-…. ¡Ipurtikara!- murmuró- Como el pajarillo de cola inquieta, no puede estar tranquilo en un mismo sitio. Qué necesidad tendremos de carne salvaje, a riesgo de que él caiga por una ladera y nadie pueda ayudarlo.

– No hay que preocuparse, ama. El perrillo conoce bien los caminos de casa. Si le ocurriese algo, él vendría para avisar.

La señora pensó que esto era una simpleza, porque si al hombre le ocurría algo grave, por mucho que el animal avisara, ¿quién sabe si podrían llegar a tiempo con ayuda?

– Tú no vayas a ser también blanda con el marido, como soy yo. Si se le deja, al hombre le gusta vivir de espaldas a la casa, con sus viajes de pastor y sus entretenimientos de caza.

….. Y pasaron dos días más y el hombre llegó cuando la tarde terminaba y las mujeres, afanosas, disponían buena comida para los jóvenes que venían ya, precedidos por el rebaño, cuyos txintxarriak sonaban armoniosos y alegres. Él se alegró de que su vuelta coincidiera con la de los hijos, y se enfrentó a la señora, tranquilo y amistoso:

– Nada, mujer; ni huellas he visto. Los jóvenes se me adelantan y acaban con lo poco que hay. Pero, si no he visto piezas de caza, algo sí he visto que te va a gustar: abejas en cantidad como no puedes ni soñar………

…………….

Zikin no las tenía todas consigo. No sabía muy bien cómo debía hablar a aquellas gentes extrañas, y quizá, pensó, estuviera dirigiéndose a ellos como si fueran niños muy crecidos. Sin querer, se le escapaban los ojos hacia posibles caminos para salir huyendo si las cosas se ponían muy mal. Pero, tenía
que aparentar serenidad.

– Pues, ahora que veo esos montones de grano que tenéis ahí. Os aseguro que vosotros no podéis pasarlos de un salto y que yo sí que puedo.

Siete carcajadas salieron de sietes enormes bocas llenas dientes enormes y fuertes, entre barbas negras. A Zikin le pareció que estuvieron riéndose durante horas enteras, y que las risas se oirían hasta en su valle. Los jentiles se pusieron en pie, y amablemente le cedieron el primer turno.

……. Además, su objetivo estaba conseguido: dentro de las abarkas notaba la dureza de los granos, y en los bolsos y pliegues de la ropa también se había metido buena cantidad. A por eso había ido y ya lo tenía, pero pensaba no decir nunca a sus vecinos de qué forma tan ridícula lo había conseguido…..Sentía como si su corazón quisiera salir urgentemente al aire; hasta le dolía el pecho debido a los golpeteos que daba dentro. Con los brazos en jarras, Zikin siguió mirando la cumbre de Muskimendi, sonriente………

………..

– Nos hubiera gustado verlos,- dijo el recién llegado- pero el andar con las ovejas nos ha retrasado. ¿Dónde los has puesto?

– Bajo la ventana de la cocina.- dijo el hombre sin cambiar de expresión, mirando a lo lejos.

– Emazte, ponga ofrendas a mis padres.- dijo el hermano a su mujer.

– ¿Por qué traes el rebaño?- peguntó el hermano mayor- No es época de pastoreo.

– Hemos pensado quedarnos, si crees que no te vamos a molestar. Allí, las tierras son frías…. Te he traído un macho cabrío completamente negro para que dé buena suerte al establo….

…………………

– ¿ Quién se va a casar contigo, si no quieres aprender a hacer las cosas que son necesarias? ¿Cómo vas a enseñar a tus hijas, si no aprendes de mí?- seguía diciendo la madre como hablando sola, arrodillada junto al fuego.

Era una mujer de carácter fuerte que conocía los trabajos de la tierra y sabía cuidar a los animales tan bien como un hombre, y además conocía todas las costumbres y ritos antiguos y cuidaba de la familia y de la casa sin un solo fallo. Pero la hija era vana y sólo pensaba en acicalarse y en cosas poco prácticas…. En cambio, los dos hijos varones eran obedientes y trabajadores; no le daban disgustos y confiaban en ella para todo. Los miró con orgullo, y entonces se dio cuenta de que el morroi miraba a la hija de una manera especial. Esto la contrarió más aún……

– Lo mejor es que cenemos como si no hubiera pasado nada.- dijo la madre, volviendo a su calma habitual- Quien se la haya llevado, la devolverá. Y si no va a ser buena señora de su casa, que se quede donde está.

Nadie discutió a la señora. El viento gritaba, fuera.

………………………

Pensando en el desencanto que había tenido en Larrun, se daba prisa a sí mismo para averiguar dónde estaría enterrado el cuerpo del lapur de Atxulaur, pero no sabía a quién preguntar, ni cómo. ¿Qué sabía él del ladrón? Que había muerto cerca del mar, pero ni dónde exactamente, ni por qué ni cuándo. En Larrún, qué cerca estuvo de las riquezas. Encontró la losa sin ayuda y la levantó él solo, porque era un piedra que apenas sobresalía del suelo. Sobresalía tan poco que, andando descuidado, había tropezado con ella y cayó de bruces encima. Lo primero que vieron sus ojos fue la inscripción: “ ez da damutuko itzultzen nauna”. Claro que no lamentaría volcarla, si había ido para eso……

……….- Aquí, si cogemos a un hombre robando nuestras cosas, lo más corriente es que su cuerpo vaya a parar al mar. Mira tú si te será difícil encontrarlo. Pero si no vino por aquí, o le teníamos por hombre honrado, no te sabría decir. ¿Cómo se llamaba?

– Tampoco lo sé.

– Entonces, amigo, olvídate del asunto. La costa es muy larga, y las aldeas que están sobre la costa, son muchas.

Y dándole una palmada en el hombro, pensó: “Este buen hombre sabrá manejarse en su tierra, pero fuera de ella es como un pez fuera del agua”.

Xangarin pensó que ya era tiempo de vérselas de nuevo con el toro rojo de Itzine.

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