tacneña./ Salud y bendición en Jesucristo. Y seguía y seguía, el poema inteligente y largo.

Ricardo fue considerado durante muchos años, como el mayor escritor peruano. Pero, en rigor, hay que deshacer un prejuicio: se ha escrito que en El Salón de Gorriti quedaba ilustrada la altura cultural de la sociedad limeña; algo así. Sí, nos reuníamos treinta o cuarenta personas, los miércoles noche; seis o siete horas de cultura y buen humor: discursos, declamaciones, interpretaciones, música y pintura. Pero, eso supone treinta o cuarenta familias solamente. Y el resto de familias que componían Lima, y el Perú entero, cómo y dónde quedaban!

–Cómo estábamos, vos y yo, yendo y viniendo por actividades políticas de nuestros maridos, escribiendo y dirigiendo residencias para señoritas y escuelas primarias. Trabajando, trabajando y más trabajar; y teníamos cuatro hijos vos, siete ayo. Colaboro en el periódico «El tácora» que dirige mi padre Freyre; en la revista femenina «La Mujer» de Buenos Aires.

–Yo escribí, en algún lugar: «Amanezco cada mañana sin aliento por un desfallecimiento mortal. Pero reflexiono que las numerosas obligaciones que pesan sobre mí me quitan el derecho de enfermar, y me gritan, como la voz divina al judío errante: Anda! Y me levanto y ando. Preparo las clases, escribo, escribo». Y en el sesenta y cinco, en Buenos Aires me publican dos volúmenes de «Sueños y realidades», con buena crítica. «Panoramas de la vida» «Peregrinaciones de un alma triste». Setenta novelas creo que fue mi última cifra. Relatos y cuentos y ensayos. Escribir y escribir. Qué bello era vivir así, siempre con la mujer en la diana, Para rescatarla, concienciarla, situarla en la vida para que se sintiera digna, libre. Te acuerdas de Numa Pompilio Llona, con quien fundé «La Alborada» cuando dejé «El Álbum» contigo.

–Aún no sé muy bien por qué, Gorriti, nos dejaste a la revista y a mí.

–Si yo lo supiera, Freyre; cosas que surgen y nos dominan, y luego las miramos a los ojos y no hay nada en ellos. De Numa recuerdo sonetos maravillosos; ecuatoriano sonámbulo de bellezas: Todo se ha transformado en los lugares/ que hoy recorro doliente y solitario/ y que fueron un tiempo el escenario / del drama de mis dichas y mis pesares.

–Yo me hice adulta de golpe, a mis dieciséis años, cuando se dan las batallas de Magenta y Solferino, en 1859, y Austria pierde; Italia y Francia ganan. Precisamente, en esa batalla de Magenta muere el joven Arno Dotzki, el primer marido de la protagonista de mi novela. Pero, como he dicho antes, no sólo es literatura; también es historia y documentación, es recreación de hechos históricos, porque yo quería pedir la paz en el mundo presentando, a lo crudo, el horror de las guerras. Y quería, a la vez, mostrar la toma de conciencia de una mujer joven, que vive en ese ambiente familiar y social del lujo, del orgullo del mundo militar; que empieza por envidiar la suerte de los hombres que van a la guerra, porque eso supone ganar honra y fama, y medallas y honores por ser gran patriota. Se hablaba con desprecio de Napoleón Tercero porque se había ofrecido como protector de Italia frente al Emperador Francisco José. Nadie estudiaba la campaña desde el punto de vista humanitario, sólo con vistas a las ventajas. Yo, dudaba ante aquella seguridad y soberbia: ganará Austria porque es superior. Y, por qué es superior. Decían: » Se ensanchará nuestro territorio veneciano a expensas del territorio piamontés». Todo eran glorias anticipadas. Metían a Dios en ello; lo mismo que los italianos, claro. Los escapularios salvarán a nuestros hijos, decían las madres austriacas. Y las italianas y las francesas, también lo decían, sobre los mismos escapularios y los mismos curas de la misma Iglesia que predica: No matarás! Bendecían las armas, los curas; las armas de matar. Yo no veía sentido, a través de Martha, la protagonista. Una palabra llenaba todas las bocas como causa de la guerra, esa palabra era «Patria», la patria buena es la que nos dota del orgullo de poder vencer a los vecinos, decían. Yo pensaba, a veces: parece que la patria es importante porque YO he nacido en ella, es MI patria; mía! Parece que piensan así.

–Es lo que yo hago también, por ejemplo, con mi María Bellido en la época de la independencia, de la emancipación. Es una indígena quechua a la que no alcanza la letra; quiero decir que no sabe leer ni escribir, casada a los quince años su trabajo es parir y parir. Pero se ilustra en la Resistencia. El marido y dos hijos están en la lucha clandestina y ella dicta sus notas secretas parar avisarles de llegadas o partidas de las tropas invasoras. Encuentran una nota suya, y la fusilan sin que haya caído en la debilidad de denunciar a los montoneros. En 1822 la matan, como escarmiento. En eso, sí fue igual a los hombres.

–Y en las guerras, qué conflictos de conciencia no se daban! Usted, Freyre, habla de tropas invasoras. Gentes que quizá pudieran llevar sus mismos apellidos! Uno de los personajes de mi novela es un militar prusiano de nacimiento. Y está al servicio de Austria. En tiempos de paz, esto no era extraño porque existía una Confederación pruso-austriaca. Pero, cuando los dos países entran en conflicto, los prusianos lo fusilan acusándolo, falsamente, de espía.

–Confederación? Una hubo, también, en nuestros pagos. Confederación de Perú y Bolivia. Y, ahora recuerdo el sitio de El Callao: los conquistadores conquistados en 1826 y termina con ello la guerra de la independencia peruana. Como decía antes Freyre, calles y calles, y cerros y cerros de muertos.Y, como dice Bertha, dentro de El Callao podía haber descendientes de abuelos comunes con los abuelos de los sitiadores peruanos. Terrible, terrible. Y la «Guerra del salitre» te acuerdas, Freyre: Chile frente a la confederación, en 1879, arde el Pacífico, arde Atacama y arden los valles peruanos. Desde tu columna «La revista de Lima», en el periódico «La Patria», qué de arengas escribiste para que la gente no cayera en pánico: propuestas de actividades, valor, valor! Gran maestra fuiste para canalizar las emocione. Gran papel el tuyo, Freyre. Allá estábamos, tú y yo, en el asalto de Lima. Dejamos nuestra vida privada para atender a heridos que se morían en pedazos, cada una a su manera. También escribí sobre ello.

–Atender a los heridos de guerra: papel eterno de la mujer. Porque, después de las guerras del Piamonte, vinieron las guerras contra los ducados del Norte, daneses en parte. Todavía funcionaba la Confederación pruso-austriaca, para no perder el ducado de Holstein, del 48 al 51. Holstein y Schlewig, dos guerras, y en el 64. Y, después de ganar esos ducados, y otros, en dos guerras atroces, viene la disolución del la Confederación y la guerra austro-prusiana entre hermanos, quién puede entenderlo, en el año 66. Yo fui, Martha fue al frente para atender a los heridos. Era horrible; en las ambulancias improvisadas, en las inmediaciones del campo de batalla, nos faltaba de todo, principalmente agua y pan. No quedó un local techado, iglesia, casa de labor, castillo o choza, etc. etc. que no se llenase de heridos, Oficiales, suboficiales, soldados, mezclados en montón, cubiertos de polvo, de grasa, de sangre; lanzan gemidos y gritos que, con frecuencia, nada tienen de humano. Y, crean ustedes que, con frecuencia, son menos dignos de lástima los que pueden gritar. La civilización, no humana; la civilización de los hombres ha creado con toda naturalidad el mito de los cuatro jinetes del Apocalipsis: hambre, peste, muerte, guerra. Los tres primeros son naturales. El cuarto, la guerra, lo han creado los hombres, exclusivamente los hombres. Es su responsabilidad.

–Le sobra razón, Bertha: vanidad, ambición y envidia podían llamarse los tres motores que han llevado a los hombres hasta la depredación continua. Porque la guerra civil peruana, en 1884-5 enfrenta a dos militares aun antes de acabar la guerra del Pacífico, o del Salitre. Hay un Miguel Iglesias y un Andrés Cáceres, es decir, hay caceristas, rojos, y hay iglesistas, azules. Pero, no eran ellos solos, sino que cada uno arrastraba a sus protectores internacionales: Cáceres tenía detrás a Bolivia, Estados Unidos de Norteamérica y Argentina. Y detrás de Iglesias estaban Chile, El Imperio Británico y Brasil. Qué esperaba cada uno sacar de aquel enfrentamiento que partía por mitades a los peruanos, y utiliza las vidas y las muertes de los peruanos? Y de las peruanas. Y el folklore que se monta alrededor de una guerra, como si las causas fueran naturales y no creadas. Qué importan las causas de una guerra! No debería haber causas, nunca, para una guerra entre humanos. Lo que vale es lo positivo, la cadena de amores entre generaciones, sin distinción de géneros ni colores, sin distinciones. Porque la vida, y la muerte, ya traen sus penas naturales. A mi hijo dediqué un amor roto, siempre en llamas porque se me fue a los trece años: Mi jorge, mi esperanza, mi ventura/ hoja tierna arrancada a la guirnalda/ de mi amor maternal, de mi ternura/ vívida luz que en el desierto campo/ de la existencia mía/ brilló como un meteoro fugitivo/ al borde oscuro de una tumba fría. Eso es lo que cuenta para vivir y morir: el amor por las criaturas, amor por lo creado.

–Es visión genesíaca, visión de mujer, visión humana. En mis épocas y en mi medio, la mayor parte de los hombres se planteaban la necesidad de la guerra desde el punto de vista del poder; necesaria la guerra para mantener el poder y la dignidad basada en el poder, dignidad de casta. Entre algunos primates se siguen dando estas castas y estas luchas; fíjense cuánto hemos evolucionado. No olvidemos aún, la guerra franco-prusiana entre julio del setenta y mayo del ochenta y uno: Sedán. Napoleón Tercero es apresado, ganan el emperador Guillermo y von Bismark. Se incia la república en Francia. Yo pregunto, quién nutre las guerras? El pueblo, no; detesto el concepto «pueblo». Existen los ciudadanos; pueblos puede haber varios en un país. Qué se les da a los ciudadanos, de una guerra preparada y dirigida por la casta militar? La gente del común quiere vivir en paz, en todas partes. Son las castas del poder las que se plantean: me lanzo contra ti antes de que tú te lances contra mí. Te gano, yo puedo mas. Y te robaré todo lo que me sea posible.

–Totlmente de acuerdo. Y no olvidemos la guerra civil boliviana, guerra de banderizos, de mil ochocientos noventa y nueve, llamada «Guerra Federal», qué bonito nombre. Tenemos, en el bando conservador, a las élites económica y religiosa, y a las fuerzas armadas. Y, en el bando liberal, tenemos al campesinado, a los nativos y a los pequeños comerciantes, que proponen un ordenamiento federativo. Qué vaivenes de prestigio entre las dos grandes ciudades. Sucre y La Paz, que me llevo la capitalidad a una que me la llevo de otra. Cosa importante en verdad, para el pan de los indios: cuál es la capital de los blancos! Gana los liberales, que, supuestamente, van a eliminar las clases sociales.

Yo lo dejaría aquí. La historia de los hombres es muy cansina.

Aumenta la luz. Recuerdo que Juana Manuela Gorriti, ha salido hace un rato, no está. Hago memoria: es que murió en el noventa y dos, y estábamos en el noventa y nueve: no llegó a la «guerra federal» de su querida Bolivia. Me vuelvo para despedir a Carolina Freyre. Que tampoco está. Ni Bertha von Suttner. Se hace luz plena. Nos miramos dentro de los ojos.

–En esta última guerra, la de Bolivia, estuvo Adela Zamudio montando un hospital y atendiendo a los heridos de guerra. Esperaba que lo dijeran, puesto que la han mencionado antes, tendrían que saberlo.

–Estaban cansadas, son muchos años, ya. Zamudio estuvo aquí, exactamente, el cuatro de noviembre de dos mil trece, con Delmira Agustini.

–A la baronesa austriaca le concedieron el Nobel de la Paz en mil novecientos diez. Cuatro años después y poco antes de comenzar la primera guerra espantosa, murió.

–Yo tengo un ejemplar de la novela; tiene las hojas amarillas, la portada está repegada con cello; es una edición de los años treinta que había en la casa de mis padres.- dice la Catedrática Pelirroja– Y, es muy curioso, el título «Abajo las armas!» viene en letra pequeñita, casi no se aprecia, debajo de un título que alguién se sacó de la manga: «Historia de una vida». Incluso el apellido está mal escrito: Sutter. En el interior ya viene como era: Suttner. Qué edición tan poco cuidada, a saber por qué.

Nos quedamos pensando. Por qué sería una edición tan poco cuidada de un libro que ahora nos parece que pudo ser tan importante, y conocido en todo el mundo. Escrito por una mujer.

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