MUÑECAS EN CASA

Posted: 17th enero 2021 by Aurora in Crítica
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En la sección de hoy, nos dice El Redactor, os traigo unas reflexiones sobre una obra dramática que ha tenido muchísimo éxito durante mucho tiempo. Me refiero a «Casa de Muñecas», de Henrik Ibsen, 1828-1906. Es una obra de madurez, ya que la escribe en 1879, cuando tiene 51 años. Se conocen unas notas de él que introducen el tema, las leo:

«Una mujer, no puede ser auténticamente ella en la sociedad actual. Una sociedad exclusivamente masculina, con leyes exclusivamente masculinas, con jueces y fiscales que la juzgan desde el punto de vista exclusivamente masculino. Existen dos códigos de moral, dos conciencias diferentes, una del hombre y otra de la mujer. Y la mujer es juzgada desde el código de los hombres»

-Bueno, que la mujer es distinta, lo dicen los hombres desde que empezaron a ponerse de pie y a jugar a la pelota. Lo que pasa es que se lo han tomado como «distinta igual a inferior.- opina El Actor de Televisión.

-A mí, me gustaría mucho saber, hasta qué punto los movimientos feministas de la época, pudieron hacer pensar a Ibsen, y llevarlo a tomar partido.- dice La Actriz de Televisión.

-Bueno, para empezar de alguna manera, él se declara ateo. Es decir, va por libre, piensa a través de sus propios ojos. Y, lo que se veía entonces en relación al derecho a ser, de hombres y de mujeres, era clamoroso, en Oriente y en Occidente. Pues, bastaba con tener una mirada libre, o sea un criterio propio, y valentía para exteriorizarlo, porque estaba en minoría. Ya hemos hablado muchas veces de esto en El Salón.

-Pues, pasamos directamente a la parte de la obra que me interesa resaltar.- dice El Redactor– Os presento a Torvald Helmer, es el marido de Nora. Se dirige a una señora que está en la casa de visita, amiga de confianza de su mujer, y se retrata perfectamente nada más empezar, como vais a ver a continuación, le pregunta si hace media, o sea punto; que si teje:

Helmer: Hace usted media?

Christina: Sí, señor.

Helmer: Debería usted bordar.

Christina: Y, por qué?

Helmer: Es más bonito. Mire usted: se tiene el bordado en la mano izquierda, así; y se lleva la aguja con la mano derecha, de este modo. Usted ve esta curva prolongada y ligera, que se hace… no es cierto?

Christina: No digo que no.

Helmer: Mientras que, hacer media…eso es feo siempre. Vea usted los brazos pegados al cuerpo… las agujas yendo de arriba abajo y de abajo arriba… Parece trabajo de chinos. (Acto III Escena II)-Es una buena presentación, muy clara. Ya nos dice por dónde va este buen señor.-dice la Catedrática Pelirroja.

-Hay hombrees que, con tal de dirigir a las mujeres, pueden caer en el ridículo mas espantoso. Y no se enteran.- dice Un Señor Asiduo.

-Resulta que, hace un tiempo, impremeditadamente, Nora se metió en un problema financiero al pedir un crédito para salvar la vida de su marido, es así como lo dice ella. Y en el momento presente, se da cuenta de que el problema puede alcanzar al propio marido. Al enterarse, Helmer reacciona con una brutalidad sorprendente.

Helmer: Esto es tan increíble que no vuelvo de mi asombro! Pero, hay que tomar un partido. Quítate el dominó! Que te lo quites, digo! Y en cuanto a nosotros, como si nada hubiese cambiado. Por supuesto, hablo sólo de las apariencias, y por consiguiente, seguirás viviendo aquí; escusado es decirlo. Pero, te está prohibido educar a los niños. No me atrevo a confiártelos!

Pero, después de muchas angustias, parece que el asunto se soluciona y no habrá consecuencias, públicas ni privadas:

Helmer: Nora! Nora! No, volvamos a leer…! Sí, eso! Estoy salvado, Nora! Nora, estoy salvado!

Nora: Y yo?

Helmer: Tú también, naturalmente. Nos hemos salvado los dos. Sé bien que todo lo hiciste por amor a mí.

Nora: Es verdad.

Helmer: Me has amado como una buena esposa debe amar a su marido, pero flaqueabas en la elección de medios. Crees tú que te quiero menos porque no puedas guiarte a ti misma? Te he perdonado, Nora; te juro que te he perdonado

Nora: Gracias por el perdón.

Helmer: No, quédate. Por que te diriges a la alcoba?

Nora: Voy a quitarme el traje de máscara.

Sí, han estado en un baile, pero la máscara a la que alude Nora, es la que ha llevado puesta durante toda su vida; la máscara obligada por ser mujer: hija y esposa. Y eso anuncia un cambio radical de mentalidad, o de personalidad porque acaba de conocer al marido, y su situación, la de ella, dentro de la pareja. Ahora, todo va a ser de verdad.

Helmer: No te has acostado? Te has vuelto a vestir?

Nora: Sí, Torvald, he vuelto a vestirme.

Helmer: Y para qué?

Nora le anuncia que no dormirá en casa esa noche. El tono, la seriedad; o sea la ausencia de la monería que venía utilizando para ser, o por ser la niñita de papá primero, y luego del esposo, todo anuncia que Nora se ha convertido en una mujer nueva. En unos minutos, al ver y sufrir la reacción de Torvald. «Siéntate», le dice, «tenemos mucho de que hablar».

Nora: Ocho años han pasado, o más, desde que nos conocemos, y jamás se ha cruzado entre nosotros una palabra seria respecto a un asunto grave.

Torvald: Iba a hacerte partícipe de mis preocupaciones, sabiendo que no podías quitármelas?

Nora matiza: no hablar sólo de preocupaciones; dice una cosa que a Helmer le resulta sorprendente; habla de que nunca han «tratado de mirar en común el fondo de las cosas». Es decir, la suya ha sido una relación superficial al uso: encima, el hombre y los asuntos graves, es decir cómo traer dinero a casa y crecer en fortuna y en fama. Y debajo, la mujer, alondra mañanera a sus labores de hogar. Ningún punto de encuentro en cuanto iguales.

Helmer: Eres incomprensible, Nora. Incomprensible e ingrata.

Y ahora, en la respuesta de Nora, vamos a comprender el porque del título:

Nora: No, no era feliz. Estaba alegre, y nada más. Eras amable conmigo, pero nuestra casa era sólo un salón de recreo. He sido muñeca grande en tu casa, como fui muñeca pequeña en la casa de papá. Y nuestros hijos, a su vez, han sido mis muñecas.

Y aquí está la crítica de Ibsen: «Cuestiona el modelo de familia» Pero Torvald Helmer no ha comprendido el fondo de la cuestión:

Helmer: Hay algo de cierto en lo que dices, aunque exageras mucho. Pero, en lo sucesivo, cambiará todo. Ha pasado el tiempo del recreo; ahora viene el de la educación.

Nora: La educación de quién, la mía o la de los niños?

Helmer: La tuya y la de los niños, querida Nora.

Nora: Tengo que pensar en educarme a mí mismo. Tú no eres hombre capaz de facilitarme ese trabajo. Por eso voy a dejarte.

Y Helmer pierde el aplomo, y grita, y le dice que ha perdido el juicio y que le prohíbe marchar de casa. «Tú no puedes prohibirme nada de aquí en adelante», le contesta Nora. Y alguien pensará: Una madre que deja a los hijos y al marido! Es que el marido ya le ha dicho que no la cree capaz para educar a los hijos, por eso se los deja a él. Y, además, los hijos siempre han sido la coartada para que la mujer aguante carros y carretas.

Helmer: No son tus deberes para con tu marido y tus hijos?

Nora: Tengo otros no menos sagrados.

Helmer: No, no los tienes! Qué deberes son esos?

Nora: Mis deberes para conmigo misma.

Helmer: Antes que nada eres esposa y madre!

Nora: No creo ya en eso. Antes que nada soy un ser humano con los mismos títulos que tú. O, debo tratar de serlo.

Y le dice que ya no cree en la religión que hasta ese momento la ha llevado por la senda equivocada, ahora lo ve claro. La religión, la que todos conocemos en occidente con sus derivaciones, ha sido el puntal de un tipo de familia en la que se han formado millares de generaciones enfermas. Así esta la sociedad: enferma. Ya desde Rousseau, si os acordáis, lo hemos visto aquí. Y, llega el intento de chantage:

Helmer: Ya no me amas!

Nora: Así es, en efecto, esa es la razón de todo!

-Es que, qué era el amor? Se lo preguntamos a los servidores de esa religión. Yo me contesto: para la mujer era la resignación ante su humillación.

Helmer: Discurres como una niña y hablas del mismo modo!

Sí, pero, cuando ve que Nora se va, que le devuelve la alianza, que le deja sobre la mesa las llaves de casa, lloriquea:

Helmer: Puedo escribirte, puedo ayudarte; ya no seré más que un extraño para ti!

Y Nora se va. Ha crecido. Se ha conocido: tanto gusto.

-Mira, ahora me viene algo de Lope, como para rematar. En este obra de Ibsen, parece que el padre de Nora, y el marido, han decidido cómo tiene que comportarse ella, la han moldeado. Seguramente, esto era común y todos los hombres actuaban igual respecto a sus hijas y sus mujeres. Y se alarga la cadena, por siglos y siglos, lógicamente. Tengo en la memoria una descripción que hace de la mujer, un tal Octavio , que es, el padre, precisamente, de «La Dama Boba». Dice:

Octavio: Está la discreción en una casada/ en amar y servir a su marido;/ en vivir recogida y recatada/,/ honesta en el hablar y en el vestido;/ en ser de la familia respetada,/ en retirar la vista y el oído,/ en enseñar a los hijos, cuidadosa,/ preciada más de limpia que de hermosa. Para que quiero yo que, bachillera,/ la que es propia mujer conceptos diga?

Total: limpia, hacendosa e ignorante. Porque si se cultiva, puede llegar a saber tanto o más que el marido.

-Espera, espera, que repito esos versos: Para qué quiero yo que, bachillera,/ la que es propia mujer, conceptos diga?

-Ahí se retrata éste también. Horror, que puede saber más que yo, o ser más inteligente que yo!

-Mieeeedo. Nada más que mieeedo a la mujer. Hasta bien entrado el siglo veeeeinte.

-Valientes, ahora están dándose cuenta. Algunos al menos. Por milenios hemos vivido en la mala dirección.

-Así es.

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