NO IBA A SER UNA CONFERENCIA

Posted: 10th febrero 2013 by Aurora in Crítica
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No iba a ser una conferencia, aunque consta que ella era muy buena conferenciante. Además, hoy ya resultan empalagosas las conferencias porque con tanta información a mano, todos creemos saber de todo, opinó la reportera. Tampoco queríamos una entrevista. Personalmente huyo de la situación pregunta-respuesta. “Toda pregunta es una agresión”, quien dijo esto sabía de qué estaba hablando. Queríamos algo más cercano y participativo, poder ser todos coprotagonistas. Y a doña Emilia le pareció muy bien, dijo: “Yo también quiero conocer a ustedes, es interesante el planteamiento, me place; pero, no sé si habrá solamente mujeres”. Le dije que habría personas, y al pronto parecía no entenderme. Después, sonrió sobre la blanca papada de señora un poco gruesa; hizo un rass rápido para abrir su abanico y fuimos cómplices, quedamos en todo de acuerdo. Una gozada de señora.

Quince minutos antes de la hora que había sido fijada, ya estaba el Salón casi lleno; ella estaba, también. Había llegado sofocada bajo el velillo de tul negro que le velaba la cara. Es sabido que las modas vuelven.

-He pasado por medio de un gentío que taponaba la Avenida.- se sentó en el sillón que le ofrecíamos y aceptó una copa de vino añejo. No tenía mucho acento gallego- Estuve atónita, antes, mirando desde la acera. Leí las pancartas y escuché lo que gritaban. Hombres sobre todo gritaban rimas, de vez en cuando, lemas rimados, los que llevaban escritos en las pancartas. No supe, entonces, iban en serio o era una obra de teatro en la calle?

-Claro que van en serio, doña Emilia. Usted viene de lejos y no comprende.

-No comprendo entonces por qué se reían. ¡Fulano, ladrón, al paredón! ¡Fulano, abajo, nos importas un carajo! Pero, yo pegunto: a este fulano y al otro fulano, le importa la manifestación de esas posturas; al ladrón lo va a llevar la justicia al paredón, siquiera ante un tribunal?

-¡Qué más quisiéramos!

-Entonces, de nada sirve. Don Fulano se encoge de hombros y dice, o piensa: pues fastidiarse. O cosa parecida. Y nada cambia. Es eso así?

-Al menos, es el derecho al pataleo.

-Ya, ya veo. Por lo mismo del propio gracejo, provocan sonrisas, no provocan indignación esos lemas rimados. Son insultos sin consecuencias jurídicas ni de efectividad. Había un ambiente festivo, parecían niños grandes en un día de fiesta. Se me ha quedado esto: protestan cantando, insultando y riendo. No parece cosa seria.

-Antes, ni eso se podía hacer.

-Ustedes, no tienen derecho a decir “NO”?

-Al pataleo, ya le digo.

-Eso es cosa de niños. Me viene a la memoria la petición que hace el doctor Moragas al verdugo Rojo, en mi novela “La piedra angular”, una historia que, como ustedes ya sabrán, toca el tema de la pena capital.

-Permítame, doña Emilia. Fue usted valiente en superlativo, al entrar en ese tema; en esa época y siendo mujer.- dijo una señora de mediana edad.

-Yo nunca consideré mi sexo, mejor, ahora dicen ustedes género, lo apruebo, sí. Pues nunca consideré mi género a la hora de plantear una visión de la realidad que estaba ante mis ojos. Pues el doctor Moragas, le dice a Rojo el verdugo: “Donde han fracasado las sociedades, las autoridades, el cardenal arzobispo, los diputados, el Papa, usted va a vencer, y sin necesidad de tomarse más trabajo que el de decir “no”.

-El derecho a decir “no”. Me suena de algo- dijo el autor joven.

-Más serio que el derecho al pataleo con rima. Y sigue Moragas: “Cuando le llamen a usted para ejercer sus funciones, usted se niega. Que le exhortan, “no”. Que le mandan, que le gritan, que pretenden aturdirle; “no, no”. Que le piden a usted explicaciones de su conducta: “no”. Que le llevan a usted ante el jefe de policía, que le quieren apretar los dedos pulgares, sufrir si es preciso, y “no”, y más “no” y “requetenó” mil veces”. Y sí, siguen el discurso. No les parece, cuánto más fuerte y radical serían miles de noes llenando calles y plazas? Un texto de protesta y miles de noes. Una petición justa, y miles de síes. Porque, en el festejo de la rima, se va la pólvora en salvas.

-Pero, usted, doña Emilia, es muy hábil montando historias. Nos escamotea el resultado. Qué habría sido de Rojo? Lo enchironan, o lo condenan a muerte a él mismo. Usted es muy hábil.

-Es que yo no aporto soluciones, yo sugiero salidas, yo abro puertas. Los interesados verán si las pasan o no las pasan.

-Lo mismo dice usted en cuanto a la cuestión de la mujer.- dijo la comentarista de televisión.

-Y me han tachado de falsa feminista, gente que me pide más de lo que puedo dar. Y en esa cuestión, he dado todo lo que soy. Se daba una educación, no instrucción, una educación inmoral basada en la obediencia y en la sumisión al varón familiar más cercano. Eso, para empezar.

-Usted era partidaria de la coeducación, ya en su época. Pues ahora, hay quienes ven serios problemas
para la mujer y para la sociedad, en la coeducación.

-Yo pedí, en Congresos y en artículos, el derecho a una educación y a una instrucción igual para los dos sexos. Perdón, géneros; la verdad es que, a la luz de hoy mismo, resulta muy equívoco hablar de instrucción de los sexos. Pero, quede bien claro: yo opinaba, y opino, que es ella, la mujer, la artífice del cambio, sí, desterrando la idea de inferioridad.

-Eso, doña Emilia, ya sólo queda de forma residual.- dijo la estudiante de farmacia.

-Me gustaría mucho comprender lo que quiere decir.

-Uy, si ahora ya hay algunas académicas, no?- casi dudó una chica muy joven.

-En las generaciones de más edad, queda la idea de ser inferior, o el sentimiento, o el hábito de callar delante del marido. Hay convulsiones; las mujeres suben y bajan, pero cada vez se mantienen más arriba.- dijo una asistente de mediana edad.

-Con criterios propios, o adoptan los del varón?

Aproveché que nadie respondía para iniciar una nueva ronda de copas; hombres y mujeres servían a hombres y mujeres. Ella se había retirado ya el velillo negro de la cara. Me pareció su mirada de las más profundas y tristes que recuerdo.

-Tiene gracia, a veces leo cosas como: los temores que la sociedad tiene respecto a que las mujeres tomen un rumbo distinto al que tienen asignado en el contexto social. Quiénes forman, entonces, la sociedad?

-Todo eso ya ha cambiado mucho, doña Emilia. Las mujeres votamos: somos sociedad.- dijo la periodista comprometida.

-Yo fui una luchadora incansable del feminismo. Era sumamente irritante el que las mujeres no fueran consideradas en sí, ni por sí ni para sí, sino en los otros, por los otros y para los otros. Tenían que dar felicidad y parir con dolor y sufrir; para eso habían venido al mundo.

-Y los hombres, para qué habían venido al mundo?- preguntó el estudiante de magisterio.

-Dígamelo usted.

-En su novela “Dulce Dueño”, el señor Polilla dice, que me he traído mis notas; dice: Las mujeres necesitan apoyo, sostén. Tengo, respecto a las mujeres, mis ideas especiales. No digo que seáis inferiores al hombre, pero sois diferentes, muy diferentes. La sagrada tarea maternal, por otra parte, os impide a veces dedicaros….”-“Pero, si no me caso, dice Lina, ya, la sagrada tarea maternal…” –Sí, dice él, pero casándote como lo manda la ley de la vida, serás discípula del hombre a quien ames, y tu ciencia y tu alto papel en la historia, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito!, no sólo al esposo, sino a la humanidad entera. Etc.Etc. Etc.- el hombre había leído con mucho sentimiento sus notas, cambiando convenientemente el tono de voz hombre-mujer.

-Espero que se comprenda hoy mejor que ayer, que le hago decir esas cosas para ponerlo en evidencia. Tengan en cuenta que son las opiniones que lanzaban a los cuatro vientos mis contemporáneos como el señor de Catalina o la señora de Sinués, por citar sólo dos ejemplos. Y citaría incluso a señores académicos. Esa era mi forma de dejarlos en evidencia, también.

Llegaron sigilosamente tres visitantes que hicieron gestos de imposibilidad para haber llegado antes por culpa del tráfico. Se sentaron en la última fila para no distraer a los contertulios que estaban ya metidos en la conversación.

-En este caso, sí es fácil, se entiende, porque las respuestas de Lina tienen tono de burla. Pero en sentido general, creo yo, doña Emilia, que usted tiene dos raseros.-  dijo la periodista comprometida.

– A ver, explíquese.

-Sus personajes femeninos pobres, no deciden, no rompen. Sus mujeres ricas, deciden y rompen cuando les parece. Pobres por ejemplo, que me vengan a la memoria: la chica de “El árbol rosa”, Milagros Alcocer. La pequeño-burguesa de “Un viaje de novios”, Lucía, que vaya cómo queda la pobre por no tener decisión. La chica de “La Dama Joven”. Ricas, pues tenemos a Asís, de “Insolación”, o calentón diría yo. La novia de “El encaje roto”. La nueva rica de “Dulce Dueño.

-Viene usted bien preparada.- rió doña Emilia- Pero, no siempre es así. Fe Neiras estudia por su cuenta y da clases y gana dinero necesario en la familia. De todas formas, tengo que advertirle que ése no es mi rasero; es el rasero con que mide la sociedad de la época, y aún de las siguientes, incluso de ésta en menor medida, quizá. Y al hablar de sociedad, en este caso sí que me refiero a hombres y a mujeres. Las mujeres de la alta burguesía y de la nobleza, podían ponerse el mundo por montera, vivían en su burbuja propia. Y las de abajo las envidiaban, pero exactamente, las de clase media estaban prisioneras del decoro. La mujer del pueblo, que no tiene ni decoro, también puede hacer un poco lo que le venga en gana. Con sus consecuencias a la espalda, claro.

-Pero, usted NO hace en sus historias que las mujeres de clase media salten. Son las más atadas y amordazadas, y usted crea unas historias en las que siguen atadas y amordazadas.

-Pero, es el marbete del Naturalismo: las cosas son así, véanlas. Yo no era, ni soy ni seré panfletaria. Yo presento una situación en que las mujeres se ahogan. Ellas tienen que hacer por salir del agua; ya lo he dicho antes. Escúcheme: los obreros de París, se indignaron contra Zola después de la publicación de “ L’assomoir”. No les gustó verse reflejados en la novela. Les dio que pensar. Eso es lo bueno. Es lo que yo quería conseguir para mis contemporáneas de clase media. Y de la otra.

-Pero, las deja ahí. Yo diría que usted está dominada por el pesimismo histórico y por el religiosismo.

-Estoy de acuerdo.- dijo el autor joven- En el fondo, doña Emilia, es que usted no puede creer que la mujer en general sea capaz de vivir sin la sombra protectora del varón, porque sabe que mujeres como usted, se dan muy pocas.

-Quizá doña Emilia sepa demasiado bien que la mujer libre está doblemente sola.-dijo un señor de pelo blanco y ojos azules- Usted no abandonó, pero sabía que iba a llegar el abandono del religiosismo, o sea del atavismo religioso. Ya la mujer no tiene hombre en quien confiar ni tiene a Dios. Está doblemente sola, porque el hombre no confía en la mujer libre, y la mujer libre no confía en el Dios de los hombres.

-Los hombres siempre hicieron lo que quisieron.- dijo la señora de Pardo Bazán- Creyentes o no creyentes, místicos o ateos, siempre podían contar con la compañía de la mujer, ella siempre creyente, eso sí. Ellos libres, pensadores, pero la madre, la esposa y la hija, con mantilla a la cabeza. Lean, lean a Severo Catalina.

Una de las mujeres que había entrado en último lugar, sentada al fondo, levantó la mano para intervenir. Doña Emilia la señaló con el abanico.

-Zola dice de usted que, al ser tan católica, no podía ser naturalista.

-Yo cogí del naturalismo lo que me pareció. Yo nunca fui gregaria, falta de criterio propio.

-Usted también es parcial cuando dice que en el Renacimiento, LA mujer era cultivada, y cita a La Latina, y a la reina Isabel, y más adelante a Santa Teresa. Y hay quien llega a resaltar que la mujer podía ser reina. Claro que podía ser reina si era hija de rey y habían muerto sus hermanos varones. Con los godos, esto no pasaba, sí que es un adelanto, sí. Pero, no me hable de la situación de LA mujer. En el dieciocho, usted dice que LA mujer era instruida, y cita a UNA mujer académica honoraria: doña Isidra de Guzmán. Yo le cito a doña Josefa Amar y Borbón, de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, y vinculada a la de Madrid. Pero, la situación de LA mujer en esos tiempos, no es la de una ridícula minoría de mujeres ricas, y por ricas instruidas. Usted misma, condesa de Pardo Bazán, llega a donde llega porque es rica, en principio. Y crea que no le niego méritos. Entre sus juguetes había muñecas y caballitos de cartón, según cuenta. Dígame, por favor, si usted hubiera tenido hermanos varones, le habrían puesto caballitos para que jugara? Y a ellos les habrían puesto muñecas para que jugaran? Usted sabe que no. Ni le habrían permitido a usted leer como leía cuando era bien pequeña, el Quijote, la Biblia, los clásicos.

-Muy posiblemente no me lo habrían permitido. Muy posiblemente, lo habría hecho.- dijo doña Emilia sin tratar de ser modesta.

-Se puede hablar de la mala situación de la mujer en el diecinueve, porque en votación legal nieguen la entrada en la Academia a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a mitad del siglo, y después se la nieguen a Concepción Arenal, a la Duquesa de Alba y a usted misma, con votación o sin votación? Las minorías, en este caso ilustradas, no ilustran la situación general de la mujer. Vayamos a las clases bajas. En su novela “La piedra angular”, su querido doctor Moragas dice a Rojo el verdugo: “Queda ahora mismo en el barrio, tirado sobre un colchón, el cadáver de una criatura asesinada, la hija de Antiojos el zapatero, ¿no lo conoce usted?, su padre la asesinó a fuerza de malos tratos, de barbaridades, de golpes. Ni un día de cárcel le costará al malvado. ¿O cree usted que todos los crímenes vienen a parar en la vuelta que da usted al torniquete? Pedro Moscoso maltrata físicamente a Isabel, y el propio padre de Sabel, Primitivo, la maltrata, son Los pazos.

-Y Pedro maltrata a Nucha, su mujer.- dijo doña Emilia y bajó un poco la cabeza. Tomó un largo sorbo de vino añejo. Un hondo suspiro levantó su pecho opulento.

Nos dimos cuenta de que la situación estaba haciéndose un poco tirante. Hice una seña a la periodista comprometida para que me ayudara a cambiar el rumbo de la reunión. Ofrecí a doña Emilia las conchitas de barquillo rellenas de pasta de almendra, que ya habíamos notado que le gustaban.

-Doña Emilia, si me permite, me encantaría leer una pequeña crónica que saldrá pasado mañana en El Correo. Quizá usted pueda añadir
datos que yo desconozco.- dijo la periodista.

-Pero, no me pregunte sólo a mí si puede leerla; los demás podrán opinar también, seguramente.

Hubo un murmullo que pudo ser considerado como de aquiescencia, así que la periodista se acomodó para comenzar la lectura.

-Siempre me gustó de Pardo Bazán el que no escribía como mujer. Y escribe como escribe porque piensa como persona muy poco o nada dominada por el sexo; precisamente porque pensaba y vivía de una forma bastante libre respecto al mismo. Por cierto, si decimos Pérez Galdós o Blasco Ibáñez, por qué habríamos de decir LA Pardo Bazán? Lo pregunto a estupendos antólogos y biógrafos que se han ocupado de su vida y de su obra.

No se oye una voz femenina cuando entra en un mundo de hombres. La voz narradora de “Cobardía” es una voz que no disuena en un ambiente exclusivamente masculino, es más: se encarama sobre una muralla de inteligencia, y no con una voz masculina, pero sí con su espíritu recio, se sitúa a mil kilómetros por encima de la “hombría” de un grupo de mequetrefes masculinos. Es cuestión de valores y de inteligencia reflexiva, y no de sexo; o mejor dicho, de género.

En otro cuento, también escrito en primera persona masculino singular, “La cana”, precisamente un relato que sobrecoge en su objetividad, la voz dista tanto del tono femenino como del tono que pueda decirse bronco-masculino. Exactamente, escribe como una persona, eso es, al margen del género. Y es creíble en cualquiera de los dos aspectos, lo llamemos voz o lo llamemos punto de vista; quizá sea un mismo aspecto. Léase también el relato “Bucólica” y otros, en este sentido.

-Disculpe si la interrumpo. De mí se llegó a decir que me ponía los pantalones para escribir. No, no; yo siempre me puse por los pies mis ropas de mujer. Y no sólo para escribir. Escribir, y escribir lo que y como escribía, era el resultado de vivir como vivía.

-Gracias, doña Emilia, lo incorporo a mi crónica, si me lo permite. Y sigo leyendo: Circulan entre los académicos, y algunos se decían amigos de la escritora, cartas que nos sorprenden por el trato injusto y cruel muy difícil de comprender. Dice don Marcelino Menéndez Pidal: En cuanto a doña Emilia, no hay que tomarla por lo serio; esto va entrecomillado. Opina que usted es una pedante porque confiesa alguna de sus lecturas de infancia, que rebasaban lo habitual, eso es seguro. Y dice, entrecomillado: Parece increíble y es para mí muestra patente de la inferioridad de las mujeres, aunque compensada por otras excelencias, Etc. Etc. Etc.

Se levantó un murmullo desde el fondo del Salón, de queja o de rechifla. O de ambas cosas.

-No quiero seguir citando a un señor tan egregio porque ya se ha descalificado a sí mismo. De Clarín, no quiero asegurar que estas palabras fueran dedicadas a usted, pero sí a LA mujer, a uno de los personajes de su novela “La Madre Naturaleza”, dice: “antipático poema de una jamona atrasada de caricias”.

-Algo parecido dice Mexía a La Regenta: Anita, eso es hambre atrasada.- recordó una señora mayor de ojos muy vivos- Este señor no valora bien a la mujer.

-Valera suelta perlas por su boca de diplomático, oigan esto, que va entrecomillado: No comprendo cómo no se enoja la mujer sabia cuando sabe que pretenden convertirla en académica de número. Esto es querer neutralizarla, jubilarla de mujer. Opina el señor diplomático y escritor idealista,- siguió diciendo la trabajadora de prensa, envolviendo a todos en una mirada circular- que serían muy molestas para las académicas estas reuniones con los académicos, porque podría haber, y esto lo digo con mis palabras, un ambiente de ligoteo, es decir: riesgo  de que el amor invadiese a LOS académicos, y entonces, la filología, y la historia y las otras ciencias se fuesen, en fin, pongan ustedes mismos el término que quieran. Honorarias, sí, le parece bien, porque tanto como valer, las hay que lo valen, lo reconoce. Pero, que se queden en sus gabinetes de recibo tal día a la semana. Porque la mujer debe seguir el mandato divino de ser ayuda para el hombre; y pretender independizarse de él, es pecado. Etc. Etc. Etc.

-Si mi voz hubiera sido masculina, quizá hubiese podido transigir con ellos. No lo sé.

-Se entendió muy bien con don Benito Pérez Galdós.

-Pero él era un sabio, no necesitaba plumas de pavo real. Esas opiniones a que usted da curso a hora, y otras, hicieron que yo sintiera vergüenza ajena. Me apenaba por ellos, eran grandes escritores. Pero, demostraron que sólo eran eso. En cambio, Pérez Galdós, además era una gran persona.

-No se enfade, doña Emilia, y con esto termino. Hay quien dice que la manía que le tenían los escritores contemporáneos, podía venir de una mezcla de su físico y de otras características no físicas, como su ambición y su coraje. O sea que usted no era atractiva; que era bajita y regordeta y tenía cuello corto y bizqueaba un poco, o era miope. Y conste que siento vergüenza al repetir esto.

-Jajá, todos ellos eran dechado de hermosura y de cualidades espirituales; a la vista está. Si yo hubiera sido mujer hermosa, sus comentarios habrían sido mucho más subidos de tono, más ofensivos. Habrían dicho que estaba dotada yo para otros menesteres, otras habilidades; que siendo bella para qué quería pasar por inteligente; cosas así podían haber dicho. Es ocioso, disculpe.

Bebió un trago largo de vino. De su bolso de mano, de concha y terciopelo color burdeos, sacó un pañuelo fino de batista con puntillas en el borde, y se lo pasó por la cara.

-Dijeron que yo era, entrecomille, querida, la Dama Obispal de la literatura española. Hacían chistes comparándome con el tranvía que, entrecomille, pasa por Lista; la calle de Alberto Lista. Hoy tiene otro nombre, creo. Es lamentable no poder olvidar el pecado nacional de este país. Siempre está ahí.

-No sé si es sólo envidia.- dijo el estudiante de magisterio- En una biblioteca pública de aquí mismo, muy recientemente, al bibliotecario no le sonaba el nombre de Emilia Pardo Bazán. Era un chico joven.

Vino una voz desde el fondo del salón, casi a puro grito; es difícil, a veces, calcular el volumen y la distancia. Era voz de hombre:

-Dice Robert Osborne, que de haber nacido en Francia, o en Inglaterra o en los Estados Unidos de América, su fama habría llegado al mundo, como la de Selma Lagerlöf, que es premio Nobel de Literatura. Pero, claro, era muy reconocida en su país, eso para empezar.

-De todas formas, usted abrió brecha, doña Emilia; fue trabajando la trinchera y ganó muchas batallas. Fue la primera mujer presidente  de la sección de literatura del Ateneo. Fue Consejera de Instrucción Pública, Catedrática de lenguas neolatinas.- iba diciendo el osteópata, callado hasta entonces.

-Ah, sí, famoso, famoso.-dijo doña Emilia riendo con ganas- El Claustro de profesores no quiso recibirme, y los alumnos, muy masculinos, tampoco. Empecé con seis alumnos y terminé con un viejito que me daba la enhorabuena y las gracias siempre, al terminar las clases. Gané batallas y gané premios, sí. Tuve marido y tuve hijos, y tuve grandes amigos y enconados enemigos. Mi vida fue mostrar la vida, y desear un cambio. Nunca vi muy claro cómo iba a ser ese cambio. Lo quería y lo temía, a la vez.

-En otra charla, doña Emilia; quizá lo podamos tratar.

Los visitantes empezaron a mirar sus relojes, sonó un móvil, alguien se puso en pie.

-Ahora recuerdo, cuando atravesaba el gentío de las consignas, en una pancarta he leído algo que me ha llenado de preocupación: No hay pan para tanto chorizo.  Es que el precio del trigo se ha hecho inasequible?

Sonaron risitas. Más visitantes se pusieron en pie. Dijo la actriz de televisión:

-Es como si el pan fuera el país, doña Emilia. Y el chorizo fuera la corrupción de la política. Los que chorizan.

-Entiendo. Lamento oír eso. Pero, hay ingenio en la expresión, y el concepto es quevedesco, sí. Eficaz en literatura, quizá. No eficaz en política. El pueblo puede tener el ingenio. Los políticos tienen el cinismo.

Quien le daba un par de besos en la cara, quien le besaba la mano. En su regazo iban quedando flores ya un poco blandas, flores de noche.

-Qué, me dejan ustedes aquí y se van tan ricamente.

-La ficción es lo que tiene, doña Emilia. Usted inventó una correspondencia con Gertrudis Gómez de Avellaneda, desaparecida muchos años antes, y le dice: “Esta mañana, tu espíritu se ha dignado visitarme”.

Doña Emilia sacó una carcajada feliz, se le iluminaron los ojos. Los ojos más sabios y tristes que yo he visto en mi vida. Me quedé con ella, parecía cansada. Le cogí las flores y las puse en un jarrón de cristal, frente a ella.

-Doña Emilia. Lina encuentra la felicidad cuando puede sentir la belleza suprema, que es la piedad, el amor al otro. Eso es Dios, quiere usted decir, está en su testamento literario, su último relato largo de mil novecientos once. Pero, dígame, si Dios es amor, cómo puede permitir tanto dolor?

Me di cuenta de que se había dormido. La luz artificial fue bajando lentamente, como ocurre cada noche en el Salón, hasta que termina por desaparecer.

Y aún no ha amanecido.

((Para Marina Mayoral. Juan Paredes Núñez. Pilar Faus. G. Gómez-Ferrer. Pablo Larrea.

También presentes))

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  1. vanesa dice:

    buena información y calidad literaria. la página es de lo mejor, se agradece