SAFO EN LA MEMORIA

Posted: 29th septiembre 2013 by Aurora in Crítica
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SAFO EN LA MEMORIA

 

 

Mientras leía el estupendo tema de Rajzner “Entre nubes”, del 21 de julio, y concretamente las opiniones sobre los versos de Gertrudis Gómez de Avellaneda y las “lobas del Modernismo”, pensaba en Safo. Por eso, este pequeño homenaje a la gran poeta de Lesbos, va dedicado especialmente a Malena.

 

Porque si los de aquellas poetas fueron calificados de versos eróticos de extremada y apasionada sinceridad, que “aúnan el amor místico de Santa Teresa y el eros claramente humano”, en palabras del mismísimo Rubén DaríoSafo ha traspasado milenios (-VII) por su peculiar concepción del sentimiento amoroso. O quizá no tanto por eso sino por haber sabido expresarlo con naturalidad. Se conoce bastante bien a sí misma, y a los demás, y se adentra por unos caminos de belleza y sensualidad que no habían sido explorados antes, o no habían sido puestos de manifiesto. Claro, que sepamos, sólo había habido hombres poetas. Su contemporáneo Alceo, por ejemplo, gran poeta, creador de una estrofa que lleva su nombre, seguido por Horacio. Pero lo que dice no debía de llamar mucho la atención, no parece ser que fuera un gran innovador en el contenido ni en los matices de sus manifestaciones.  Habría pasado a la posteridad si no se hubiese dado la circunstancia de ser contemporáneo de Safo. (Mont.63)

La de Safo es una poesía extremadamente delicada y sincera, de colores brillantes y matizados; de nostalgias y de alegrías a menudo festivas, puesto que escribía, a veces  por encargo, canciones de boda, epitalamios en los que desgrana seguramente su propia concepción de la vida y del amor. Es una poesía de luz; incluso la que es triste. Sensual, espiritual y natural, de deseo y de añoranza, que también es deseo. De gozo y tristeza, de temor y de celos. En definitiva, de exaltación amorosa.

Lo que más puede llamar la atención, y lo que más honra puede dar a la poeta de Lesbos, es que todas las alabanzas, incluso el conocimiento mismo de su nombre, de sus historias o leyendas, y de su obra, se lo debemos a la inteligencia y generosidad de sus contemporáneos: fue admirada en su mismo tiempo incluso por sus rivales. Fue inmortal desde que murió: se le dedicaron estatuas y monedas para reconocer el elevado valor de su legado literario. Se le adjudicó el epíteto de “Décima Musa”, con lo que casi se la deifica. Platón, dos siglos después, escribe: “Algunos dicen que hay nueve musas, olvidan a la décima musa: Safo de Lesbos”. Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia, después de conocer la poesía de Safo, exclamó: “Ahora ya puedo incluso morir”.

Porque, pasar hasta nosotros, de su obra ha pasado muy poco y muy retraducido a partir de su idioma eolio, variante del griego arcaico.

La calidad e importancia de su obra no se la damos nosotros. Se la han dado hombres poetas desde Anacreonte
(1/2 del –VI) al que sobra fama, coetáneo. Platón y Catulo, Dionisio de Halicarnaso (-I) quien cita y elogia la “Oda a Afrodita”:

¡Tú, que te sientas en trono resplandeciente,

Inmortal Afrodita!

¡Hija de Zeus, sabia en las artes  de amor, te suplico,

Augusta diosa, no consientas que, en el dolor, perezca mi alma!

Desciende a mis plegarias, como viniste otra vez,

dejando el palacio paterno, en tu carro de áureos atalajes.

…………..¡Cumple los deseos de mi corazón,

no me rehúses tu ayuda todopoderosa!

Lamento: Dulce madre mía, no puedo trabajar,

el huso se me cae de entre los dedos,

Afrodita ha llenado mi corazón

de amor a un bello adolescente.

Y yo sucumbo
a ese amor.

 

La admiraron también Petrarca, Ronsard, Leopardi, Hölderlin, Byron, Rilke. Si su contemporáneo Alceo inventó la estrofa alcaica, ella inventó la propia sáfica; incluso Unamuno trabajó con esta estrofa: tres versos endecasílabos libres con cesura y un cuarto pentasílabo. La distribución de los acentos, fija y melodiosa,  la dejamos para los muy interesados:

A mí en el pecho el corazón se oprime

sólo en mirarte; ni la voz acierta

de mi garganta a prorrumpir, y rota

calla la lengua.

 

Y de Unamuno:

Bosques de piedra que arrancó la historia

en las entrañas de la tierra madre.

Remanso de quietud, yo te bendigo,

mi Salamanca.

 

Viuda, y con una hija pequeña a su cargo, (Cleide-Cleis) volvió de Sicilia a su isla y allí instaló una escuela para señoritas en Mitilene. Enseñaba lo que sabía; poesía, música, danza, apreciar las bellezas de la vida. A hilar y hacer pan ya aprenderían en la casa paterna. Que fuera bisexual no tenía o no debía llamar mucho la atención en una época en la que los hombres, al respecto, eran como bien les venía; la diferenciación de género en el aspecto sexual no era una cuestión de estricta moral, estamos en el siglo séptimo o sexto antes del cristianismo. Parece ser que fue Anacreonte el que pasó el dato a la posteridad, y posiblemente lo haría con la misma naturalidad con que hablaría de sus propias tendencias al respecto.

Habla de su hija con el mismo tierno afecto que habla de Atti cuando sale de su escuela para casarse.

“Tengo una linda niña con la hermosura de las flores de oro. Cleide, mi encanto. Por ella no cambiaría toda la Lidia ni siquiera mi adorable Lesbos. No llores, Cleis: donde se honra a las musas, no se permiten trenos; en nuestra casa no sientan bien”

Su casa era la de “las seguidoras de las musas” que eran sus hetairas, o compañeras.

 

Adiós a Atti:

Atti no ha regresado. En verdad me gustaría estar muerta.

Al abandonarme ella lloraba. Lloraba y me decía: Ah, Safo! Mi dolor es inmenso.

Me voy a pesar de ti.

Y yo le respondía: Ve feliz, recuérdame. Ah, tú sabes bien cuánto te quiero”.

 

Safo no es poeta porque haga versos. Es poeta porque es como es. Muchos poetas griegos posteriores copiaron y asimilaron más o menos su sincera expresividad sentimental, y aprendieron de su técnica. Ver Teócrito.

Parece que no fue una linda flor de invernadero, sino que estuvo involucrada en política, al menos en su juventud junto con Alceo, y ambos fueron desterrados por Ítaco. A Pirra primero y a Siracusa, donde se casó.

Una de tantas leyendas parece ser la de su muerte. Se arroja desde una roca al mar porque no consigue el amor de un marino llamado Faón. Parece ser que se trata de otra mujer con el mismo nombre.

Ya con cierta edad, escribió: “Si mi pecho pudiese aún dar jugo, y mi regazo frutos, me encaminaría sin temblar hacia un nuevo tálamo. Pero el amor ha grabado ya demasiadas arrugas en mi piel, y el amor ya no me acosa más con la fusta de sus exquisitas penas”.

No deja de ser curioso que parte de su obra, unos seiscientos versos, aparecieran escritos en un pergamino que envolvía un sarcófago, a fines del XIX en Egipto. Versos de una mujer que tanto amó la vida, en un ambiente de tinieblas. Quizá por eso se salvaron.

 

Mi homenaje a Safo y a los hombres inteligentes que admiraron su obra y aprendieron de ella.

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  1. Julia Fritz dice:

    Siempre interesa este tema y tener datos viene muy bien, porque a veces se menciona a esta mujer y pocas veces se sabe quién fue realmente

  2. Jon dice:

    Me ha encantado, la verdad

  3. Ana dice:

    La verdad que me ha resultado interesante.

  4. Richard dice:

    Me encanta que hayas sacado tan bien a Safo de la bolsita en que la meten siempre. Dio para mucho más que para nombrar una tendencia sexual. Me encanta.