VIOLETA PARRA Y MIGUEL HERNÁNDEZ, VIENTOS DEL PUEBLO

Posted: 15th agosto 2013 by Aurora in Crítica
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VIOLETA PARRA Y MIGUEL HERNÁNDEZ,

VIENTOS DEL PUEBLO

 

 

-¿Tienes pensado el programa de hoy,  cómo empiezas y cómo sigues? Tenemos que  irnos en media hora.

– Si pudieras dejar de trastear, madre, descansarías un rato.

– No necesito descansar. Dame un hilo. Qué soy yo, si dejo de cantar. Vana es la abeja sin su miel, vana es la voz sin segador. Estos tapices y cuadros, y esculturas, son también mi voz; son canciones que se ven. Estuve escribiendo toda la mañana, y vine a comprender que la escritura da calma a los tormentos del alma. Y en la mía, que hay sobrantes, hoy cantaré lo bastante p’a dar el grito de alarma.

– Bueno, pues en tu línea revolucionaria. Mira, parece que tenemos un visitante. No le he oído llamar.

– Un peninsular! Sólo le falta la boinita encogida por la lluvia. Dame una lana.

– Tantas veces como he venido a París, y nunca había coincidido con gente que hablase mi idioma. ¿Quieren decirme, así a bocajarro, si tengo cara de patata?


¡Cara de papa! Usted me resulta conocido!

– Eso, cara de papa dicen mis amigos que tengo. Si ustedes dicen papa, son del sur. O canarios. O suramericanos. No sé dónde me he metido ahora, a veces me encuentro con gente muy especial. Es igual. Me llamo barro aunque Miguel me llame. Barro es mi profesión y mi destino.

– Que mancha con su lengua cuanto lame. Pero, vieron, es la misma cabeza que dibujó Buero Vallejo en la cárcel! Yo le pondría una boinita bien pegada al cráneo. No la grandaza que llevaba Neruda, que hasta en eso era generoso.

– Sí, recuerdo muy bien que  usaba una boina como para proteger a toda la tribu.

Neruda fue mi padrazo, tanto como mi hermano Nicanor. Me presentó en su casa a sus amigos, allá en el cincuenta y tres. Escribió para mí.

– Qué gusto, poder hablar de él con vosotros. Poder hablar de él con alguien.

– Es tan corto el amor y es tan largo el olvido!

– De verdad que  eso es muy lamentable. Conocí a Neruda una noche del año treinta y cuatro, en aquel Madrid en el que cabíamos todos, todavía era así. En la frente y en los talones traía Neruda polvo de la India, nada menos. Y yo tenía la tierra del barbecho en las costuras de los pantalones. Hubo una atracción inmediata del ánima, no erótica ni sexual; del ánima. Y existe todavía.

– Es que Pablo, desde el principio era eterno. Te pegabas a él, y el aire de sus pulmones te daba la vida.

– Nacimos en el momento como compañeros y hermanos. Yo enloquecía con su Residencia en la tierra, salió por entonces la segunda parte, que se me hundió en el alma. Sucede que me canso de ser hombre, decía; me canso de ser hombre, me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sin embargo, sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado.

– Oh madre oscura, ven con una máscara en la mano izquierda y con los brazos llenos de sollozos.

– Sí, decía cosas enormes. Es que, yo era, y soy, un pastor de cabras. Pero él no me asombraba solamente a mí.

– Miguel, arcángel de las cabras, hijo mío.

– Sí, eso dijo para mí. Su hijo me llamaba. En cambio, mi padre nunca aprendió. Miguel Hernández, silbándome a manera de ruiseñor desde los árboles de la calle Princesa. Decía: Llegaste a mí directamente del Levante; me traías, pastor de cabras, tu inocencia arrugada. Decía cosas siempre interesantes y bellas que llegaban al corazón. Pues le dediqué mi Oda entre sangre y vino. He olvidado cómo empieza. Uno no puede retener tanto verso, propio y ajeno. Incluso, a veces se trenzan solos.

– Para cantar, qué rama terminante, qué espeso aparte de escogida selva, qué nido  de botellas, pez y mimbres, con qué sensibles ecos, la taberna.

– Bravo, bravo. Que eres joven y bonita. Eres joven y bonita y tienes buena memoria.

– Soy Isabel Parra. Es mi hermano Ángel Parra. Es mi madre Violeta Parra. Somos Los Parra de Chile. O de Chillán, también nos dicen.

– Ya me parecía; no sé por qué lo sabía yo. Bueno, en estos sitios nada es sorprendente. Pues, cualquier día que vuelva a encontrar a Pablo, os lo traigo; nunca lo he visto con Delia, o con Matilde, siempre anda solo, y es raro, porque él no era de andar solo. Ahora que estoy en París, se me ha ocurrido buscar a Maruja  Mallo. Ya sólo en plan de amistad, porque, en estas alturas, ya me contarás. Y además está Josefina definitiva, mi Josefina morena de altas torres. Pues no la encuentro, a la Maruja. Un día tropecé con sus habituales aquí, los de la tertulia. Que si Magritte, que si Max Ernest que si De Chirico;  hablaba mucho de ellos. Y un tal Breton, y otro  Paul Elouard, que la inspiraban. Pero, no estuve mucho tiempo allí, en la tertulia, porque, como nunca terminé de aprender el francés, no les entendía. En realidad, es que éstos no me dejaron tiempo para casi nada.

– Dame una lana. A mí, en cambio, el tiempo siempre me sobró.

– No digas eso, madre.

– A veces estoy tentado de escribir una carta, muy seria. Que ya sería una elegía, claro. Para reivindicar el nombre de Maruja Mallo y su arte. Pero, no sé. En estos sitios hay tanta calma.

– Escríbela! A mí  me enviaron una carta, por el correo temprano. En esa carta me dicen que cayó preso mi hermano, y sin lástima, con grillos, por la calle lo arrastraron, sí.

– Eso me recuerda mis caminatas entre prisiones. Trece prisiones, once, doce, un rosario, un viacrucis de prisiones. Llegué a decir: si esto es vivir, morir qué será. Llegué a decir: haría un tintero de mi corazón, una fuente de sílabas de adioses y de regalos, y ahí te quedas, al mundo le diría. Me sobra corazón. No sé por qué ni cómo me perdono la vida cada día. Qué espesa llega a ser la soledad, y qué turbia!

– Por mi suerte, yo tengo nueve hermanos, fuera del que se engrilló. Los nueve son comunistas con el favor de mi Dios, sí. Lo que hago con esa carta que he recibido, es meterla en mi guitarra y largarme por esos rumbos a contarlo. Que se entere el mundo de lo que pasa en Chile: el hambre eterna del  cobre y del salitre y del carbón; del monte y del llano, de la cordillera y de la costanera. La gente que se tira a la calle y es barrida por la milicia. Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma, que le están degollando, a sus palomas. Y el FRAP de Allende que tiene que levantarse con el puño muy alto, porque la mano tendida ya es una pura llaga. Todo ello me quita soledad, sí. De a ratos. Pero, no sé qué es peor.

– Hambre, me parece a mí que esa palabra  nos va a definir, a ti y a mí. Hambre más allá del hambre. Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo.

-Con yugos en el alma, sí. Yo digo más sencillo: los hambrientos piden pan, plomo les da la milicia.

-Es lo mismo, y lo tuyo se entiende mejor. Yo adormecía esa hambre con Machado, con Cervantes, con Miró, con Lope, con Jiménez. Pero se despertaba más grande, el hambre.

– Eran los años treinta, no es cierto.  Apenas hay siete años de diferencia entre usted y yo. Fuimos jóvenes al mismo tiempo.

– Si lo fueron alguna vez, madre.

– Ustedes entienden lo que quiero decir. Violeta Parra, y unos u otros hermanos, de los muchos que tiene, Hilda, Lalo y Roberto no fallan, salen a buscar la vida en los trenes y las estaciones, siempre cantando. En las eras, por los caminos, plazas y mercados. Y en los boliches y en las fondas chinganeras de copetines y vino tinto. Y caíamos en el río Ñuble a pescar, o a ser pescados. No tenía yo diez años y ya me cabía la guitarra en los brazos, guitarra cantadora. No tenía yo doce años, y ya salían versitos propios de mi boca. En el circo: miseria de colorines en las ropas y en las caras; bulla de tambores y bombos parcheados. Trabajábamos en un circo, sí; mezclo los tiempos.  Del Campo a Santiago.

– De Santiago a Lautaro. Nos lo contaste tantas veces.

– De Lautaro a Chillán.

– De Chillán a Villa Alegre y siempre vuelta a Santiago. Hacíamos teatro los hermanos, como tribu de zingaritos, y cobrábamos entrada; dinero no daban, dinero no había: algo de comida quizá. Vivíamos a palos con l’águila, sin dinero en la casa, sí. Barro pisábamos. Barro y hambre por los caminos; el barro era nuestro pan y nuestro zapato.

– Y las canciones, madre.

– Mi padre no quería que guitarriásemos. Guardaba el instrumento bajo llave. Dame una lana.

– Guardaba la llave en el cajón de la máquina de coser.

– De la máquina de coser, sí. Mi madre cosía y cantaba. La guitarra iba conmigo. En las eras se reunía gente a payar en contrapuntos de preguntas y respuestas. Y allí yo, y mis hermanos.

– Aprendían a ser juglares.

– Juglares de Dios y del Pueblo, sí. Allí había versos de a ocho sílabas, no lindezas de catorce. Allí no bebíamos absenta; bebíamos vino tinto y miseria. Y podíamos empezar con el improviso, a ver qué salía.

– Esto lo hacemos nosotros, madre, para que lo oiga el peninsular. Porque nosotros aprendimos a jugar con lo que a ti te hacia mayor antes de tiempo: Para cantar de improviso, se requiere buen talento, memoria y entendimiento, fuerza de gallo castizo.

– Quisiera tener memoria, p’a entablar un desafío, pero no me da el sentío, p’a finalizar con gloria. Vieron las fórmulas populares? Como en ese poema tuyo, madre, que empieza apelando al oyente: Señores y señoritas, en esta gran circunstancia voy a dejarles constancia de una traición infinita. Se titula Un Río de Sangre Corre por los Contornos del Mundo. Y va dando nombres y apellidos de hombres que se enfrentaron al poder: tan dispares aparentemente como Lumumba, Federico García, el riojano Peñaloza, El Chacho argentino lo llamaban. El mexicano Zapata; de Chile  Rodríguez
y Recabarren,  especiales. Como un noticiero medieval, comprende, vía juglaresca;  puro pueblo.

– Quisieron censurar la mención a Lumumba, averigüen por qué. Y censuraron la alusión a Julián Grimau, averigüen por qué. Dame una lanita roja. Mira cómo se visten cabo y sargento, para teñir de rojo los pavimentos.

-Un viento del pueblo eres, Violeta Parra. Así llamé yo a mi libro que me publicaron en el treinta y siete, Viento del pueblo. Con las tres mil pesetas que me dieron, que me pesaban en el bolsillo y en la mano, y en el corazón, pagamos a la comadrona porque ni para pagarle había tenido dinero Josefina. Un hijo de luz y sombras me nació; Manolillo, entre las flores te fuiste.

– Murió mi Rosita Clara sin haber sabido qué era este mundo.

– Hiciste tu canción, madre: Ya se va para los cielos, ese querido angelito; en su cunita de tierra lo arrullará una campana. Cuando se muere la carne el alma busca su diana. Ya pusiste tu dolor en los versos.

Miguel, cuando se muere la carne, el alma busca la altura? Lo digo en mi canción, pero es más una aspiración, no puedo afirmarlo.

– Ni lo afirmo yo. Más bien creo que sigo apegado al surco. Ahí debajo están todos, incluso yo mismo.

– Qué vamos a hacer con tantos y tantos  predicadores, eh, madre? Unos se valen de libros, otros de bellas razones, algunos de cuentos varios, milagros y apariciones, mamita mía!

– Qué vamos a hacer con tanta mentira desparramada; rompamos la telaraña, dime de una vez por todas que arriba no hay tal mansión, mamita mía, qué vamos a hacer con tantos embajadores de dioses, mamita mía.

– Y seguramente, cantando podéis pasar semanas enteras, hijos y madre, qué gloria. Pero, estas escenas que bordas y pintas, también como tus poemas, son del pueblo, sin academias. Tienen una expresión de amor y de rabia, que sale de la propia tierra. Son colores rasposos y agrios, y las líneas parece que se van por donde quieren. Pero son figuras calientes y tocan el alma.

– Las estamos llevando a EL Louvre. Mi madre es la primera latina que expone allá en plan individual. Y no sólo porque canta en L’Escale de Arozamena; en el Barrio Latino hay plan de chilenos y argentinos, que cantan o que no cantan, la bohemia más o menos estudiosa. Pero, no es la bohemia la que expone en El Louvre. Graba discos y gana concursos. Viaja a Varsovia, y a Helsinki y a Rusia, siempre invitada; da clases en las universidades. Y la televisión suiza ha filmado un documental sobre mi madre, que siempre cantó, anunciándola como: Violeta Parra, una bordadora chilena.      

– Es igual, bordadora o cantadora o bailadora de cuecas, haga lo que haga doy lo mío: me doy. Y si me detengo, me muero. En el Barrio Latino se tejen revoluciones y amores, algo que es muy importante. También escribí un librito con poemas de Los Andes. Otro día lo busco y te lo dedico. De todas formas, lo de Suiza se lo debemos al tocador afuerino. En parte es así. Gilbert: la vida.

– Yo, es que me quedé tan atrás. Os oigo hablar y pienso en mis años treinta, apenas en los cuarenta, porque en el cuarenta y dos ya reventé, a los pies de la tiniebla más súbita, más feroz, comiendo pan y cuchillo como buen trabajador; y a veces cuchillo solo, sólo por amor; ya los versos se mezclan con la respiración. Por eso me gusta tanto mirar estos cuadros tuyos, y las esculturas. Si digo que son de mi época quiero decir que son de siempre, y yo siento otra vez la vida cuando los miro. Pienso en los ojos campesinos que dibujaba Vela Zanetti, trabajados y academicistas; en ellos se ve el alma, se oye el palpitar de la persona. Y veo estos ojos que tú pintas, primarios, y te digo que son ojos en los que caben todos los ojos. Y estos brazos que abrazan una guitarra, son brazos que lo abrazan todo. Y en tus naufragios de lanas de colores están todos los naufragios. Son colores enloquecidos, de sueños de niño.

– Son colores del pueblo. El pueblo no sabe mezclar colores, no sabe empastar, porque sólo  tiene cinco dedos en cada mano y le faltan para contar miserias.

– Si recuerdo a Vela Zanetti es porque pintaba también la tierra, y gentes de la tierra, ritos y mitos, para que no escapasen por el olvido. Luego hizo la guerra en mi bando y se fue a la Dominicana; él sí huyó. Si tú pintas una mujer con la cara verde, existen las mujeres con la cara verde. Y, en este árbol cuajado de pájaros, caben todos los pájaros del mundo. En tus ojos, Violeta Parra, cabe todo el mundo.

– Si me detengo, me muero. Dame una lana verde.

– Las flores tienen que ser rojas o amarillas, o de cualquier color menos verde. Pero, si pintas flores verdes, no pasa nada: me las creo.

– Toma lanitas, madre.

– Yo te he oído cantar, en estos sitios se oye todo. Siempre me quedo colgado de una voz que tiene algo especial, que transmite la electricidad del rayo. Y la tuya lo tiene. Sale de tu garganta una voz sin pulir, pero fina y lírica, de aristas, aguda y dulce, de queja y de súplica, de sexo, sentimiento, grito, vida y muerte. Es la voz de la tierra indignada que todavía espera.

– Pues, Neruda decía que daba mucho gusto oírte recitar El niño yuntero. Que te oyó en un programa de Cultura Popular de Radio Valencia, en el treinta y siete.

– O sería en el treinta seis, Unión Radio: Égloga a Garcilaso. Sí, me llamaban para que recitara poemas.

– Gusto y regusto, solía decir, lo recordaba de a ratos. Miguel y su buena voz de barítono, decía: Carne de yugo, ha nacido más humillado que bello, con el cuello perseguido por el yugo para el cuello.

Neruda era un niño grande.

– Era un niño gran hombre.

– Nunca esperaba el daño de nadie. Eso decían también de mí: Miguel tiene sangre de hombre honrado; nunca espera el daño.

– La radio tiene magia, sí. El teatro y el cine tienen magia: es poder llegar a tantos, darse a tantos y estar en tantos, yo lo he probado todo. Yo acabaré teniendo mi propia carpita cuando vuelva a Chile. Empecé en el circo, y después de estos años de nomadismo, quiero seguir en una carpa grande, vivir en ella y que vivan en ella todos los que quieran participar, denuncia, protesta; sí. Finalmente, lo que yo  siempre quiero hacer es un ramo de amor y condescendencia.

– Yo descubrí el teatro como arma de guerra en Valencia, en julio del treinta y siete, en el Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas Para la Defensa de la Cultura. Largo título, si no sale de un tirón, no sale. Y luego, en mi viaje a la Unión Soviética, en septiembre. Era yo Comisario de Cultura y me invitaron al Quinto Festival de Teatro. Viajamos una comisión. Yo iba de traje y zapatos, todo prestado. Y volando en avión; luego me di cuenta de lo incómodo que era estar dentro de un avión, cuando ya no lo necesité. Moscú inmensa y de cielo gris, enorme, me acordaba a menudo de mis alpargatas y de mi luz mediterránea. Me preguntaban para Izvestia, para la Gaceta Literaria, y a mí me daba vergüenza ese plan de señoritos, o de intelectuales, y siempre quería decir: he dejado el frente pero no estoy aquí de vacaciones; quiero aprender aquí de vosotros y volver a las trincheras. Vemos Ana Karenina, Otelo, Enfermo del Espíritu, teatro de guerra. Sigo pensando: el teatro como arma de guerra y escribo El labrador de más aire. Leningrado es fantástica y fantástica su vida cultural, el brillo de su vida oficial, de recepciones; no será tan brillante la vida del común. Pienso en la pobreza meseteña y medieval de mi patria. En Járkov vi muchos tractores en el campo. Labradores podían ir señores al volante de sus tierras, ya no doblarán más el lomo; me llena de entusiasmo la máquina. Había una mujer en la Comisión: Gloria Santullano. Era una actriz estupenda del TEA, que daba clases a pequeños, y contaba siempre la misma anécdota: los niños eran torpes y no querían moverse. Pero cuando les dijo que aprenderían una danza rusa, se entusiasmaron.

– Serían niños proletarios y Rusia les sonaba para bien.  A comida caliente, quizá.

– Madre, tendríamos que salir, es hora de ir a cantar.

– Bueno, yo voy a seguir dando vueltas por ahí, a ver si encuentro alguien conocido. Me gustaría caer en Orihuela, o en Cox, o por donde estén ahora Josefina y el niño. Yo tengo todo el tiempo del mundo.

– Una última pregunta, Miguel: cuando se muere la carne, el alma se queda a oscuras? Yo lo digo en mi canción, pero de a fijo no lo sé.

– Yo sigo una luz, pero no sé si está en mí o fuera de mí. Quiero despedirme, aunque quizá alguna vez te visite en Chile. Sabes, cuando estalla la victoria nacionalista, Aleixandre me dice que escape. Alberti me anima a refugiarme en la embajada de Chile, porque él está allí. Y voy, pero el Encargado de Negocios de la Embajada, Morla, me lo pone crudo, porque sigo perteneciendo al ejército republicano. Neruda, desde Chile, lo sintió mucho. Desde
entonces, digo yo que quiero visitar ese país. Es amor, yo no soy de cobrar deudas. Entonces, como adiós provisional, porque en estas alturas nunca se sabe, déjame decirte, Violeta Parra: tres palabras, tres fuegos has heredado; vida, muerte y amor. Ahí quedan escritas sobre tus labios.

-No dejan sitio para la palabra guerra.

-No sé, no sé. Aquí todo es paz. Pero, indefinida. Como un telón de fondo, como un paisaje pintado. Sigue ascendiendo, Violeta Parra: antes, el barro esculpía la huella de tus pies, y ahora tú esculpes el barro y lo llevas a los museos.

-Busca una carpa grande en Santiago; debajo estarán los Parra!

 

 

Estaba yo en la carpa de La Reina, que era la ilusión y la desilusión de mi madre, cinco de febrero del sesenta y siete, es por la tarde. Ya no estaba Gilbert Fabre, el tocador afuerino, se había ido a Bolivia, definitivamente. Nunca había en la carpa tanta gente como mi madre esperaba. Venía teniendo aquella expresión de cansancio tan inmenso. Se cansó y se detuvo. Y sonó el balazo. Yo, su hija Carmen Luisa me cuido de que siempre esté sonando su canción Gracias a la vida,

 

que me ha dado tanto        me dio dos luceros           que cuando los abro

y me callo y dejo la palabra al buen Pablo Neruda: Ay, qué manera de caer hacia arriba, y de ser sempiterna, esta mujer! Santa de greda pura! Cuando naciste, fuiste bautizada como Violeta Parra. El sacerdote levantó las uvas sobre tu vida, y dijo: Parra eres, y en vino triste te convertirás. Cantas            Canto                        Cantemos

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  1. Marián dice:

    Mismo espíritu bien entendido y bien traído en la recreación. En la voz de ella los poemas de él, suena bien Para premiar a los dos. O a los tres

  2. Mikel dice:

    Es verdad, ni Violeta Parra ni Miguel Hernández han dejado de estar vivos porque las ideas quedan por encima del tiempo
    El encuentro me parece genial porque tenían mucho que decirse, literatura testimonio

  3. Martin Rhd. dice:

    El sentimiento y el dato es lo que me parece que estando unidos literariamente dan verosimilitud a la historia. Es una pequeña obra maestra.

  4. Michael dice:

    Mezcla de ficción y realidad. De historia y literatura. Pero, hasta la ficción parece real.

  5. Luis Carlos dice:

    Lo que más destacaría de estas dos personas es la honestidad. La transparencia, a través no se ve porquería.

  6. Isabel Delorio dice:

    Lo acabo de leer y me parece formidable. Bien por la idea de presentar parejas o grupos que tienen tanto que ver